Educar para la paz en tiempos de oscuridad
Educar para la paz en tiempos de oscuridad Vivimos una paradoja inquietante. Mientras el desarrollo tecnológico fruto del conocimiento humano alcanza niveles inéditos en plena revolución digital, el mundo parece retroceder en su capacidad de convivir. La guerra, el sufrimiento de inocentes y la crisis climática configuran un escenario donde la incertidumbre ya no es excepción, sino un paisaje de barbarie normalizado. Ante este panorama, no basta con la indignación ni con declaraciones simbólicas que se diluyen en el ruido informativo. Existe un deber moral en quienes sostenemos una mirada humanista de proyectar un legado distinto hacia las nuevas generaciones. Ese legado comienza en la educación. No podemos naturalizar ni relativizar la violencia ni el dolor ajeno. Las guerras contemporáneas, justificadas bajo discursos estratégicos o intereses geopolíticos, terminan siendo pagadas por quienes no tienen voz. No hay justificación ética posible cuando la dignidad humana se reduce a daño colateral ni cuando el derecho internacional se vuelve laxo según la conveniencia del poder. Pero hay un fenómeno más sutil e inquietante. La violencia no solo se ejerce en los territorios en conflicto; también se reproduce simbólicamente en las sociedades. Desde la psicología de masas, Gustave Le Bon ya advertía cómo las emociones colectivas se amplifican en contextos de crisis. Hoy, ese efecto contagio se ve intensificado por algoritmos que premian la polarización y el conflicto. No es casual, entonces, que fenómenos como la violencia escolar -en Chile y en el mundoaparezcan como un síntoma de época. Lo que ocurre en las aulas no está desconectado del escenario global. Las palabras que amenazan con guerras, los discursos que normalizan la agresión y la lógica del enemigo terminan filtrándose en la vida cotidiana. La violencia, en este sentido, también se aprende, se replica y se legitima. En tiempos oscuros como estos, se vuelve inevitable recordar a quienes encarnaron la paz no como discurso, sino como práctica: Mahatma Gandhi, Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela.
También resuena el llamado del Papa Francisco a Por Diego Olivares Díaz Periodista, Magíster en Gestión y Liderazgo Educacional cuidar nuestra «casa común», junto a nuevas voces como Papa León XIV que insisten en reconstruir el diálogo como base de la paz. Este desafío no es solo político o espiritual: es educativo. La UNESCO ha sido clara: educar hoy implica formar personas con empatía, pensamiento crítico y responsabilidad con el planeta. Educar para la paz no es una opción: es una urgencia. La paz se cultiva. Y comienza en la educación..