“Cuando quieras reaccionar, puede ser demasiado tarde”
“Cuando quieras reaccionar, puede ser demasiado tarde” ORETERRACOHCANAZELITNEG En 2015, un periodista gallego publicó un libro que terminó secuestrado.
Se llamaba Fariña (harina, en gallego) y ordenaba en un solo relato algo que en Galicia se sabía desde hacía décadas: cómo las rías y la costa se habían convertido en la gran puerta de entrada de la cocaína a Europa. Un exalcalde aludido en tres líneas lo demandó por injurias. Una jueza ordenó retirar el libro del mercado, incluso en formato digital.
El efecto fue el contrario: las ventas se dispararon, la historia saltó a serie de televisión en Antena 3 y Netflix, fue adaptada al teatro y a novela gráfica, y se tradujo a más de siete idiomas.
El periodista, que ahora aparece de barba y polera en la sesión de Zoom desde su departamento en Madrid, es Nacho Carretero (45). Nacido en La Coruña en 1981, Carretero ha escrito sobre guerras, epidemias y terrorismo, pero el narcotráfico terminó siendo una de sus grandes zonas de trabajo. Hoy es reportero de El País, colaborador de la Cadena SER y codirige con Arturo Lezcano la productora Ailalelo. Su último gran proyecto es “Marbella”, una serie de Movistar+ nacida de una investigación periodística sobre cómo la Costa del Sol se convirtió en centro de operaciones del crimen organizado en Europa. La segunda temporada, “Marbella.
Expediente Judicial”, estrenada en enero de 2026, se interna en un problema que en Chile suena cada vez menos ajeno: fiscalías sobrecargadas, policías insuficientes y sistemas judiciales que enfrentan bandas sofisticadas con preparación y herramientas pensadas para otra época.
Lo que ha visto en España, dice, es una advertencia para Chile: el problema de fondo no está en la noticia diaria, explica, ni en el hecho violento o del inmigrante detenido, sino en lo que ocurre antes y debajo: el dinero que se lava, la institución que se corrompe, la justicia que se satura. Ha seguido durante años cómo el crimen organizado se instaló en España.
En Chile está pasando algo parecido: dejó de ser solo un lugar de tránsito y empezó a ser un país donde las bandas se establecen. ¿En qué momento un fenómeno así deja de parecer una suma de casos policiales aislados y pasa a convertirse en algo instalado? Es una pregunta compleja porque no hay hitos concretos que permitan decir “a partir de ahora el narcotráfico es un fenómeno instalado”. En Galicia y Andalucía existía una cultura del contrabando normalizada durante muchas generaciones. Contrabando de todo tipo de mercancías: alimentos, medicinas, gasolina, durante los años 40 y 50, donde España era un país extremadamente pobre. Cuando España se va desarrollando, el contrabando pasa a buscar ya no la necesidad sino el negocio.
Empieza el tabaco, que florece de una manera tremenda durante los años 60 y 70, y acaban convirtiéndose en organizaciones que alcanzan un enorme poder, no solo económico, sino también social, con figuras respetadas, que ayudan a su pueblo, a su comunidad, y que también tienen influencia política, cuando no directamente son políticos también, alcaldes de pueblos. O sea, antes de la droga ya había un aprendizaje social del negocio ilegal. Y eso es lo que permite que el salto al narcotráfico no sea nada traumático. Algunas de esas familias, algunas de esas redes, se dan cuenta de que la cocaína y el hachís son productos más rentables que el tabaco.
Entran en conexión con los cárteles colombianos para la cocaína en los años 80 y con Marruecos para el hachís, que en el punto más cercano está a 14 kilómetros, es casi una extensión, y es el primer productor mundial de hachís. El negocio empieza a crecer y su rentabilidad no tiene parangón. De una plantación se convierte en un producto que mezclado en un porcentaje muy pequeñito alcanza un valor brutal. El margen de beneficio es estremebundo. Es normal que mucha gente se sienta atraída. Y es un negocio que no crece al calor del mercado legal, sino en la clandestinidad, como un contrapoder. Cuando ocurre eso, sus tentáculos empiezan a infectar el resto de la vida normal de un país. ¿Y cuándo cambia eso? Esto empezó a cambiar hace unos diez, quince años. Las organizaciones matrices se instalan en España hasta convertirla en una especie de polo. Un policía me decía: si tienes que hacer negocios de cocaína en Europa, tienes que venir a España.
Se convierten en lo más aproximado a una mafia: ya no solo trafican, invierten dinero para montar empresas, interfieren en la economía, en el precio de la vivienda, en instituciones, en política, y aumenta la violencia exponencialmente. Sin convertir a España en un país inseguro, pero habituándonos a episodios que antes eran extraordinarios: disparos contra la policía, ajustes de cuentas constantes. Eso era impensable hace quince años. En Chile muchas veces la conversación se queda en la balacera, el secuestro o el sicariato. Se habla menos de esa capa más silenciosa de lo que es realmente el crimen organizado: el dinero que entra, el lavado, bandas establecidas que operan. Es que es un problema más complejo de ver. Y los problemas complejos son más difíciles de rentabilizar políticamente.
