Cambiar la historia para reconstruir el vínculo
Cambiar la historia para reconstruir el vínculo D aniela González fue madre por primera vez a los 17. Años después comenzó un proceso de reflexión que la llevó a reconocer heridas para reconstruir el vínculo con su hija mayor. Hoy comparte su experiencia con la esperanza de que su historia contribuya a comprender cómo las maternidades pueden resignificarse con el tiempo. ¿Cómo enfrentó su primera maternidad? “Hace 20 años gesté mi primera hija. Yo cursaba el colegio y provenía de una familia esforzada, donde la situación económica era compleja. Eso me posicionó en un lugar de mucha vulnerabilidad. Lidié con las miradas y juicios de muchas personas. La culpa era tan profunda que dificultó que pudiera vincularme con mi bebé como hubiera deseado. Luego vino el parto, una experiencia traumática en la que fui víctima de violencia obstétrica, producto de una medicalización excesiva. A mi hija la nacieron como diría la antropóloga Michelle Sadler. No se me permitió hacer trabajo de parto fisiológico y eso provocó en mí mucho dolor, miedo e inseguridad. Fue un parto muy violento. Cuando me entregaron a mi hija, mi cuerpo la rechazó. No podía tomarla en brazos y amamantarla fue un martirio. Esa bebé, sin entender nada, lloraba, y yo lloraba a su lado sin saber qué hacer. De nuevo apareció la culpa, que terminó desencadenando una depresión postparto: a los meses de mi bebé, pensé en el infanticidio y, posteriormente, en el suicidio. El padre de una amiga fue clave para que mi historia cambiara: me dio trabajo y mi hija pudo ingresar al jardín de la fábrica. Yo trabajaba tranquila sabiendo que ella estaba bien cuidada. Los meses pasaron y esa pequeña bebé tuvo que adaptarse a un contexto en el cual su madre no pudo estar disponible emocionalmente para ella.
Y hoy sabemos que los niños y niñas que pasan por esto pagan un costo muy alto en términos de salud mental”. ¿Cuándo comprendió que esas heridas habían impactado en ambas de forma negativa? “Durante su primera niñez, mi hija era perfecta. Obedecía con solo una mirada, jamás pedía que le compraran nada y se comía toda la comida sin alegar. Todos me felicitaban por criarla tan bien. Nadie sabía que detrás había una crianza basada en el miedo y la violencia. En mi cabeza, yo ya no podía cometer más errores, pues con ser madre adolescente ya era suficiente. A sus nueve años, mi hija comenzó a tener reacciones agresivas conmigo y mi forma violenta de cuidarla dejó de tener efecto. Me quedé sin herramientas. Un par de años después conocí a una matrona que hablaba de parto respetado y fisiología del parto, cosas muy hippies para mí en aquel entonces. Aún así, posteriormente, asistí a un encuentro de mujeres gestantes y puérperas sin estar yo en ninguno de esos estados.
Fue cuando empecé a entender lo que me había pasado y, como consecuencia, había afectado a mi hija también”. Su segundo hijo llegó en una etapa distinta. ¿De qué manera esa nueva maternidad permitió resignificar esta historia? “Mi segundo hijo nació en plena pandemia, luego de haber pasado por un largo camino de intentar comprender mi historia, de entender que la sociedad poco se cuestiona algo tan fundamental como la forma de nacer, y que nuestra tristeza y rabia no podían ser en vano. Así llegué a Parirnos Chile, corporación que lucha contra la violencia obstétrica. Todos los saberes adquiridos RAZALASOIGRES me permitieron tener un hijo que, a diferencia de mi primera bebé, fue gestado y parido a consciencia. Durante este segundo embarazo, e incluso el día del parto, tomé prestada esta experiencia para resignificar mi primera gestación. Empecé a hablarle a mi nueva pancita como si la que estuviera adentro hubiese sido mi hija Fran y no mi hijo Akira. Cuando llegó el momento de pujar, habían pujos en los que sentía que era ella, y en el siguiente que era él.
Suena loco, pero así fue”. ¿Cómo ha sido el proceso de reconocer errores, pedir perdón y reconstruir el vínculo con su hija mayor? “Ambas hemos tenido el privilegio de contar con apoyo psicológico y psiquiátrico para reconstruir nuestro vínculo, un lujo que la gran mayoría de mujeres no puede permitirse. Ha sido un proceso largo. Desde que comprendí la importancia de la forma de gestar y, sobre todo, la de nacer, le he pedido perdón por ser incapaz de cuidarla y protegerla como ella necesitaba. Este no es ni será un proceso lineal. No puedo solo decirle una frase y esperar que se borre el pasado. Es necesario volver atrás las veces que se requiera para permitir, de alguna forma, darle otro significado a lo vivido.
Y quizá pasemos el resto de nuestras vidas intentando que llegue el momento en el que ya no duela”. ¿Qué le gustaría que su primera hija sepa sobre el camino recorrido? “Según los expertos en salud mental, siempre se puede reparar, y si debo pasar mi vida intentándolo, que así sea. El solo hecho de insistir implica que juntas estamos cambiando. Si algún día decide ser madre, probablemente enfrentará la crianza con una mirada más consciente y reflexiva. Con eso me doy por pagada”.. Para muchas mujeres, especialmente quienes enfrentan un embarazo en la adolescencia, el vínculo con sus hijos e hijas puede estar atravesado por experiencias de violencia, miedo o soledad. RESIGNIFICAR LA MATERNIDAD: Daniela González es doula y activista por los derechos de las mujeres.