Autor: T. LEIVA UBILLA
“Las familias de acogida rompen una cadena generacional de eventos desafortunados”
“Las familias de acogida rompen una cadena generacional de eventos desafortunados” Cuando Lorena Valenzuela iba a ponerle la vacuna de los cuatro meses a su hijo el menor de cuatro, el doctor lo encontró muy pálido y sugirió hacerle exámenes: “Cuando me dijeron Oncología, Cuidados Paliativos, yo no podía entender que mi hijo se estaba muriendo”. El cáncer que padecía se curó, pero la realidad que vieron en el hospital marcó un antes y un después en la familia de Lorena. Ahí vieron de cerca a guaguas que eran abandonadas en los centros médicos y que en sus primeros días de vida nadie se preocupaba por ellas de manera individual. La ley dice que los menores de tres años que ingresan al sistema de protección deben estar siempre acogidos en modalidad familiar, pero según Lorena, “el sistema no da abasto”. Las cifras coinciden.
Según el último informe del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia (institución del Estado dedicada a proteger los derechos de niños, niñas y adolescentes gravemente vulnerados) hay 2.552 menores de tres años en familias de acogida, y un total de 671 en residencias. Para Lorena y su m a r i d o, M i c h a e l Bunster, esos niños no son solo cifras, sino una misión. En su trabajo como pastor de Casa Luz, congregación cristiana, Michael y su esposa han difundido la importancia de los hogares de acogida y así han sumado a 31 nuevas familias de su comunidad. También ha habido tres adopciones. Ellos ya han recibido a tres niños, el primero por un mes y medio, la segunda por cuatro años y el tercero lleva tres años en la familia.
Lorena explica que cada experiencia ha sido diferente y les ha mostrado una nueva cara del proceso: “El primero nos hizo decir Queremos hacer esto siempre; la segunda, esto no lo hacemos nunca más y el tercero, lo queremos adoptar”. La primera vez que fueron familia de acogida fue con un bebé de cinco días de vida. Poco tiempo después del parto, cuando la asistenta social le mandó un video a la madre biológica, esta vio a su niño por primera vez. En las imágenes aparecían los cuatro hijos de Lorena hoy de 22,18, 12 y 10 años, ayudando a bañarlo. “Ella nos contaba que ver que nosotros, que no éramos nada de él, lo amábamos tanto movió algo en ella”, relata Lorena. Así fue como decidió volver por su hijo y mantener el contacto con la familia Bunster Valenzuela. “Todavía lo vemos y lo queremos mucho”, dice Michael. No pasaron ni dos semanas de esa experiencia cuando recibieron a una niña de un año y medio.
“Ella llegó hablando de todo y nosotros llamamos (al Servicio de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia): ¿ Seguros que tiene año y medio?”. Para ellos, la lección que les dejó esta experiencia fue entender la cruda realidad por la que estos niños pasan y lo “quebrados” que están. “El primer día que comimos todos juntos se puso a cantar Cumpleaños Feliz porque solo se sentaba a comer cuando había cumpleaños en la residencia.
Cuando la fuimos a ver (a la residencia, antes de recibirla) nos dimos cuenta de que le daban la comida y ella se sentaba en cualquier lado”. “Entrar voluntariamente al caos” La niña se quedó por cuatro años porque “era un caso difícil de adoptar”. Tampoco fue fácil para ellos. “Muchas veces nos llevó al límite como familia, pero supimos llevarlo”, cuenta Michael.
La pareja relata que tenía comportamientos que requerían de un hogar que no tuviera otros hijos, como problemas de regulación emocional que se traducían en golpes autoinflingidos, ataques de ira y comportamientos obsesivos, como comer de la basura. Es por esto que su proceso de adopción se ralentizó: se buscó una familia que le pudiera dar toda esa atención.