Cuando yo me refiero a ese monstruo, me refiero a un problema que va más allá de la inseguridad: a que un negocio ilegal adquiera un volumen que interfiera en la economía del país y en las instituciones, que haga aumentar la corrupción policial y judicial. Y aunque no nos afecte directamente, tenemos que convivir con la violencia. Y a nadie le hace gracia convivir con gente que aparece muerta todas las semanas. ¿Las instituciones españolas han reaccionado a ese problema menos evidente? Sí han levantado la voz. Tanto el Poder Judicial como la propia policía, que no se cansa de quejarse de que necesitan más medios, más tecnología y mejores dotaciones. Ahora claramente se cristaliza un problema endémico, donde las instituciones están pidiendo ayuda, donde la sociedad ya lo percibe como un continuo, y donde no hay una respuesta política suficiente. Estamos dejando crecer al monstruo porque ningún partido tiene en su agenda el crimen organizado como un problema prioritario.
Ese es el gran desafío de España en la próxima década: comprender que el crimen organizado es un monstruo que está creciendo y que, como no lo paremos, nos puede devorar. ¿Por qué cree que no es prioridad si las señales son tan claras? Porque no se genera una sensación generalizada de inseguridad. A un señor de Badajoz o de Valladolid o de Santander, el crimen organizado no le afecta en nada. Los políticos reaccionan según lo demande la población. En España, el principal foco político para generar un relato eficaz tiene que ver con la inmigración, como en toda Europa. La inseguridad, los problemas de convivencia, siempre se asocian a la inmigración. Ahí está el debate. El crimen organizado parece haber conseguido esquivar eso. Si le preguntas a un ciudadano al azar de dónde viene el problema de la inseguridad en España, te va a decir de la inmigración. Pero no se refiere a narcotraficantes, a criminales organizados que vienen de fuera. Se refiere al inmigrante común, al inmigrante que vive en los barrios. ¿España se siente inmune a que eso escale todavía más? En Bélgica mataron a un periodista, a un abogado, de un disparo. En Suecia hay problemas y atentados con bombas. Estamos hablando de países sobre el papel más desarrollados que España.
Aquí parece como que nos creemos un poco inmunes, y la realidad es que si el narco sigue creciendo, ¿por qué no? Vamos a llegar a un momento en que puedan amenazar a un periodista, incluso matarlo, a un abogado, a un juez, a un policía? ¿ Dónde ve hoy el punto más crítico? Los principales problemas son tal vez los menos llamativos para la crónica periodística. Si miras Málaga, que es un punto neurálgico del crimen organizado en España, nos damos cuenta de que los juzgados están colapsados. Uno de los grandes problemas no es la incapacidad de los fiscales ni de los jueces, ni siquiera que tengamos leyes blandas, que es otra percepción falsa.
Es que hay tal colapso en la justicia que los procesos se acaban demorando, se acaban perdiendo, y los abogados penalistas especializados en esto saben encontrar las grietas de un sistema saturado, y por ahí se cuelan muchos criminales. La policía necesita más gente, mejores salarios, sobre todo más tecnología. Pero reclamos como aliviar los juzgados o dotar de más tecnología a la policía son cosas que la gente no tiene conciencia de que se necesitan.
Si Chile tiene un problema en la justicia, si tiene un problema de precariedad policial y tiene un problema de percepción del fenómeno como algo que no le puede afectar, le va a ocurrir lo mismo. Chile durante mucho tiempo se pensó como una excepción regional.
Hoy esa idea parece resquebrajarse. ¿Qué tan peligroso es esperar a que el crimen organizado produzca una sensación generalizada de inseguridad antes de reaccionar? Chile, si mira hacia arriba, se puede encontrar a Ecuador, NACHO CARRETERO Y EL CRIMEN ORGANIZADO: que era un país que hace veinte años no tenía apenas problemas de crimen organizado y ahora mismo tiene un problema gravísimo. Es verdad que Chile es un Estado más fuerte, tiene más recursos a priori, pero cuando tienes en tu territorio organizaciones poderosas, pueden desafiar fácilmente al Estado o a parte del Estado. Sin ir más lejos, la obviedad de México o de Colombia: estamos hablando de estados muy poderosos. Se necesita sentido de Estado para adelantarse y empezar a invertir y poner soluciones a algo que es un problema aunque la población no lo entienda como tal. Esa es la lección que deja el caso español: cuando quieras reaccionar, puede ser demasiado tarde.
