“LA MONTAÑA RUSA”: el diagnóstico de Mario Marcel sobre la crispación, el Congreso y la incertidumbre económica
“LA MONTAÑA RUSA”: el diagnóstico de Mario Marcel sobre la crispación, el Congreso y la incertidumbre económica La escena se repitió esta semana. Una diferencia técnica sobre las finanzas públicas escaló rápidamente hasta convertirse en un nuevo episodio de confrontación política.
El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, cuestionó las proyecciones de deuda contenidas en el último Informe de Finanzas Públicas de la administración anterior; el exministro Nicolás Grau defendió los cálculos de su gestión; y desde el Congreso se abrió paso el debate sobre una acusación constitucional contra quien sucedió a Mario Marcel en Hacienda durante el gobierno de Gabriel Boric. El exministro Marcel ha estado en este tiempo en otra labor. La preparación de su libro “La montaña rusa”, donde el exministro de Hacienda y expresidente del Banco Central reconstruye los años más intensos de la economía chilena reciente.
En el siguiente adelanto, que corresponde al capítulo 6, titulado “Política y economía en el cambio de gobierno”, Marcel aborda precisamente el modo en que la crispación política posterior al estallido de 2019 terminó contaminando el debate económico, debilitando la capacidad de acuerdo del Congreso y elevando la incertidumbre en un país que, durante décadas, había construido parte de su prestigio sobre la previsibilidad institucional. El diagnóstico de Marcel es severo. No está escrito solo contra un sector ni como defensa de otro.
En el capítulo, el exministro describe una dinámica de revancha política que cruzó administraciones, golpeó primero al gobierno de Sebastián Piñera y luego al de Gabriel Boric, y dejó como saldo un Congreso más fragmentado, procesos constitucionales fallidos y un uso creciente de herramientas de fiscalización extrema. “La tensión política en Chile escaló a niveles no vistos desde el retorno de la democracia”, La portada del nuevo libro de Mario Marcel. escribe Marcel al comienzo del capítulo.
Esa tensión, sostiene, se expresó “en el Congreso a través del bloqueo legislativo, la proliferación de comisiones investigadoras, interpelaciones y acusaciones constitucionales, así como la emergencia de un parlamentarismo de facto”. Para Marcel, ese clima contrasta con las primeras décadas de la transición, cuando Chile era visto desde el exterior como un país con un mayor grado de consensos políticos que otros de América Latina. Pero ese equilibrio comenzó a erosionarse antes del estallido. “Parece evidente que el clima político comenzó a tensionarse con la emergencia de los parlamentarios díscolos y se intensificó notablemente con el estallido social”, plantea.
A esa trayectoria suma las movilizaciones estudiantiles de 2006 y 2011, la irrupción de las redes sociales, la velocidad de las comunicaciones, la incertidumbre económica global, el presidencialismo sin mayoría parlamentaria, los cambios al sistema electoral y el debilitamiento de la disciplina interna de las bancadas. Pero el punto central de su análisis es otro: la crispación que, según Marcel, se alimenta de sí misma.
“Más allá de la secuencia y peso específico de cada uno de estos factores, se debe tomar en cuenta que la crispación política es un fenómeno dinámico, que se retroalimenta con la alternancia en el poder, donde quienes sienten que fueron víctimas en un período reclaman el derecho de tomar su revancha en el siguiente”. El estallido, agrega, profundizó ese proceso al instalar una contraposición entre “el pueblo” y “la élite”, impulsar el retroceso de los partidos tradicionales y promover el “endiosamiento de los independientes y los jóvenes como portadores de virtudes”. De ahí, dice, emergieron nuevas agrupaciones con aspiraciones refundacionales, y cuenta entre ellas a la Lista del Pueblo, el Partido de la Gente, el Partido Republicano y el Partido Nacional Libertario. Uno de los síntomas más visibles de esa etapa fue el uso de acusaciones constitucionales. Marcel recuerda que durante el segundo gobierno de Piñera se registraron diez contra ministros de Estado y contra el propio Presidente, mientras que durante el gobierno de Boric la oposición presentó nueve. “Así, en solo siete años se presentaron más acusaciones constitucionales que en los veintiocho años precedentes”, afirma.
El exministro subraya, además, una simetría incómoda para el oficialismo: “Mientras el Frente Amplio estuvo presente en todas las acusaciones constitucionales del período de Piñera liderando la mayor parte de ellas, sus ministros recibieron la mayor parte de las acusaciones constitucionales en el período del presidente Boric”. Luego introduce una escena que, en su relato, resume la liviandad con que se empezó a usar una herramienta institucional de máxima gravedad. Durante la discusión de la primera acusación constitucional contra Piñera, Marcel le expresó su preocupación a un senador de la oposición por lo que significaba activar ese mecanismo en medio del estallido.
La respuesta del parlamentario, a quien no identifica, fue: “Para qué te preocupas tanto, si sabemos que esa acusación nunca va a tener los votos en el Senado”. Marcel comenta que, aunque finalmente se acogió la cuestión previa y la acusación no llegó a votarse en el fondo, si hubiese prosperado en la Cámara, “habría agitado aún más el ya convulsionado clima en las calles”. En el capítulo también recuerda que el propio presidente Boric hizo una autocrítica sobre los excesos de su sector durante el gobierno de Piñera.
