Columnas de Opinión: Seguir teniendo razones
Columnas de Opinión: Seguir teniendo razones COLUMNA Hay algo que suele ocurrir algunas semanas después del inicio de clases y que rara vez aparece en los programas o en los calendarios académicos.
Después de las primeras presentaciones, después del entusiasmo inicial, después de esa energía propia de quien recién comienza una etapa, aparece un momento menos visible: el instante en que cada estudiante empieza a medir en silencio cuánto pesa realmente la elección que hizo. Al comienzo del semestre, muchos hablan con convicción. Explican por qué eligieron esa carrera, qué los motivó, qué esperan construir allí. Algunos lo dicen con claridad admirable. Otros todavía buscan palabras, como si intentaran nombrar algo que sienten con más fuerza de la que logran explicar. Pero con el paso de las semanas el lenguaje cambia. Aparecen las primeras evaluaciones, el cansancio, los trayectos largos, las obligaciones familiares, el trabajo paralelo, la falta de sueño y la sensación de que el tiempo nunca alcanza del todo. Entonces aquella decisión inicial, que parecía tan clara, comienza a enfrentarse con una pregunta más difícil: cómo seguir sosteniéndola cuando ya no basta el entusiasmo. Ese momento tiene una densidad particular porque obliga a descubrir que elegir no significa confirmar todos los días la misma certeza. Hay jornadas en que estudiar parece perfectamente coherente con la vida que uno imaginó. Pero también hay otras en que todo parece más pesado, más incierto e incluso más vulnerable a la comparación con otros caminos posibles.
Kênio Estrela Escuela de Filosofía, Universidad Finis Terrae Tal vez por eso conviene mirar con más atención ese tramo menos visible de la experiencia universitaria, el momento en que alguien no necesariamente deja de creer en lo que eligió, pero necesita volver a encontrar razones para permanecer. Porque permanecer también exige inteligencia interior. No se trata simplemente de resistir por inercia ni de seguir por miedo a cambiar. Se trata de algo más delicado: aprender a distinguir entre una dificultad pasajera y una renuncia prematura, entre el cansancio normal de todo proceso serio y la tentación de pensar que toda incomodidad significa error. A veces, justamente cuando una elección comienza a costar, empieza también a volverse más real. No porque desaparezcan las dudas, sino porque aparece una comprensión más madura de lo que significa comprometerse con algo en el tiempo. Quizá por eso una formación verdadera no consiste solo en adquirir conocimientos, sino también en aprender a sostener decisiones sin exigir que cada día confirme emocionalmente aquello que un día pareció evidente. Seguir teniendo razones, incluso en jornadas opacas, quizá sea una de las formas más discretas de madurez. Porque hay decisiones que no se prueban en el momento en que se toman, sino en la manera en que logran atravesar el desgaste sin perder del todo su sentido. Porque al final no toda elección madura en certezas. Muchas veces madura, simplemente, en la capacidad de seguir diciendo con honestidad por qué todavía vale la pena estar allí..