Autor: Marlene Bohle, escritora puertomontina
Columnas de Opinión: Paisajes humanos
Columnas de Opinión: Paisajes humanos ecir que Chile es un país solidario, es casi un lugar común, pero quienes habitamos esta delgada patria podemos refrendar esto cada vez que la desgracia nos azota. Ahora D mismo, en el curso de este verano ardieron bosques, cultivos, praderas y varios pueblos quedaron en escombros blandiendo al aire la orfandad, el dolor y la miseria. En las regiones de Ñuble y Biobío, el fuego se extendió rápidamente apoyado por el viento y el calor, propio de la estación estival. Los habitantes de laderas pudieron ver, con ojos exorbitados, cómo el infierno cruzó calles y calzadas y briznas encendidas alcanzaron las casas. En pocas horas, la televisión en vivo daba cuenta de extensas zonas convertidas en cenizas humeantes.
Si bien las zonas urbanas eran atendidas, quienes habitaban la ruralidad sólo eran auxiliados por los propios vecinos, atendiendo a la dificultad de despliegue de equipos por lugares donde apenas se podía vislumbrar la huella de un camino realizado a pulso. Con la luz de un nuevo día, el infierno se presentaba con las puertas abiertas. Cientos de viviendas completamente inservibles. Hombres, mujeres y niños en total desamparo. Algunas mujeres caminaban con el peso de la angustia sobre los hombros, apretando un hato de ropa o una herramienta a medio incinerar. Y, en medio de la conmoción, el listado de fallecidos crecía; entretanto se temía por aquellos que no estaban a la vista. Una de las mayores desdichas que puede acontecer a una familia de gente común es la pérdida de su techo. El espacio donde se guardan los recuerdos, el mate y la bombilla traídas desde Argentina por un abuelo a principios del 1900. Un juego de loza que no se ocupaba sino en ocasiones muy importantes. Las fotografías dañadas por el orín del tiempo, donde se hurgaba la mirada, buscando esos rasgos que parecen repetirse en los rostros de los más jóvenes. Sé de eso, porque también nuestra casa paterna se convirtió en pavesas, llevándose todas nuestras memorias; porque una casa es mucho más que esa armazón de maderos y clavos. La casa nos habita, de igual forma que nosotros la habitamos. Entonces, es cuando aquello de que Chile es un país solidario, se deja ver en su esplendor humano. Las rutas se colman de vehículos cargados de agua, carpas, comida, ropa y zapatos.
No pocos jóvenes van en busca de animales que han quedado a la deriva, perros y gatos con sus patitas laceradas por el fuego y pelos chamuscados, desorientados en mitad de un espacio que no reconocen.
Alguien llevó juegos inflables para que jugaran los niños, ¿hay mayor humanidad que pensar en cómo impedir que los niños carguen con más trauma que el de verse desprovistos de hogar, comida y escuela? Párrafo aparte merecen aquellos seres que estuvieron casi junto con el desatarse el infierno. Los queridos bomberos de Chile, aquellos hombres y mujeres que, impelidos por su inmenso compromiso con sus semejantes, dejan familias, trabajo y deberes personales, para ir en ayuda del que sufre. Notas generadas por los medios dejaron al descubierto, actitudes bellamente humanas. De muchas maneras, gran parte de los chilenos estamos o estuvimos contribuyendo. Que esta llama no se extinga jamás. Autor: Marlene Bohle, escritora puertomontina. C Columna