Autor: POR ANTONIA DOMEYKO
HISTORIA DE UNA correspondencia impensada
HISTORIA DE UNA correspondencia impensada La noche del 19 noviembre de 2025, desde su celda en el Centro Penitenciario Femenino (CPF) de Valparaíso, la interna M.S. tomó un lápiz negro, una hoja de cuaderno cuadriculada, y escribió una carta: Hola mi estimado Fernando: Aquí me encuentro en mi celda, son alrededor de las 10 pm y hace una calor infernal. Siempre he preferido el frío porque me gusta abrigarme arropadita más calentita. Lo peor que no tenemos ducha y nada que nos refresque en esta calor, solo soportar. Para que imagines un poco, son piezas de 2x3 donde hay 2 camarotes que hacen 4 camas, cuatro personas y una pieza ufff. Lo peor es que tenemos agua limitada ya que es muy antigua esta cárcel (). Me gustaría que me hablaras de cómo son tus días, tus intereses. A mí me gustan los paisajes. Si pudieras tomar unas fotografías y escanear me dejaría muy contenta. Ya que los muros me limitan a ver verde, quiero naturaleza, puesta de sol, amanecer o cualquier cosa. Te dejo un enorme abrazo a la distancia. Al entrar al CPF de Valparaíso se abre una reja de fierro grueso y verde oscuro, por donde salen rápidamente dos perros. Adentro, un patio de cemento está rodeado por torres con pequeñas ventanillas tapadas con rejillas delgadas. Son las cinco de la tarde de un miércoles de marzo y en el patio ya no hay nadie. Solo se escuchan voces, conversaciones que vienen detrás de las ventanillas. Un funcionario de Gendarmería explica que pronto encerrarán a las internas en sus celdas hasta la mañana siguiente. Por una reja, que cubre la puerta a una de las torres, aparece M.S., de pelo largo, negro y crespo. Viste unos jeans, una polera blanca y zapatillas. Camina hacia a un container ubicado a un costado del patio y tira un chiste a las gendarmes que resguardan el acceso al container: la biblioteca del CPF. El espacio de la biblioteca es reducido. De un muro cuelgan estantes de madera que sostienen decenas de libros. El resto del container está ocupado por unas cuantas sillas, una mesita y un computador. M.S. se sienta en una de las sillas y cuenta que ahí, en la biblioteca, además de haber leído varios libros, comenzó el año pasado a participar del Proyecto Cartas. Aún recuerda cuando les leyeron las cartas de presentación de las personas en libertad que querían participar de manera voluntaria.
Una de ellas era de Fernando, un español que vive en Madrid y que se inscribió en un programa de la Red Leen, iniciativa iberoamericana que busca promover la lectura en los centros penitenciarios, y que hizo una convocatoria por redes sociales para escribir cartas con personas privadas de libertad en Colombia y en Chile. Cuando dijeron que había llegado una carta de un español, dije: “¡ Yo! ¡ Yo lo quiero! dice M.S. Ella tiene 29 años y está presa desde los 19. Explica que la condenaron por nueve causas por robo con intimidación a 11 años y seis meses de prisión. Afuera de la cárcel dejó dos hijos, hoy de 13 y 11 años, quienes están al cuidado de su abuela. Cuenta que dentro de la cárcel ella es “primeriza”, ya que esta es su primera condena siendo mayor de edad, pero en su adolescencia recibió otras condenas también. Nació y creció en Valparaíso junto a sus hermanos en la casa de su abuela materna, quien trabajaba de asesora del hogar. A su madre casi nunca la veía. Siendo niña, le decían que trabajaba de temporera y por eso no estaba. Ella se drogaba con su pareja. Y desaparecían meses. Llegaban de vez en cuando y generalmente hacían estresar a mi abuela, que padece de demencia senil cuenta M.S. Tenía seis años cuando el colegio intervino, porque junto a sus hermanos estaban llegando con mala presentación personal. Encontraron peligroso que estuviéramos con ellas. Nos sacaron de la casa, como dos semanas antes de cumplir los siete años. Me acuerdo, porque los siete los cumplí en el hogar relata. Primero llegó junto a sus hermanos a una residencia mixta. Meses después, ella y su hermana menor se fueron a un hogar de niñas y el mayor, a uno de niños. A pesar de que nos llevábamos mal y todo lo que hacen los hermanos, él era el fuerte, el que me protegía y peleaba por mí en el colegio. Separarnos fue difícil para mí. Me empecé a portar mal en el hogar, a reaccionar impulsivamente, a atentar contra mí misma. Entonces, me empezaron a dar medicamentos. Dice que un día se le ocurrió empezar a juntar las pastillas que le daban, hasta que decidió tomarlas todas de una sola vez. Ese día terminó en el hospital. Luego, cuenta, continuaron dándole los medicamentos, pero molidos y en vaso. Cuando tenía 12 años, para su sorpresa, su madre logró sacarla de la residencia de menores. Mi mamá se puso las pilas. Apareció, le hicieron el examen de droga, le salió todo excelente, consiguió un trabajo, una casa y nos recuperó. Pero yo en el hogar ya había andado en malas cosas. A los nueve años consumí por primera vez marihuana.
