Autor: Raúl Fernández Vásquez, cronista rural
Columnas de Opinión: Un artesano de Ralimó costero
Columnas de Opinión: Un artesano de Ralimó costero n el tramo inicial de la Carretera Austral existe un rincón de playa -Ralimó costero-, que otrora fuera utilizado como puerto por los lugareños, lo que ya se ha indicado en cróniE cas anteriores. Al lugar llegó a vivir, en la década del 60, don Eduardo Bucarey Bucarey, junto a su esposa e hijos, cuando ya el puerto experimentaba sus últimos suspiros de vida, cargando antiguos recuerdos y vivencias. No había residentes en el lugar, solamente indicios de ocupación temporal y fortuita de ocupantes temporeros que se habrían dedicado a la extracción de pescados y mariscos. La presente crónica pretende relevar el oficio del hijo mayor de este matrimonio, Eduardo Bucarey Vargas, dedicado a la artesanía, específicamente a la confección de embarcaciones en madera. Cuenta que al llegar al sector, la familia se organizó para establecerse en un primer rancho básico que contara con los elementos para iniciar actividades de subsistencia.
Recuerda que aparejado al rancho existía una senda de huellas, que desde tiempos inmemoriales era utilizado para transitar a caballo, con carretas y birloches, por habitantes de la parte costera de Pichi Quillaipe y sitios aledaños.
Se trataba, habitualmente, de pasajeros que viajaban en la única micro que hacía recorridos desde Chamiza, quienes bajaban en el sector de Ralimó para continuar viaje por esa antigua senda rodeada de quilantos y deperdicios que acarreaban las mareas. Don Lalo, como se le conoce, cuenta haberse interesado desde muy joven en la construcción de botes y chalupones, para lo cual buscaba madera en los bosques cercanos.
Se dedicó también a la confección de muebles, para derivar finalmente a la artesanía en maderas, oficio que valora como fundamental en su existencia. "Continuaré con mis artesanías en maderas, y confeccionando botes y chalupones, y otras creaciones que me encargan", nos dice.
Manifiesta haber moldeado y matizado su trabajo con la vida de mar, mientras su memoria viaja por otro tiempo, haciendo aflorar recuerdos: el borde costero matizado de diversos productos; el paso de carretas y birloches por la senda que orillaba su rancho; la instalación de casitas de nailon de los pelilleros que ocuparon las playas de Piedra Azul; la instalación de la bodega y sala de reuniones de los pequeños agricultores del sector, el funcionamiento de la primera escuela de niñas, entre otros. Valora su vida en el lugar que habita, junto a su familia. El paso de los años, dice, acrecienta su cariño hacia su territorio, su vieja casa y su taller de maderas. Agradece el trabajo de voluntarios que transformaron un lugar olvidado en una hermosa plazoleta, a la cual contribuyó, obsequiando algunas de sus creaciones. Un artesano, como muchos otros del territorio, digno de conocer y valorar. Autor: Raúl Fernández Vásquez, cronista rural. C Columna