Autor: Por Oscar Contardo
Columnas de Opinión: Poeta chileno
Columnas de Opinión: Poeta chileno a conversación debió ocurrir el otoño de 2006, cuando la periodista Graciela "Totó" Romero me recibió en su departamento; mi objetivo era hacer memoria sobre los pesados decorados de la vida social chilena en dictadura. Durante la entrevista me relató una escena que retrata más que una época, una mentalidad.
Lucía Hiriart de Pinochet, quien en ese entonces ejercía con fanfarria el rol de primera dama, recibió a un grupo de periodistas mujeres de distintos medios, entre las que se encontraban la propia Romero y Patricia Verdugo, para contarles sus impresiones sobre los avances de la fundación que encabezaba. Aprovechando la oportunidad, Verdugo le preguntó a la señora del general Pinochet por su impresión sobre una noticia que acababa de salir en esos días. La noticia a la que se refería Verdugo era sobre niños que vagaban buscando comida en la basura, un artículo que seguramente había aparecido en la prensa opositora. Lucía Hiriart la escuchó y, sin mayor reflexión sobre el punto, respondió: "Mire, mijita, los niños, usted sabe, son busquetes, intrusos.
A mis nietos les gusta el pan añejo, así que no significa nada". Romero no logró fechar el año del diálogo: tal vez a fines de los 70, cuando Verdugo trabajaba en Ercilla, o tal vez a mediados de los 80, cuando Claudia Donoso publicó un artículo en APSI que describía un matadero de perros para fabricar embutidos en un sector de Santiago donde "la abundante población canina compite con sus dueños por el alimento", según describía la periodista.
Lo importante del asunto para estos efectos, sin embargo, no es el hambre que muchos compatriotas padecían durante una época que algunos suelen recordar con la nostalgia con la que se evoca un paraíso perdido, sino la manera en que una autoridad de facto del minuto, en este caso la señora Hiriart, enfrentaba la realidad de cara a los medios y a la opinión pública mencionando el fenómeno de los niños intrusos y "busquetes" para explicar otros más complejos y delicados, como la miseria.
Después de que "Totó" Romero recordó la escena se produjo entre ella y yo el silencio habitual que sigue a la invocación de un recuerdo a la vez trágico y cómico, aliñado con evidentes rasgos de crueldad.
Las palabras no necesariamente crean realidad -como porfiadamente un sector del gobierno anterior repetía-, pero a veces son usadas exitosamente con la intención de disolverla, evaporar los hechos y transmutarlos en generalizaciones de orden público que diluyen la posibilidad de un debate sobre el asunto planteado. El talento de usar el lenguaje como diluyente permite desviar las miradas de situaciones complejas o escandalosas si se tiene el poder necesario y se carece de los escrúpulos para hacerlo sin sonrojarse. No es que hubiera niños con hambre buscando alimento en la basura, es que los niños son intrusos por naturaleza. El actual gobierno tiende a usar la retórica del diluyente con asombrosa frecuencia, minimizando el efecto de sus anuncios y quitándoles el peso a las consecuencias que acarrearán. Esta semana los casos abundaron.
Frente a los ajustes de las becas de almuerzo de Junaeb, el Presidente José Antonio Kast dijo: "Puede ser que algún niño lleve un sándwich y decida ese día no almorzar. .. ¿Qué pasa con el alimento de ese niño? Se da más de lo que uno cree". Una vez más una anécdota fabricada -como el libro de 500 millones de hace unas semanasque es aliñada rápidamente por preguntas retóricas que se lanzan al aire: "¿ Cuántas colaciones más, cuánta alimentación más se podría dar en Junaeb si se hace bien?". El discurso saltó de un sándwich fantasma a la idea de que con menos recursos la alimentación mejoraría.
El Presidente Kast en lugar de brindar certeza y datos sobre el tema asumiendo la responsabilidad como la autoridad que es, le sugiere a la opinión publica un montón de dudas -cuántos almuerzos se pierden y qué ocurre con esos recursos-, como si su trabajo consistiera en enunciar acertijos que alguien más, que no es él ni sus ministros, debe resolver. Su oratoria no solo diluye la realidad, tiene la virtud casi poética de esquivar olímpicamente las responsabilidades que el cargo involucra.
En la misma línea, el ministro Jorge Quiroz justificó la disminución de recursos a los hospitales: "A veces uno con menos recursos hace más". Tal vez ese razonamiento tenga sentido en ámbitos como el diseño de vestuario o la decoración de interiores, donde en ocasiones menos es más, algo en lo que, por cierto, Lucía Hiriart hubiera estado en desacuerdo, pero en salud pública es muy difícil creer que hospitales que ya padecen necesidades, con menos recursos vayan a lograr una mejor atención. Sin embargo, el ministro Quiroz lo dijo sin explicar ni argumentar el punto con datos. El punto cúlmine del discurso disolvente de esta semana ocurrió durante una reunión del Presidente Kast con empresarios. En el encuentro, la autoridad aseguró que la promesa de campaña consistente en sacar del país a 300 mil extranjeros sin papeles de residencia que viven en Chile nunca fue literal. Dijo que la frase no había sido más que una figura literaria que él calificó de metáfora, aunque más bien se tratara de una hipérbole. Mirándolo de cerca y en estricto rigor, aquello que ofreció no era ni lo uno ni lo otro. Eso tiene otro nombre.
Llamarle metáfora a un compromiso fallido es mucho peor que una confusión de figuras literarias, es la constatación del escaso respeto que le tiene el presidente a su electorado -de manera implícita y tácitamente calificó a quienes le creyeron de poco inteligentesy de la escalofriante facilidad para desentenderse de las expectativas sembradas, los compromisos adquiridos y las consecuencias de sus decisiones.
La realidad para algunos es un material dúctil y moldeable si se cuenta con el poder suficiente para manipularla con palabras y con discursos que funcionen como cazabobos para atrapar la atención de los incautos, o como diluyentes para eludir responsabilidades. Autor: Por Oscar Contardo.