“Ser una familia de acogida tiene que ser una decisión familiar, todos tienen que estar de acuerdo porque si no, ayudas a un niño a costa de tus propios hijos (... ). Es decir: Voy a dejar esta vida tranquila que tengo y entrar voluntariamente al caos”, declara Lorena. La familia que adoptó a la niña decidió no mantener el vínculo con el matrimonio que la acogió.
“Esa es una decisión de los padres que adoptan y se respeta, pero yo sé que me la TFFORCSSEROLFROTCÉH encontraré algún día porque si ella se acordaba de toda su vida pasada cuando llegó, ¿cómo no se va a acordar de nosotros que estuvimos con ella cuatro años”, reflexiona Lorena.
Y añade que siempre la recuerdan: “Cuando algo te cuesta, tú más lo amas. (... ) Hace poco fuimos a Disney y cuando pasábamos por las princesas pensábamos en cómo reaccionaría”. A la niña le encantaba Moana.
Ranita llega a la casa Al niño que acogen hoy, todos en la familia lo llaman “Ranita”. Llegó de cuarenta días, cuando ellos aún eran la familia de acogida de la niña, por lo que para “Ranita” eran una solución provisoria. Desde el sistema buscaban a una familia con menos carga, pero fueron sus propios hijos quienes los convencieron de ser familia temporal de ambos. “Si podemos con cinco podemos con seis”, dijeron. Su madre era consumidora de pasta base.
La primera noche, “Ranita” lloró sin parar pero, “como un milagro”, relata Michael, dejó de llorar cuando llamaron a la asistenta social y le dijeron: “Nos lo quedamos, no busquen otra familia de acogida”. Hoy están haciendo los trámites para adoptarlo.
Michael explica que mantener una distancia con los niños es “complicado”: “Tú no les puedes decir que no te digan papá porque yo en mi casa me llamo así, papá”. Para Lorena ser familia de acogida vale la pena a pesar de las dificultades porque “rompe una cadena generacional de eventos desafortunados”. Y refiriéndose a la niña que acogieron por cuatro años, agrega: “Yo sé que por haber pasado por mi casa, ella no va a vivir lo que vivió su mamá”. Saben que no cambiarán toda la vida de esos niños, pero sí que les entregarán amor y cuidado en una edad clave. Su consejo para quienes están pensando en ser familia de acogida es tener claro que será difícil. “Esto hay que hacerlo por ellos (los niños), no por uno” y que un vínculo no reemplaza al otro, sino que se suma.
“Cuando ella (la niña que acogieron antes) me preguntaba si había nacido de mi guatita, yo le decía: No mi amor, tu tienes una mamá de la guatita, yo, que soy tu mamá que te está cuidando ahora, y tu mamá que va a llegar y te va cuidar toda la vida”. Te dicen que no hagas promesas, pero tú tienes que comprometer el corazón a fondo aquí, porque los niños necesitan estabilidad”, dice Michael Bunster. Yo sé que por haber pasado por mi casa, esa niña no va a vivir lo que vivió su mamá”, afirma Lorena Valenzuela. Autor: T. LEIVA UBILLA. Con el apoyo de sus hijos biológicos, la pareja está en proceso de adoptar al pequeño que cuidan hoy. “Ser una familia de acogida tiene que ser una decisión familiar, todos tienen que estar de acuerdo”, dicen. Ellos han motivado a otras 31 familias a seguir sus pasos.
Lorena Valenzuela y Michael Bunster han recibido a tres niños en su hogar: ‘‘Te dicen que no hagas promesas, pero tú tienes que comprometer el corazón a fondo aquí, porque los niños necesitan estabilidad”, dice Michael Bunster. ‘‘Yo sé que por haber pasado por mi casa, esa niña no va a vivir lo que vivió su mamá”, afirma Lorena Valenzuela. “Tú no les puedes decir que no te digan ‘papá’ porque yo en mi casa me llamo ‘papá’”, dice Michael Bunster. En la foto, junto a Lorena Valenzuela y al niño que cuidan hace tres años y al que cariñosamente llaman “Ranita”.