Vacaciones en el VOLCÁN LAUTARO
Vacaciones en el VOLCÁN LAUTARO R E S S E B O L B A P : S O T O F Aunque hoy se ve poco en los supermercados, hay un yogur que seguramente quienes tenemos debilidad por este producto consideramos un clásico, especialmente por el comercial que lo promocionaba en los ochenta y que decía: “En el fondo, los americanos son dulces”. Claro, el Americano viene con mermelada en el fondo del vasito, entonces cuando uno lo revuelve, toma color y un sabor azucarado que, de una u otra forma, nos devuelve a los diáfanos días de la infancia.
Pues bien, Pablo Besser, 55 años, médico traumatólogo, montañista, explorador VOLCÁN LAUTARO ses de planificación intentó llegar a su cumbre, en 2016 y 2022, pero en ambas rebotó debido a las pésimas condiciones meteorológicas de la zona.
“Es que a veces uno se fija un objetivo, y como yo ya había subido varias de las cumbres de la Patagonia, como el San Lorenzo o el San Valentín, me quedaba el Lautaro, un cerro grande, bonito y bueno para subir, porque en esto uno no espera arriesgar el pellejo: puedes subirlo caminando, encordado, pero sin escalar.
No es nada muy intenso, ni técnico”. Sentado en su casa en Las Condes, Besser está contando detalles del último hito de su cada vez más extensa carrera como explorador: el 5 de noviembre recién pasado, junto a su amigo Elías Lira, después y primera persona en cruzar longitudinalmente los campos de Hielo Sur y Norte, en la Patagonia, es como un yogur americano. En el fondo es dulce, pero lo que hace y dice no siempre lo muestra así.
Por ejemplo, al volcán Lautaro, una cumbre de 3.609 metros ubicada en pleno Campo de Hielo Sur, la tercera más alta de la Patagonia después del San Valentín y el San Lorenzo, él lo describe como un “cerro de mierda”, pero en el fondo lo dice con cariño.
El Lautaro está anclado en su corazón hace más de treinta años, desde la primera vez que escuchó hablar de él, durante una expedición a Campo de Hielo Sur que realizó en 1995 junto al explorador alemán Arved Fuchs, y más aún después de las dos veces que tras largas expediciones y mede varios días de aproximación a través de Campo de Hielo Sur, llegó finalmente a la cima del Lautaro, el objetivo que había perseguido durante años, y que viene a demostrar una vez más que hay gente realmente apasionada por las montañas y que disfruta de verdad estando en lugares que para la mayoría de los mortales serían un auténtico infierno (aunque en este caso, sin llamaradas fuego, sino con frío extremo y kilómetros de nieve y hielo). De hecho, todos los años Pablo Besser planea una expedición grande a lugares remotos y poco explorados de la Patagonia, como la que hizo en 2024 al desconocido lago Greve, en Campo de Hielo Sur. Y siempre lo emprende en sus días de vacaciones. Es decir, deja de atender pacientes no más y se va a perder al cerro, ojalá el mayor tiempo posible, para lograr desconectarse de todo y, a la vez, conectarse con la naturaleza, como dice.
“Cuando se arman viajes así, con meses de anticipaL O I F N A I T S I R C ción y fijando fechas fijas, si te toca o no la ventana (de buen tiempo para subir) es cosa de suerte”, dice Besser en el relato escrito de su expedición. “Por eso trato de ir por algo más de tiempo para que haya más oportunidades y porque el tiempo de estadía en montaña también es parte del placer de ir. No hay nada como perderse tres semanas en la montaña. Poco a poco se van cayendo las capas civilizadas y queda lo que hay debajo: el animal. La naturaleza debe gozarse con tiempo, no con itinerarios programados ni ajustados.
Y si hay mal tiempo, pues un buen libro lo arregla todo”. La historia del volcán Lautaro está ligada a grandes exploradores de Chimada Laguna de los 14, rodear el lago Eléctrico y cruzar un río con una tirolesa que está instalada en el sector. Suena sencillo, pero no lo fue: cada uno llevaba unos 30 kilos de peso en la mochila, entre equipos, carpa, esquíes, piolets, ropa técnica y comida planificada para permanecer 20 días en la montaña. Para evitar tener que portear las cosas esto es, subir y bajar los equipos de a poco y acortar la expedición, decidieron llevar todo en un solo gran bulto, amarrando una cosa sobre otra. Las fotos lo muestran: iban cargados como ekekos. “Era como llevar una mochila sobre otra, pero íbamos bien, a paso de tortuga. En el valle abajo no había tanto viento, entonces no había problema. Ya arriba en el plateau nos tocó más”. Su primera escala fue en el refugio Piedra del Fraile. Aunque habían pagado para recorrer el sendero, no había nadie en la portería de acceso al sendero al lago Eléctrico, así que llegaron y pasaron.
