Autor: POR ESTELA CABEZAS
MI PAPÁ, Augusto Góngora
MI PAPÁ, Augusto Góngora Han pasado dos años desde que se murió mi papá y no hay un día que no piense en él, en qué me habría dicho ante tal situación o qué habría hecho. Hace dos semanas celebramos su cumpleaños: habría cumplido 74 años. En esta fecha siempre nos juntamos la familia y los amigos más cercanos. Almorzamos en su casa en la comunidad donde él vivía con la Paulina (Urrutia). Ahí hay un arbolito plantado en su honor. Hubo mucha conversación, que es lo que a él le gustaba. Son días fuertes, eso sí, como la conmemoración de su muerte, que es en mayo, y todos lo vivimos de manera distinta. A mí me sirve mucho estar en ese lugar con esas personas. Y me gusta que vayan los amigos de mi papá y nos riamos de cualquier cosa. Y que alguien se acuerde de algo muy profundo y al minuto siguiente alguien cuente un chiste tonto y terminemos todos muertos de la risa. Siento que mi papá estaría tan atento y tan feliz de que ocurriera esa reunión ahí con esas personas, que se tome vino, se coma rico y que se hable harto. Esto es parte de lo que nos dejó para aprender a estar sin él. Porque al final la muerte es eso: un proceso de tratar de aprender a vivir sin una persona, o con ella de otra manera. Lo que más echo de menos es conversar con mi papá. Y traté de hacerlo mucho.
Cuando salió el primer artículo contando que él tenía alzhéimer fue súper duro, porque la enfermedad ya estaba declarada y yo ya tenía esa sensación de que todo lo que hacía tenía que aprovecharlo muy bien, sobre todo las conversaciones. Sabía que tenía que empezar a hacer esas preguntas que no había hecho, aún si respuesta no iba a ser todo lo completa que podría haber sido antes. Y así fue por un rato, hasta que llegó la pandemia y lo vi muy poco. Me bajó un terror de contagiarlo casi irracional. Cuando entramos a la pandemia su enfermedad estaba avanzada, pero él todavía era muy social. Lo que retrasó el proceso del alzhéimer es que estaba muy activo, muy participativo. Iba con la Pauli para todos lados. Si ella tenía ensayos, él iba también; si ella tenía una entrevista, él la acompañaba. Pero al llegar la pandemia dejó de ver gente, independiente de que la Pauli estaba ahí 24/7, súper atenta a él y sus necesidades, pero no había más. Y eso lo fue apagando. Mucha gente me pregunta cuándo fue el momento terrible, cuando te pega así de golpe.
Para mí el mazazo fue saber que él estaba enfermo, lo que al comienzo para muchos era imperceptible, pero yo me puse a unir cabos, a recordar momentos y dije “pucha, sí”. El otro golpe pasó un tiempo después. Nos entraron a robar a la casa en Algarrobo, una cabañita donde toda la vida hemos pasado las vacaciones. Andaba con mis hijos y mi familia y cuando volvimos, la casa estaba patas para arriba, nuestras cosas tiradas. Uno siente algo bien extraño, más allá de las cosas materiales, porque ese era nuestro lugar feliz, tranquilo y seguro, y en ese momento dejó de serlo. Yo no sabía qué hacer, el sentimiento de vulnerabilidad era terrible. Mi primer acto reflejo fue agarrar el teléfono para llamar a mi papá.
Yo soy una hija bien apegada y mi papá siempre tuvo el poder de calmarme, de darme seguridad, de ayudarme a ver las cosas desde otro punto de vista, entonces era obvio que lo tenía que llamar. Pero en el segundo en que iba a marcar dije “no, ¿para qué?”. La sensación de orfandad fue total. Cuando realmente entendí que las cosas eran así, me di cuenta que lo único que importaba era que esa persona a la que amas tanto estuviera bien y no tuviera una crisis de angustia. Para mí eso era más importante que el que no se acordara de quién era. Hubo momentos en que me tocó verlo así y fue difícil. En la película La memoria infinita aparece una noche en que él está con la angustia de no entender. Y se ve y se siente lo tremendo que es. En alguna etapa de la enfermedad la música fue relevante, con ella volvía a un estado más tranquilo porque se quedaba pegado con la melodía o con algún recuerdo seguro que llegaba por ahí.
