Columnas de Opinión: Guerra y los ecosistemas
Columnas de Opinión: Guerra y los ecosistemas Este miércoles fue el Día de la Tierra.
En un tiempo en que la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la escasez hídrica ocupan un lugar creciente en la discusión pública, resulta llamativo el escaso espacio que se concede al impacto ambiental de los conflictos bélicos. La guerra no solo destruye vidas, comunidades e infraestructura; también contamina aguas y suelos, degrada la calidad del aire, arrasa ecosistemas y compromete recursos esenciales para la subsistencia y la reconstrucción de los territorios. Se trata de una afectación que no concluye con el cese de las hostilidades. Sus consecuencias pueden extenderse por años o décadas, alterando la salud de la población, la seguridad alimentaria, la biodiversidad y la habitabilidad de extensas zonas. En ciertos casos, la magnitud del daño puede incluso acercar a algunos sistemas naturales a umbrales críticos de muy difícil reversión. Por ello, sorprende que esta dimensión permanezca relativamente ausente del debate mediático. Incorporarla no responde a una preocupación secundaria, sino a la necesidad de comprender que la devastación de la guerra también se expresa en la destrucción prolongada de las bases ecológicas que sostienen la vida. Natalia Conejero Riquelme, directora de la Escuela de Ingeniería Civil y Ciencias Geoespaciales de la Universidad Bernardo O'Higgins (UBO).