Tampoco había nadie en el Refugio Eduardo García Soto, que es chileno: fue construido por el Instituto de Campo de Hielo con aportes gubernamentales y ahora está manejado por Conaf y a veces lo usan Carabineros. De hecho, cuenta Besser, en un momento temieron que estuviera cerrado. Felizmente para ellos, no fue así. Allí llegaron el 1 de noviembre. Sacando cuentas, desde que salieron de Santiago, pasaron siete días hasta que, finalmente, Besser y Lira pudieron estar en la planicie de hielo, el verdadero punto de partida de su travesía hacia el Lautaro. Conscientes de que, según el pronóstico meteorológico, tendrían una ventana de buen tiempo el 4 o 5 de noviembre, Besser y Lira apuraron el paso para estar en la base del volcán en esa fecha. Finalmente, el día elegido para subir fue el 5. Y sería una jornada extensa: si querían hacer cumbre, tenía que ser de una sola vez, porque el cerro no da opción de hacer campamento en la ruta. Es decir, saldrían desde la base del volcán, que está a unos 1.200 metros, y ese mismo día deberían remontar más de 2.000 metros de desnivel para llegar hasta los 3.600. Y luego bajar cuanto antes. Salieron de madrugada, a las 03:00 de la mañana, bajo una luna llena que lo iluminaba todo. Entonces comenzaron a caminar encordados, avanzando primero en esquíes y luego con botas por la nieve y el hielo. El mayor peligro de la ruta, dice Besser, era la posibilidad de caer en grietas, varias de las cuales han ido apareciendo paulatinamente debido a los efectos del calentamiento global. Otra gran dificultad eran las llamadas “alitas de ángel”, unas incrustaciones de hielo que se forman en el suelo glaciar y donde todo el tiempo se les enganchaban las cuerdas. Al partir, la noche había estado despejada, tranquila. Pero hacia el amanecer, el tiempo comenzó a cambiar. “Empezaron a entrar nubes desde el otro lado, desde el Pacífico. ¡Qué rabia me dio y qué angustia! Si eso aumentaba, perderíamos el cerro. Ya el 2016 había sido algo parecido”, escribe Besser en su relato. Finalmente, el tiempo mejoró y, tras 11 horas de ascenso ininterrumpido, con Lira alcanzaron su objetivo soñado: la cumbre del volcán. En un momento incluso dudaron de dónde estaba efectivamente la cima: había poca visibilidad y el GPS de Besser se había congelado. Solo el de Lira, que era manual, seguía funcionando, y con eso pudieron completar la ruta. En lo más alto del Lautaro, desde donde vieron de cerca varias fumarolas este es un volcán activo: su última erupción se registró entre 1978 y 1979, ambos expedicionarios se abrazaron emocionados. Lira sacó unas frutillas en conserva y unos quesos que había cargado especialmente para la ocasión, mientras Besser capturaba la extraordinaria vista panorámica con su cámara Olympus.
Se veía todo: el macizo del Fitz Roy, el cerro Torre, el lago OHiggins, los glaciares Pío XI y Viedma, incluso el San Lorenzo a lo lejos y la parte sur de Campo de Hielo Norte. También se veía otro gigante de hielo de esta zona: el cordón Mariano Moreno, hasta donde fueron en los días siguientes y subieron sin mayores dificultades.
La ventana de buen tiempo se extendió y, bajo un cielo limpio y un sol radiante, lograron llegar hasta su cima, realizando así el primer ascenso chileno de este cerro y, como dice el propio Besser, “posiblemente la primera vez que se encadenan en una expedición las dos mayores cumbres del Hielo Sur”. Pero para Pablo Besser, subir el cordón Mariano Moreno fue solo una yapa. O una tarea sin nota, como dicen en el colegio. Su verdadero objetivo, que a estas alturas ya se había convertido casi en una obsesión, estaba cumplido.