Teníamos una rutina de darle comida y los remedios y dejarlo listo para que se durmiera, hasta que la música dejó de funcionar, y a veces no estaba tan tranquilo, entonces empecé a hacer lo mismo que él hacía conmigo cuando yo era niña y no quería dormir: contar historias. No leer un libro, sino que contar historias con 70% verdad y 30% agregado. Todas las historias de nuestras vacaciones, cuando agarrábamos el auto y nos íbamos él, mi hermano y yo siempre a un lugar distinto, se las conté. Eran historias muy entretenidas, que además tenían banda sonora, porque en cada viaje que hacíamos, él llevaba un casete para todo el viaje. Entonces Maitencillo era con el disco “Corazones”; Villarrica, con el de Los Beatles; Tongoy, Mecano. Y escuchando se quedaba tranquilo y se dormía. El alzhéimer es difícil y una de las cosas que aprendí de esta enfermedad es que cuando uno cree que entendió algo, todo cambia. Y cuando aprendiste a contarle historias ya no funciona y hay que partir de cero de nuevo. Es un camino largo y difícil. Supongo además que cada caso es distinto y que tiene mucho que ver también con las condiciones estructurales, familiares, emocionales, económicas. Y acá fue fundamental la Paulina: ella era la primera línea, la que se llevó el 24/7. Todos los demás, con todo nuestro amor y cariño, éramos suplementos. Ella se daba cuenta primero de los cambios y nos alertaba. Mi necesidad era estar mucho con él, abrazarlo todo lo que se pudiera. E incluso en los momentos más difíciles y más avanzados, tocarlo, sentir su piel, sabiendo que inevitablemente eso ya no iba a estar y era inminente. Me pasó, por ejemplo, que al final, cuando ya dejó de hablar, yo necesitaba tanto escuchar su voz que ponía sus videos de sus programas en YouTube. Y sentía y sabía lo afortunada que era porque ¿ quién puede hacer eso? A mí nunca me dio rabia su enfermedad, eso de rebelarse con algo, con alguien. Me dio mucha pena, impotencia, pero más que nada lo que yo quería es que no se sintiera solo, que no se sintiera ni física ni emocionalmente mal.
Lo hablamos varias veces con mi hermano: que nunca le falte nada emocional o económico, que siempre haya alguien para darle la comida y los remedios, arroparlo, hacer cosas que los hijos no están preparados para hacer con sus papás. El mundo estaba al revés y uno no piensa en eso hasta que está en esa situación. Y menos con una persona tan activa, tan convocante, tan creativa, tan preocupada de eso, de sus amigos, de conversar. Todo esto lo fui pensando de a poco, porque esta es una enfermedad de la que ahora se habla un poco más, pero antes no se hablaba nada. Creo que mi papá aportó a eso y creo que lo hizo conscientemente.
Fue de las últimas decisiones fundamentales, importantes, que tomó en su vida: no esconderse, mostrarse, no sentirse mal, ni avergonzado por lo que estaba viviendo, hacerse acompañar, hacerse sentir querido y poner un tema de conversación en la mesa, de algo que no se hablaba.
Es ridículo que no se aborde porque puede ser esta enfermedad, puede ser otra demencia, puede ser otra enfermedad, pero este es el mundo en el que vivimos ahora, son los temas con los que tenemos que convivir. Son lo que compete a las relaciones y dinámicas familiares. Sobre todo en un mundo que está envejeciendo de esta manera.
Cuando salió la entrevista donde él y la Paulina contaron lo que estaban viviendo, la gente me empezó a preguntar, muy cariñosamente, claro, y todos te daban apoyo, nadie decía nada más, excepto un amigo muy querido que tuvo a su papá con la misma enfermedad. Él fue el único que me habló con claridad: “pucha, qué lata lo que te está pasando, pero te quiero decir algo, esta enfermedad es una mierda. Y si hay una cosa que te puedo decir es que la AROGNÓGAREIVAKAZELITNEG conversación que tengas hoy con tu papá no va a ocurrir en seis meses más.
Ahí va a ser otra conversación, y después en dos años más no sabemos si va a haber conversación”. Y yo quedé muy impactada y frágil, pero le agradezco tanto que me lo haya dicho, son esas personas que te zamarrean para que te despiertes. Y yo he hecho lo mismo, con mucho respeto, en mi estilo, harta gente que se me ha acercado, amigos, que están pasando procesos parecidos trato de decirles eso. En el fondo, tienes que estar, tienes que aprovechar, tienes que hablar, tienes que tocar. Eso es lo importante, en eso hay que concentrarse, no pasarse tanto rollo con lo que viene, prepararse obviamente, pero estar más atentos al presente, el ahora. Cuando se murió yo pensé que iba a estar más preparada, pero no fue así. Él ya estaba en un periodo malo, venía muy mal, físicamente ya muy deteriorado, ya no hablaba ni comía, pero yo estaba un poquito en negación. Ese día fue viernes y fui muy temprano a verlo porque estaba muy mal, entonces quería estar con él. Pero yo no sentía que se iba a morir, solo sentía que necesitaba estar con él. Estar, estar, estar. Darle la mano. Esa era la relación que podía tener con él.