A los 10 años ya andaba robando cosas en supermercados, porque en el hogar nos daban todos los materiales iguales y yo quería tener un lápiz bonito y un cuaderno bonito, como las niñas a las que visitaban sus padres. Quería tener algo lindo. Siendo adolescente, M.S. estuvo en unidades penitenciarias para menores por robo en lugar habitado, no habitado, por porte de armamento y otros delitos. Dice que estuvo un año presa y luego dos en un sistema semicerrado. Como era más pequeña, era como más inmune en ese sentido de la ley. A los 16 años quedó embarazada de su primer hijo. Y dos años después tuvo un segundo hijo. Yo dije no. No podía andar como andaba. Ahí dije, voy a dedicarme a la mecha, que es robar supermercados, tiendas y cosas así. Eso es más liviano, en el sentido de condena.
Durante esos años, con lo que consiguió en los distintos robos de los que participó, logró subsistir con sus dos hijos e incluso se construyó y amobló una casa en un terreno que le pasó su abuela. Hasta que la tomaron detenida y entró al CPF de Valparaíso como imputada. Sus hijos tenían tres y un año. Al poco tiempo de ser condenada, la reubicaron en otra cárcel por mala conducta. Por líos negativos, porque igual organicé una huelga contra la ley retroactiva. Y muchas cosas, peleas y teléfonos, cosas indebidas de la cárcel. Llegó a la cárcel de Rancagua, donde estuvo cuatro años. Allá sufrí. No es como aquí que uno puede decir: “Mamita, ven a dejarme un champú”, porque mi mamá vive, no sé, a menos de diez minutos de aquí. Allá estaba sola. Yo dije: “No. Yo tengo que devolverme a mi tierra, tengo que ver a mis hijos”. Porque uno sufre. En esos cuatro años en Rancagua, M.S. pudo ver a sus hijos solo una vez al año. Comenzó a buscar maneras de mejorar su conducta y empezó a trabajar en el servicio de comida del recinto penitenciario. Finalmente, consiguió que la regresaran a Valparaíso. Cuando volví, me acuerdo que abrieron la puerta, pasaron mis hijos y uno me dijo: “Mamá, no me acordaba de tu cara”. Hace dos años que no nos veíamos. Se acordó, sí. El mayor, es más apegado a mí.
Él siempre reta al más chico, porque dice: “No, yo no te amo”. Y el mayor le pega sus codazos para el lado dice y agrega: Son consecuencias de Yo igual sé que no fue correcto lo que hice y que en su momento lucré bastante con esa situación. Pagando las consecuencias nomás. Yo siento que, no sé si es una condena justa, pero sí una condena que yo la provoqué.
Falta cerca de un año y medio para que M.S. cumpla con su condena. 23 de agosto de 2025 Hola M.S. cómo estás? La ansiedad y los miedos por esa futura etapa en libertad es normal. No te preocupes.