El volcán Lautaro, finalmente, lo había dejado pasar y, en el camino, él había logrado lo que más busca en este tipo de expediciones, que es “vivir en la montaña, carpa a cuestas, como un caracol y su casa, teniendo la inmensidad del hielo para nosotros solos”. “Cuando llegué arriba lloré de emoción. Me acordé del San Valentín, que también me hizo llorar al llegar a su cumbre. Son los únicos dos lugares donde me ha pasado algo así”, cuenta Besser y en su relato escrito complementa: “Cerro de mierda, cuántos viajes e intentos. Como dijo Shipton, hay que tener una cierta dosis de masoquismo para intentar las montañas patagónicas. Yo diría tenacidad. Insistir nuevamente.
Al final, la ventana de buen tiempo te tocará algún día”. D Después de años de intentos infructuosos, el montañista chileno Pablo Besser logró uno de sus máximos anhelos: subir el volcán Lautaro, la mayor cumbre de Campo de Hielo Sur. Un ascenso largo, frío y extenuante que, como nunca, pudo afrontar con el clima a su favor y que, como siempre, completó durante sus días de descanso del trabajo. POR Sebastián Montalva Wainer.. Después de años de intentos infructuosos, el montañista chileno Pablo Besser logró uno de sus máximos anhelos: subir el volcán Lautaro, la mayor cumbre de Campo de Hielo Sur. Un ascenso largo, frío y extenuante que, como nunca, pudo afrontar con el clima a su favor y que, como siempre, completó durante sus días de descanso del trabajo. POR Sebastián Montalva Wainer. PESO. Para evitar hacer porteos, llevaron amarrados todos sus equipos en la mochila. Aquí, por el valle Eléctrico rumbo al hielo. ENTRADA. La ruta la hicieron desde El Chaltén, Argentina. Aquí, el valle Eléctrico y, al fondo, lo que queda del glaciar Marconi. PIONEROS. Bajando desde el Mariano Moreno entre enormes hongos de hielo. Al fondo se ve el Fitz Roy. Según Besser, este sería el primer ascenso chileno de este cordón. ESCENARIO. Arriba, marchando con trineos desde el Lautaro hacia el cordón Mariano Moreno. Abajo, la caldera del Lautaro, que está rodeado de grietas de origen volcánico. La cumbre se ve al fondo. PROTEGIDOS. Uno de los campamentos que hicieron rumbo al Lautaro. Para protegerse del viento debían construir estos iglús con bloques de hielo. Abajo, una vista hacia el Fitz Roy y el cerro Torre desde la base del volcán. TRABA. Así son las “alitas de ángel” o incrustaciones de hielo en el Lautaro. PROTEGIDOS. Uno de los campamentos que hicieron rumbo al Lautaro. Para protegerse del viento debían construir estos iglús con bloques de hielo. Abajo, una vista hacia el Fitz Roy y el cerro Torre desde la base del volcán. CORDADA. Elías Lira (izquierda) y Pablo Besser en la cumbre del cordón Mariano Moreno, que subieron después del Lautaro. CUMBRE. Pablo Besser en la cima del Lautaro, tras 11 horas de ascenso. Ya lo había intentado en 2016 y 2022. Vacaciones en el VOLCÁN LAUTARO. PESO. Para evitar hacer porteos, llevaron amarrados todos sus equipos en la mochila. Aquí, por el valle Eléctrico rumbo al hielo. ENTRADA. La ruta la hicieron desde El Chaltén, Argentina. Aquí, el valle Eléctrico y, al fondo, lo que queda del glaciar Marconi. PIONEROS. Bajando desde el Mariano Moreno entre enormes hongos de hielo. Al fondo se ve el Fitz Roy. Según Besser, este sería el primer ascenso chileno de este cordón. ESCENARIO. Arriba, marchando con trineos desde el Lautaro hacia el cordón Mariano Moreno. Abajo, la caldera del Lautaro, que está rodeado de grietas de origen volcánico. La cumbre se ve al fondo. PROTEGIDOS. Uno de los campamentos que hicieron rumbo al Lautaro. Para protegerse del viento debían construir estos iglús con bloques de hielo. Abajo, una vista hacia el Fitz Roy y el cerro Torre desde la base del volcán. TRABA. Así son las “alitas de ángel” o incrustaciones de hielo en el Lautaro. PROTEGIDOS. Uno de los campamentos que hicieron rumbo al Lautaro. Para protegerse del viento debían construir estos iglús con bloques de hielo. Abajo, una vista hacia el Fitz Roy y el cerro Torre desde la base del volcán. CORDADA. Elías Lira (izquierda) y Pablo Besser en la cumbre del cordón Mariano Moreno, que subieron después del Lautaro. CUMBRE. Pablo Besser en la cima del Lautaro, tras 11 horas de ascenso. Ya lo había intentado en 2016 y 2022.