EDITORIAL: La persistente violencia escolar
EDITORIAL: La persistente violencia escolar Hay un tipo de violencia que no llega en forma de bala ni de bomba, pero que destruye igual.
Es la violencia que estalla en los pasillos de un colegio, en el patio durante el recreo, en la salida donde un grupo de adolescentes espera a otro con los puños apretados y el odio encendido. Es la violencia que se filma con el celular y se sube a las redes sociales como si fuera entretenimiento. Esa violencia es hoy una de las emergencias más urgentes que enfrenta el sistema educativo chileno. Según el último informe de convivencia escolar del Ministerio de Educación, más del 40% de los establecimientos del país ha registrado al menos un episodio grave de agresión física entre estudiantes durante el año escolar. Las peleas masivas, las amenazas con armas blancas y las agresiones filmadas para viralizar han dejado de ser excepciones para convertirse en una preocupante normalidad. En nuestra Región del Biobío, el caso más reciente fue una riña de alumnos en el Liceo La Asunción, de Talcahuano, que terminó con varios lesionados y 17 detenidos. En Concepción, Los Angeles, Coronel, Talcahuano y otras comunas de la región, los directores de colegios llevan años alertando sobre un deterioro que avanza sin freno. Colegios de alta vulnerabilidad social enfrentan situaciones que van desde riñas espontáneas hasta enfrentamientos planificados entre grupos organizados de jóvenes que trasladan al espacio escolar los conflictos territoriales del barrio. Los profesores, muchos de ellos sin formación específica para manejar crisis de convivencia, quedan atrapados entre la obligación de mantener el orden y el riesgo real de resultar heridos si intervienen.
No es casual que nuestra región concentre parte importante de los casos críticos, porque arrastra décadas de desigualdad estructural, con bolsones de pobreza severa, altas tasas de hacinamiento habitacional, presencia de narcotráfico en sectores periféricos y una red de salud mental escolar insuficiente para la magnitud del problema. Los niños y adolescentes que crecen en esos entornos llegan a las aulas cargando traumas que el sistema no siempre sabe abordar. La escuela se convierte así en el escenario donde estallan tensiones que nacen mucho antes de la jornada escolar. La respuesta del Estado ha sido, en el mejor de los casos, tardía. Los programas de convivencia escolar existen en el papel, pero su aplicación real en los establecimientos de mayor riesgo es fragmentaria. Las duplas psicosociales-psicólogos y trabajadores sociales asignados a los colegios-son insuficientes en número y sobrepasadas en demanda. Los protocolos de actuación ante situaciones de violencia grave suelen ser a veces desconocidos por el personal docente. Y las sanciones, cuando llegan, priorizan la expulsión del estudiante agresor, una medida que descomprime momentáneamente el conflicto en el establecimiento, pero no resuelve nada de fondo y suele agravar la trayectoria del expulsado. Chile necesita una política de convivencia escolar que sea real, financiada y evaluada.
Eso significa más profesionales de salud mental en las escuelas, formación continua para los docentes en resolución de conflictos, trabajo territorial con las familias y coordinación efectiva entre el Ministerio de Educación, el Ministerio del Interior y los municipios. Significa también escuchar a los estudiantes, que en su mayoría no quieren vivir en colegios donde impera el miedo, sino en espacios donde puedan aprender y crecer con dignidad. Las aulas deben ser territorios de aprendizaje y diálogo, una obligación del Estado y una condición mínima para que la educación cumpla su función. Cada riña que se normaliza, cada golpe que se filma y cada niño que aprende que la fuerza es la única respuesta posible, es un fracaso colectivo que pagaremos durante décadas. La Región del Biobío lo sabe. Es hora de que la respuesta esté a la altura del problema. En nuestra Región, el caso más reciente fue una riña de alumnos en el Liceo La Asunción, de Talcahuano. Los directores de colegios llevan años alertando sobre un creciente deterioro de la convivencia..