Columnas de Opinión: Encrucijada demográfica
Columnas de Opinión: Encrucijada demográfica Las recientes cifras entregadas por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) respecto de la natalidad durante 2025 han encendido una alarma que, aunque previsible en su tendencia, estremece por su magnitud y velocidad de descenso. Con apenas 146 mil nacimientos registrados una reducción del 40% respecto de hace solo una década, Chile ha consolidado la cifra más baja desde que hay registro oficial.
Más inquietante aún resulta la tasa global de fecundidad de 1,04 hijos por mujer, que nos ubica no solo por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1, sino en una posición de extrema vulnerabilidad global, superando en gravedad a la mayoría de las naciones occidentales y acercándose a los niveles críticos de Corea del Sur o Singapur. Este fenómeno, que el cardenal Fernando Chomali ha calificado como una “crisis antropológica de marca mayor”, no es solo un dato estadístico, sino un desafío estructural que redefinirá la fisonomía del país rumbo a 2050.
Para entonces, se proyecta que los mayores de 60 años representarán el 36,5% de la población, y los menores de 15 años caerán a un 8,4%. La experiencia de naciones que nos antecedieron en esta deriva, como Japón o el este europeo, ofrece lecciones elocuentes: la falta de una base generacional joven deriva en una pérdida de dinamismo y una presión insostenible sobre sistemas de salud y pensiones diseñados para pirámides que ya no existen.
En Chile, este impacto se hará sentir fuertemente en el sector educativo, donde expertos anticipan que, de los poco menos de 11 mil establecimientos con matrícula que existen hoy, cerca de 4 mil tendrán que haberse fusionado o cerrado para 2050. En la salud, la crisis tiene una doble implicancia. Por un lado, el aumento porcentual de adultos mayores y la prevalencia de enfermedades crónicas presionará un sistema asistencial ya recargado. Por otro, la disminución de la población económicamente activa mermará los ingresos necesarios para financiarlo. A esto se suma un mercado laboral que perderá su tasa de reemplazo generacional, forzando una transición hacia perfiles más tecnológicos y dependientes de la inteligencia artificial.
Incluso la política habitacional deberá ser repensada ante el auge de hogares unipersonales y la necesidad de viviendas tuteladas para ancianos que hoy envejecen con redes de parentesco mínimas, enfrentando una crisis de cuidados sin precedentes. Ignorar la gravedad de estas cifras sería condenar al país a un estancamiento de largo plazo. No se trata simplemente de una suma de decisiones privadas; es un desafío de Estado que requiere políticas públicas audaces, que faciliten la conciliación y den garantías de estabilidad a las familias. La resiliencia de una nación depende de su capacidad para renovarse y ofrecer a las nuevas generaciones un entorno donde la vida sea posible y deseable. Es imperativo que el debate nacional eleve la mirada ante este “invierno demográfico”, pues las repercusiones de la inacción terminarán siendo lamentadas en un futuro que, a la luz de estos datos, ya nos alcanza.
Resulta indispensable darle sentido de urgencia a un pacto social que reconozca el valor de la natalidad, por una parte, y que, por otra, anticipe políticas públicas que se hagan cargo de los efectos demográficos que irremediablemente sobrevendrán. Ignorar la gravedad de estas cifras sería condenar al país al estancamiento.. Ignorar la gravedad de estas cifras sería condenar al país al estancamiento.