Autor: LUIS FERNANDO GONZÁLEZ V SUB DIRECTOR
Editorial: Cuando el fuego no es accidente, sino consecuencia
Editorial: Cuando el fuego no es accidente, sino consecuencia Mientras el sur de Chile vuelve a teñirse de humo, ceniza y extremas -olas de calor más frecuentes, vegetación reseca, evacuaciones de emergencia, conviene decirlo sin eufemismos: lo que estamos viendo no es solo una catastrofe natural. A diferencia de un terremoto, un maremoto o una erupción volcánica, en los incendios forestales la mano humana aparece, una y otra vez, en el origen de la tragedia.
Cada temporada estival repetimos la misma escena: miles de hectáreas consumidas, viviendas reducidas a escombros, familias desplazadas, ecosistemas arrasados y un país que observa con impotencia cómo el fuego avanza más rápido que cualquier capacidad de respuesta. Sin embargo, junto con la sequía, las altas temperaturas y el viento, hay un factor que se repite con inquietante regularidad: la acción -voluntaria o negligentede personas. No se trata solo de los incendiarios, cuya existencia nadie puede negar y que deben ser perseguidos con todo el rigor de la ley. Ellos existen, pero no son la mayoría. La mayor parte de los siniestros tiene su origen en descuidos, irresponsabilidades cotidianas, gestos mínimos que desencadenan desastres gigantescos. Una herramienta que genera una chispa, una quema mal controlada, una fogata que no se apaga del todo, un cigarrillo arrojado desde un vehículo. Actos pequeños en apariencia, pero devastadores en sus consecuencias. Lo dramático es que nada de esto es nuevo.
Hace más de cuatro décadas, en el verano de 1972, esta misma página advertía sobre lo que entonces se denominó "Criminales incendios forestales". Ya en ese tiempo se alertaba que la destrucción de bosques y tierras fértiles estaba transformando progresivamente nuestra zona central en un territorio cada vez más degradado, comprometiendo riquezas, alimentos y oportunidades para las generaciones futuras. Aquellas líneas señalaban con claridad algo que hoy sigue siendo incómodo reconocer: la mayoría de los incendios forestales tiene culpables. Personas que arrojan cigarrillos encendidos, excursionistas que encienden fogatas sin las precauciones debidas, ciudadanos que subestiman el riesgo en contextos de alta inflamabilidad. No es solo mala suerte. Es conducta humana. Hoy, con el cambio climático intensificando las condiciones temporadas más largas de riesgo-, ese mismo descuido se vuelve aún más peligroso. Lo que antes podía terminar en un foco controlable, ahora puede convertirse en un megaincendio en cuestión de horas. La naturaleza está más vulnerable, pero también lo está nuestra forma de habitar el territorio, con viviendas en zonas de interfaz urbano-rural, plantaciones, caminos y tendidos eléctricos que conviven con masa forestal altamente combustible. Por eso, reducir la discusión únicamente a más aviones, más helicópteros o más brigadistas es insuficiente. La respuesta aérea es fundamental, pero llega cuando el fuego ya está desatado. La verdadera batalla se libra antes: en la prevención, en la educación, en la fiscalización y, sobre todo, en la cultura de responsabilidad. Necesitamos entender que encender fuego en verano no es un acto neutro. Que una quema agrícola sin autorización no es una simple "costumbre". Que una fogata en un sector no habilitado no es una travesura. Es poner en riesgo vidas humanas, viviendas, fuentes laborales, biodiversidad y recursos que tardarán décadas -o siglosen recuperarse. También es indispensable que el Estado refuerce las sanciones y, más importante aún, su aplicación efectiva. La impunidad alimenta la repetición. Cuando la sociedad percibe que no hay consecuencias claras, el mensaje que se instala es que el riesgo vale la pena. Y no lo vale. Las palabras escritas hace más de 40 años siguen golpeando por su vigencia: los culpables existen. La diferencia es que hoy el costo de sus actos es mucho mayor. Ya no hablamos solo de bosques, sino de ciudades amenazadas, de comunidades completas evacuadas, de un país que cada verano vive con el corazón en vilo. Los incendios forestales no son una fatalidad inevitable. Son, en gran medida, el resultado de decisiones humanas.
Y si su origen esta en nuestras acciones, también su solución comienza ahi: en la conciencia individual, en el compromiso colectivo y en la firme decisión de no seguir normalizando conductas que, año tras año, convierten el paisaje en cenizas. Autor: LUIS FERNANDO GONZÁLEZ V SUB DIRECTOR. Editorial