Cuando uno está acomodado a una situación mucho tiempo y aparece la posibilidad de un cambio radical en nuestra vida, eso da miedo y provoca estrés (). Recientemente, he tenido un cambio de destino para desarrollar mi labor de vigilante de seguridad (en un supermercado de gran superficie). Había estado muy acomodado en el sitio donde me encontraba anteriormente. Dominaba la superficie, sabía dónde se encontraba cada producto, sin importar lo insignificante que fuera.
El momento de un cambio de tienda a un supermercado más grande, más empleados, cajeros, reponedores y gente de cuidado (“Los dueños de lo ajeno”, hurtos) () me daba respeto y algo de estrés a lo que podría encontrar allí. Es parte de lo que se lee en una de las cartas que le escribió Fernando a M.S., sin saber que ella había sido condenada por robo a supermercados. Fernando tiene 58 años, vive en Madrid, tiene una pareja y un hijo de 14 años. Pide responder a esta entrevista por correo, ya que asegura que para él es más fácil expresarse escribiendo. Cuenta que a pesar de que nació en España, por temas familiares, a los cuatros años se fue a vivir a Colombia y luego a Venezuela, regresando a su país cuando tenía 19 años. Cuenta también que le gusta dibujar, un oficio que heredó de su padre, y que ha desarrollado con el paso de los años su propio estilo para crear personajes de cómic. Sin embargo, su fuente de ingreso viene de su labor como vigilante de seguridad hace más de 25 años. Lo de la escritura, explica, es un interés que fue descubriendo con los años, viendo películas como Tienes un e-mail, y le ha servido como un mecanismo para enfrentar su timidez. Buscó en internet a personas con quienes escribirse y encontró un espacio en los antiguos chats online. Ahí intercambié con frecuencia email y correspondencia con muchas chicas latinoamericanas relata. Sin embargo, al entrar a trabajar como guardia de seguridad se vio obligado a centrarse más en su trabajo. Cuenta que por los horarios perdió muchas amistades y dejó de lado también los chats de internet. Tuvo un período en el que trabajaba de noche, hasta que finalmente su horario quedó fijado para las tardes. Empecé a buscar en internet correspondencia por e-mail de nuevo, añorando esa época de los chats, en recuerdo de las personas tan interesantes que conocí en ese período. Encontré la opción de intercambio con presos, y elegí la opción mujer explica. En febrero del año pasado le contestaron preguntando si seguía interesado en tener esta correspondencia y luego le pidieron que enviara una carta de presentación. Me dijeron que había causado tan buena impresión que decidieron escribirme dos chicas.
Una de ellas fue M.S. 27 de agosto de 2025 Holi? Que tal su semana?() Sabes? Como le dices a “los dueños del ajeno” o al hurto, aquí se dice “mechera” a las personas que roban en supermercados ZEPÓLOSNOFLAOIGRE o tiendas y la ironía de la vida yo soy o era de esas personas (). Lo que me dejó haciendo muchos años (de cárcel) fue que algunas personas por salir con las especies del supermercado golpearon a guardias y nos pasaron por robo con violencia e intimidación, ya que se usaba violencia para sustraer las especies (). Y resulta que trabajas en ese ámbito. Irónico o no? PD: te escribí la respuesta de la última carta que prometía que haría en mi celda. Espero que te guste. Me despido de la distancia. Fernando explica que él no tenía intenciones de preguntarle cuál había sido el motivo de su condena. Mi intención nunca fue juzgar. Solo realizar el intercambio de correspondencia, para que tuviera esa experiencia, como actividad de entretenimiento, para salir de la rutina en instalaciones penitenciarias. Esperaba que saliera de ella misma para decírmelo, sin prisas ni presiones, porque me parecía de segundo o tercer plano, los motivos que la llevaron a esas circunstancias dice Fernando. Cuando se enteró de que la causa de su condena era por robo a supermercados reconoce que fue una sorpresa. Lejos de alejarnos, el saberlo nos unió todavía más por el giro que había ocasionado el destino. En alguna ocasión, cuenta Fernando, él comentó a uno de sus cercanos en Madrid que estaba participando de este taller de correspondencia, pero no volvió a comentarlo después de la respuesta que tuvo. Esta actividad la llevo, en un sentido, un poco en secreto, sin comentárselo a mi entorno cercano. Cuando he comentado esto de la correspondencia con algún conocido, me replican en un sentido negativo. Todavía con M.
