Torres parlantes
Torres parlantes A ntes del Santiago moderno, que inicia con el programa de transformac i ó n d e V i c u ñ a Mackenna (1872-75) y continúa con el plan regulador del urbanista austríaco Karl Brünner, a comienzos del siglo XX; mucho antes de las antenas de la torre Entel y de los edificios con forma de teléfono de los Millenium, Titanium y toda suerte de miradores encumbrados en invernaderos verticales con nombres latinos eran los campanarios de los templos los únicos elementos que desafiaban en altura la geografía del valle del Mapocho.
Tal cual puede confirmarse en los grabados panorámicos realizados durante el siglo XIX, desde la cumbre del cerro Santa Lucía, su presencia definía territorialidad, señalando a la distancia los emplazamientos de las distintas órdenes religiosas en las manzanas de la ciudad fundacional: franciscanos, jesuitas, clarisas, mercedarios, dominicos, agustinos, carmelitas, entre otros, además del conjunto catedralicio y los enclaves parroquiales.
Junto con su dimensión simbólica, como hitos en el paisaje colonial y republicano temprano, la función principal de estas torres era sostener, albergar y amplificar el sonido de las campanas, todas distintas entre sí, todas con nombres propios, todas con un origen particular.
Sus timbres y toques diferenciados marcaban no solo el ritmo del calendario litúrgico en tiempos en que Iglesia y Estado aún no separaban sus caminos, sino los ritos del luto, las tradiciones públicas, las horas del día, las fiestas populares.
Pese a su valor identitario, así como a su omnipresencia en nuestra historia urbana, acaso por exceso de costumbre y sin que a nadie pareciera importarle demasiado, este paisaje sonoro fue cayendo en desuso, desapareciendo gradualmente de nuestro universo auditivo.
El sentido específico de los distintos toques se fue olvidando y la continuidad del oficio de los antiguos campaneros se vio truncada, a tal punto que esas bellas copas de bronce suspendidas, capaces de hacer retumbar barrios enteros, cayeron en un ominoso silencio, enmudecidas por las bocinas, el polvo y la caca de palomas.
Desde el año 2012, el trabajo de rescate realizado por el colectivo Campaneros de Santiago formado por los músicos y compositores Eduardo Sato, Sebastián Jatz, Tomás Brantmayer y Nicolás Sandoval ha venido a romper este silencio.
Con su sistemático ejercicio de investigación y arqueología documental, han sacado a la luz viejas ordenanzas eclesiásticas, recogido fragmentos orales, revisado libros parroquiales y reconstruido la sonoridad de más de treinta templos de la capital, en un esfuerzo que no se limita al rescate de archivos, sino que está enfocado en devolver la voz a los gigantes dormidos.
Gracias a estos campaneros modernos, y a un grupo creciente de colaboradores, las torres de la ciudad han dejado de hibernar, volviendo a vibrar con el mismo tañido de hace más de un siglo, trayendo de vuelta toda la potencia sonora de un fragmento perdido de nuestra historia urbana, patrimonio inmaterial que hoy vuelve a pertenecernos.
Torres parlantes PATRIMONIO FUTURO FRANCISCO JAVIER OLEA Junto con su dimensión simbólica, como hitos en el paisaje colonial y republicano temprano, la función principal de estas torres era sostener, albergar y amplificar el sonido de las campanas, todas distintas entre sí. Emilio de la Cerda E. Arquitecto.