Autor: Juan MarcOs Henríquez, DOCTOR En CIEnCIAS BIOLóGICAS
Columnas de Opinión: Kast, Lincolao y ciencia
Columnas de Opinión: Kast, Lincolao y ciencia En uno de los capítulos más memorables de Futurama, el Profesor Farnsworth irrumpe agitado en la sala gritando “¡ Buenas noticias! ” para anunciar un descubrimiento científico que nadie entiende, que a nadie parece importarle, y cuya utilidad práctica es, en apariencia, nula. La escena es cómica precisamente porque expone una verdad incómoda: la ciencia, en su fase más primaria, raramente llega al mundo envuelta en fanfarria ni traducida en empleos inmediatos. Tarda, confunde, incomoda y hasta decepciona. Pese a ello, sigue siendo el único camino real hacia el desarrollo. Chile pareciera no haber visto ese capítulo de la serie animada. O peor aún, lo vio y se quedó sólo con la risa.
La ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, lleva menos de cien días en el cargo y ya acumula un historial que mezcla torpeza administrativa con una omisión más profunda y preocupante relacionada con la incapacidad, o la falta de voluntad, de defender el sector que debería liderar.
Llegó al ministerio con un currículo construido en el extranjero, lo que se presentó como una ventaja comparativa; sin embargo, ella misma ha reconocido dificultades para relacionarse con el mundo científico local (algo que debería preocupar al gobierno). Los primeros meses de gestión acumularon una serie de episodios que, vistos en conjunto, dibujan un patrón. La abrupta salida del subsecretario Rafael Araos, quien desmintió públicamente a la ministra al confirmar que existía una orden real de desvinculaciones masivas, fue solo el primero. Luego vinieron tres sociedades no declaradas en su patrimonio, reuniones con Google y Meta no registradas en la Ley de Lobby y ausencias reiteradas a comisiones del Congreso. Las faltas a la probidad de acuerdo a la prensa no son nada nuevo en su currículo. Sin embargo, lo más graves es lo que ocurrió el 6 de mayo. Ese día, el presidente José Antonio Kast preguntó retóricamente cuántos empleos genera un libro académico financiado con fondos públicos, y respondió él mismo, ninguno. La reacción esperable de una ministra de Ciencia habría sido salir a defender su sector con datos, con historia, con argumentos. En cambio, Lincolao guardó silencio desde la cartera ministerial y se alineó con la visión presidencial. Lo que no hizo la ministra lo hicieron las sociedades científicas con una carta abierta que el gobierno simplemente ignoró. El problema no es solo político, sino además de diagnóstico.
Chile destina aproximadamente un 0,35% de su PIB a investigación y desarrollo, una cifra que lo ubica muy por debajo del promedio de la OCDE, que promedia el 2,7%. Corea del Sur invierte más del 4,9%, Israel supera el 5%, y países como Finlandia o Suecia sostienen décadas de bienestar precisamente porque entendieron antes que otros que la ciencia no es un gasto, sino la infraestructura invisible del desarrollo. Mientras esos países invierten en desarrollo, Kast discute si vale la pena financiar investigación básica y suspende convocatorias de becas con argumentos de austeridad fiscal, como si recortar ciencia fuera equivalente a recortar papelería. La ironía es que Chile, el país más austral del mundo, geográficamente privilegiado para la astronomía, la glaciología, la biología marina y la investigación antártica, trata su ciencia como un ítem prescindible del presupuesto.
Ello contrasta con las Instituciones extranjeras que pagan millones por instalar telescopios en el norte de Chile o planifican sus expediciones antárticas desde el puerto o aeropuerto de Punta Arenas, sabiendo que la condición natural de Chile y su territorio es un activo científico de primer orden. El Profesor Farnsworth, al menos, tenía financiamiento, tenía un laboratorio y trabajaba en un proyecto, por más disparatado que fuera. Chile está en riesgo de quedarse sin ninguno de los tres, administrado por una ministra que llegó de lejos y que, según sus propias palabras, todavía no logra conectar con quienes llevan años construyendo conocimiento. Eso no es un problema de adaptación personal, es una metáfora de cómo este gobierno mira la ciencia, como algo ajeno, costoso e irrelevante. En el cambio de gabinete, muchos apostaron a la salida de la ministra Lincolao, pero ello no ocurrió.
A los problemas generados en sus escasos días de gestión, el recorte presupuestario y la visión de ciencias del actual gobierno, se configura un escenario difícil de sostener para una cartera que requiere confianza institucional y diálogo con la comunidad científica. Lo que vendrá es incierto, pero lo que está en juego es la ciencia como un bien público. Autor: Juan MarcOs Henríquez, DOCTOR En CIEnCIAS BIOLóGICAS.