Sus investigaciones han terminado convertidas en series. ¿Cómo maneja el riesgo de que se consuman solo como entretenimiento? Yo parto de la base de que una serie de ficción es eso, una serie de ficción, y el propósito y la premisa es entretener. En las series en las que yo me involucro intento que tengan un valor añadido: si además de entretener podemos poner luz en un problema real que nos interpela como sociedad, va a sumar. Pero no es el cometido de la serie, y lo digo como periodista. Yo escribí Fariña y con el libro sí tenía un objetivo periodístico: poner luz sobre un fenómeno que ocurría en Galicia, de donde yo soy. Después se hace la serie, que tenía otro objetivo: hacer algo entretenido. Lo que pasa es que al estar basada en la investigación, a mucha gente le abría los ojos. Con Marbella hicimos una investigación para El País con mi socio Arturo Lezcano y muy rápidamente Movistar+ nos dijo: queremos hacer una serie de esto. Fue muy orgánico, muy rápido. Hay una crítica clásica: que las series terminan romantizando al narcotraficante. No hay nada de malo en decir que la vida de un narcotraficante puede resultar fascinante. Son vidas de películas, vidas novelescas extraordinarias. Al ser humano le interesa eso. Eso no significa que lo justifiquemos ni siquiera que nos guste, simplemente nos fascina. Entiendo la crítica, nos pasa en Fariña, también en Marbella, pero una serie de ficción no tiene la responsabilidad de responder por una realidad. Es una serie de ficción que está basada en algo verdadero, sí, pero su propósito es entretener y ser verosímil, no ser real, que es distinto. Para quien se vea afectado, como víctima, la respuesta de “esto es ficción” puede resultar insuficiente o fría. La búsqueda del equilibrio es la respuesta.
Y creo que cada vez se hace mejor, porque el espectador es cada vez más maduro y pide más contexto. ¿Cómo se convive con esa doble función? Con el periodismo hay una intención y con la ficción hay una consecuencia. La intención del periodismo de hacer ver un problema que empuje a soluciones, eso es el periodismo desde el principio de los tiempos. Con la serie basada en una realidad, la intención es hacer una serie que sea buena. Al ejecutivo de la cadena le da igual si el juzgado va a conseguir aliviar algo gracias a la serie. Pero puede que las consecuencias sean beneficiosas, porque la serie expande más ese mensaje. Me acuerdo que en Fariña les decía a los guionistas: “Pero es que esto no fue así”. Y ellos me explicaban: “Ya, pero tenemos que transformarlo”. Es un aprendizaje.
Tengo tics periodísticos, tengo al apóstol de la verdad ahí detrás todo el rato, pero te vas quitando las gafas de periodista: si hago periodismo, hago periodismo; si hago ficción, voy a intentar que esa ficción tenga el valor añadido de basarse en mi verdad, pero es ficción. Sin embargo, esta discusión también se ha dado en otros mundos, como la música urbana, que también han tenido que salir a explicar que esto es entretención, no una invitación a delinquir. Pero hay consecuencias. No hay intenciones, pero hay consecuencias, y en el análisis de esas consecuencias es donde está el equilibrio. No puedo cercenar mi creatividad y tengo derecho a expresar lo que quiera desde la ficción y desde el arte, pero también es un signo de madurez saber que hay consecuencias. La fiscal jefe antidroga en España me decía: “Es que los ponéis muy guays, muy guapos, con coches, con ropas”. Y yo le decía: pues es verdad, acepto esa crítica. A ella le preocupa porque hay consecuencias, a lo mejor no somos conscientes, pero las hay. De todas formas, soy muy escéptico con el efecto real. Creo que hay mucha intención de imitación que en la mayoría de los casos no pasa de lo estético. Lo que determina que un chaval acabe narcotraficante o criminal es el entorno social en el que hayas nacido, dónde te metas y de quién te rodees. No por una serie o una canción. Por una serie o una canción se hace el tonto, pero no se hace el mal.
“Estamos dejando crecer al monstruo porque ningún partido tiene en su agenda el crimen organizado como un problema prioritario”.. Periodista español, autor de Fariña, el bestseller sobre narcos gallegos que saltó también a Netflix, ha seguido durante años la transformación del narcotráfico en una amenaza que ya no se juega solo en la calle, sino también en la economía, la política y la justicia de su país. Ahora, con la segunda temporada de su serie Marbella, centrada en fiscalías saturadas y sistemas judiciales bajo presión, advierte cómo Chile aún está a tiempo de no recorrer el mismo camino.
POR ARTURO GALARCE “Estamos dejando crecer al monstruo porque ningún partido tiene en su agenda el crimen organizado como un problema prioritario”. El último gran gran proyecto de Carretero es “Marbella”, una serie nacida de una investigación periodística sobre cómo la Costa del Sol se convirtió en centro de operaciones del crimen organizado en Europa.