Primero, en la cuenta pública de 2022, cuando valoró el manejo de la pandemia por parte de la administración anterior y sostuvo: “Si en algún momento fuimos injustos en las críticas, quiero reconocer que lo hicimos de buena fe”. Luego, tras la muerte de Piñera, en febrero de 2024, cuando afirmó que, “como NOTA oposición”, las querellas y recriminaciones durante su gobierno fueron “en ocasiones, más allá de lo justo y razonable”. La crítica de Marcel también alcanza al proceso constitucional.
A su juicio, las tensiones políticas se expresaron allí en el intento de imponer marcos institucionales “cargados ideológicamente”. Y lo más elocuente, dice, es que eso ocurrió dos veces y con sectores opuestos liderando cada intento. “Esto terminó haciendo fracasar lo que en algún momento fue visto como la mayor oportunidad para renovar el contrato social en Chile”, escribe.
“Así, el proceso concluyó en lo que, probablemente, es el mayor bochorno en nuestra historia política contemporánea”. Según Marcel, tanto las acusaciones constitucionales como los dos procesos constituyentes fueron impulsados bajo la idea de interpretar una voluntad popular expresada en grandes vuelcos electorales. Pero esa lectura, sostiene, fue equivocada.
En cada una de esas oportunidades, “los sectores triunfadores, y no pocos observadores y analistas, interpretaron los resultados como expresión de un desplazamiento de la opinión pública en el eje izquierda-derecha”. Sin embargo, agrega, “la evolución de los acontecimientos demostró que la ciudadanía estaba más motivada por penalizar a quienes identificaba con una élite y el statu quo que por suscribir proyectos políticos que le terminaban siendo ajenos”. Según el economista, la consecuencia de ese ciclo no fue solo política. “Este complejo contexto político también incidió sobre la economía”, afirma. En lo inmediato, elevó los niveles de incertidumbre o los mantuvo altos por más tiempo de lo que podían explicar episodios como el estallido o un resultado electoral.
La crispación, dice, hizo “más imprevisible la política, en un país que se caracterizaba, precisamente, por lo contrario”. Esa imprevisibilidad abrió espacio, según Marcel, a escenarios extremos, como la destitución del presidente, o a políticas públicas “inéditas”, como la teoría del decrecimiento económico. También dificultó el proceso legislativo y postergó reformas urgentes. Entre los ejemplos menciona la reforma previsional, la reforma al sistema de notarios y conservadores, y la universalización del acceso a sala cuna.
El exministro sostiene que incluso las agencias clasificadoras de riesgo advirtieron en más de una oportunidad sobre el costo de la incapacidad del sistema político para acordar reformas necesarias para el progreso económico y social del país. Desde su experiencia, Marcel describe también un cambio profundo en la forma de negociar con el Congreso. Primero como presidente del Banco Central y luego como ministro de Hacienda, le tocó interactuar intensamente con los parlamentarios durante los cinco años posteriores al estallido. Esa experiencia, dice, le permitió comparar distintas épocas del proceso legislativo. “Pude constatar el costo del debilitamiento de la disciplina al interior de las bancadas parlamentarias”, escribe.
“No se trataba solo de que hubiera muchos partidos representados en el Congreso, sino de que ya era mucho menos eficaz buscar acuerdos con jefes de bancada o parlamentarios líderes, porque todos los parlamentarios pedían una atención personalizada”. La frase que sigue resume su impresión sobre el nuevo Congreso: “No se trataba solo de que se hubiera pasado de cinco o seis partidos con representación parlamentaria a 22, sino a una lógica dominada por la individualidad de 155 diputados y 50 senadores que demandaban igual atención”. Pese a ese escenario, Marcel afirma que su experiencia previa en la Dirección de Presupuestos y en el trabajo legislativo le dio herramientas para sacar adelante reformas importantes. Pero no lo eximió de derrotas.
“En más de una oportunidad, los proyectos que encabecé fueron rescatados por el ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Álvaro Elizalde, por un parlamentario amigo, por un opositor leal o por el propio presidente”, escribe. El relato se vuelve entonces más personal. Recuerda que, como integrante del Comité Político, participó en definiciones estratégicas que iban más allá de la economía y consultó decisiones económicas con el presidente y los ministros políticos. Eso, señala, le dio apoyo para ejercer el rol transversal de Hacienda. Pero no cambió del todo su identidad. “Nunca dejé de sentirme como un técnico con un pie en la política ni me alejé del riesgo del fracaso”, reflexiona. n.
El exministro de Hacienda revisa el quinquenio 2019-2024 y apunta al “endiosamiento de los independientes y los jóvenes como portadores de virtudes”, al fracaso del proceso constitucional —que califica como “el mayor bochorno en nuestra historia política contemporánea”— y a su propio rol en esos años: “Nunca dejé de sentirme como un técnico con un pie en la política”. | RENÉ OLIVARES ADELANTO DE SU NUEVO LIBRO, DISPONIBLE DESDE MAÑANA El exministro de Hacienda salió del gobierno en agosto de 2025, y luego de eso ha dictado algunas charlas y asistió a la comisión de Hacienda de la Cámara a comienzos de mayo.