S., condenada por robo, y otra chica por tráfico de droga; la gente se lleva las manos a la cabeza, diciendo: “¿ En qué estás metido?, es peligroso, déjalo cuanto antes, que te ocurra algo malo”. Yo no contesté nada y pretendí seguir con la correspondencia de todas formas. Como había una institución por medio (los talleres), me imaginé que habría una especie de corta fuego. Tampoco me lo he planteado demasiado.
En sus cartas con M.S., cuenta Fernando, en un comienzo ella le contaba de las celdas, el cambio a otras secciones, las condiciones en que vivía y luego comenzaron a hablar de otros temas: de gastronomía, de sus países y las fiestas que celebraban, de sus intereses personales, de sus familias y sus preocupaciones. Incluso en un momento ella le contó sobre una crisis por la que pasó. En el container que hace de biblioteca en el CPF, M.S. recuerda ese momento en el que le contó a Fernando por lo que estaba pasando. Yo tomo medicamentos de pequeña y no siempre estoy estable anímicamente. Hay momentos en que me aflijo mucho o me pasa un problema que de repente no es tan grave, y yo lo tomo como grave. Yo me he herido, y ese día llegué al taller cortada, con curaciones en la mano, y se lo expresé al Fernando. Yo, pensando que me iba a desahogar, le causé preocupación a él. No me gustó preocuparlo, porque igual la cárcel es súper adversa, y ahora puedo estar bien, pero el otro día no. Entonces, igual eso no corresponde a una persona que tiene su vida, el es extranjero, él es trabajador. O sea, es más por su bien cuenta M.S. Después de esa carta, ella y Fernando continuaron hablando de sus intereses, de sus familias y sus países. Yo viajé a una cultura nueva con él, inclusive tiramos tallas, porque igual de cierta manera esto te saca de los muros. No solamente me saca de la prisión, sino que me lleva a descubrir una cultura nueva, personas interesadas en personas privadas, sin importar el delito explica M.S. El jefe técnico regional de las materias de reinserción social de Gendarmería, Juan Pablo Medina, explica el impacto de este tipo de talleres, que el año pasado se realizó por primera vez en Valparaíso. A través de lo que permite la creatividad, la empatía, la lectura, podemos fantasear o incluso trabajar, implícitamente, en un desarrollo personal; tener, digamos, herramientas emocionales, cognitivas. Y de esa manera, desde un uso adecuado del tiempo libre, nos acercamos a lo que nosotros hablamos de un eventual retorno prosocial o conductas más prosociales para la comunidad explica el gendarme. El taller terminó en diciembre. Las fotografías de paisajes que ella le pidió a Fernando en las cartas finalmente nunca llegaron. Sin embargo, en la última carta que envió él, le dejó su correo electrónico para que pudieran retomar el contacto en algún momento del futuro. “Aquí me encuentro en mi celda, son alrededor de las 10 pm y hace un calor infernal. Lo peor es que no tenemos ducha ni nada que nos refresque, solo soportar”, escribió M.S. en su carta. Autor: POR ANTONIA DOMEYKO.
Durante el año pasado, una interna del Centro Penitenciario Femenino de Valparaíso mantuvo una correspondencia semanal con un voluntario que escribía desde España, a través de un taller penitenciario coordinado por el Centro Cultural Letras Públicas. Mientras se iban contando sus preocupaciones e intereses, crearon un vínculo a través de las cartas escritas con puño y letra, descubriendo que sus vidas estaban más relacionadas de lo que pensaban. “De cierta manera, esto te saca de los muros”, dice la interna, quien cumple una condena de 11 años y seis meses. “Aquí me encuentro en mi celda, son alrededor de las 10 pm y hace un calor infernal. Lo peor es que no tenemos ducha ni nada que nos refresque, solo soportar”, escribió M.S. en su carta.