Estuve en la mañana con él y tenía que ir a buscar a mi hijo al colegio y cuando estaba saliendo, le digo a la cuidadora: “oiga, ¿usted cree que mi papá se va a mejorar?”. Y mientras decía esas palabras, me cayó la teja. Ella no respondió nada, solamente me quedó mirando.
Yo me subí al auto con la nube en la cabeza y a lo único que atiné fue a llamar a mi hermano que estaba en el sur y le dije “ya entendí”, “¿qué entendiste?”, “ya entendí lo que va a pasar, vente ahora”. Le corté y llamé a mi mamá, “ya entendí”, le dije. Fui a buscar a León y cuando íbamos de vuelta del colegio, caminando de la mano, en la esquina de la casa me llamaron.
Estábamos abajo de un arbolito de florecitas amarillas, y era la Ale, mi nana, y me dice “Javi, vente, tu papito se acaba de ir”. Le corté, me senté en el suelo y comencé a buscar las palabras más adecuadas. “Vamos a ir a la casa del Augusto, porque Augusto ya no está”, le dije a mi hijo. En la casa estaba todo raro, la Paulina tenía función ese día y quería ir.
Yo le dije “¿ por qué mejor no avisas?”, “no, o sea, ninguna posibilidad, esto es un deber, no es por mí que esta cuestión va a parar”. Rápidamente entendí que no iba a ser yo la persona que la iba a convencer. En eso llegó su grupo de amigos más cercanos, que en todo esto fueron un bloque, un soporte emocional, fueron los que estuvieron en las buenas y en las malas.
Ahí ella dijo que no iba a ir y empezó todo lo demás, el señor del Hogar de Cristo que llega con un iPad para que elijas el cajón, y que dónde está el carnet de identidad. ¡Cresta, el carnet de identidad! ¡Y el cheque, ¿quién va a dejar el cheque?! Y la gente que empieza a llamar, amigos de los canales diciéndote “perdón, esta es la peor cosa que estoy haciendo en mi vida, pero necesito confirmar”. Y yo pensando “chuta, es que todavía no llamo a mi prima para que le diga a su mamá”. Fue un momento raro. En estos dos años en que no ha estado, pasaron cosas fuertes.
Primero fue el estreno de la película, que fue un regalo lindo para nosotros y para nuestros hijos, pero fue cuando empezó también como toda esta bomba pública: la canción “La danza de las libélulas” en todos lados, el afiche de la película en paraderos, y el loop de imágenes de mi papá en la tele. Mucho estímulo externo. Hubo un momento en que yo no podía elegir cuándo pensaba en él y cuándo me acordaba de él, sino que de repente daba vuelta la hoja del diario y estaba él. Fue fuerte esa etapa, bonita, de mucho cariño, pero dura también. Tuve que aprender a administrarlo. Y después pasó que a la película le fue tan bien, que la gente entendió el rollo no morboso, de hablar de la vulnerabilidad desde un lugar con respeto, digno. Y la nominaron a los Oscar y con mi hermano fuimos a Los Angeles. Y eso fue un regalo de mi papá, no me cabe duda. Al regreso nos enteramos de la enfermedad de la Pauli. Ella ya sabía que algo pasaba, pero tengo la sensación de que lo pospuso. Entonces veníamos de la película, los Oscar y luego llegamos y ¡ paf! La Pauli está enferma de cáncer, otro golpe. Ella nos contó. Ella es como un pilar, una fuerza, una potencia y siento que nos dijo “ni tengo miedo, ni me da pena”. Con el tiempo nos fuimos enterando lo gravísimo que era su cáncer. Y fue ver cómo afrontamos esto ahora. Pero la Pauli es muy distinta a mi papá, tiene otra manera de recibir el cariño y la preocupación.
Ella intenta resolver todo sola, entonces hay que buscar, y esa búsqueda también tiene roces y también tiene mucho cariño, como de establecer una nueva relación, de que somos familia, que hemos pasado por tanto juntos. Así es “por favor, déjate cuidar, ayudar, déjate querer. Para un poco, déjanos acompañarte, ayudarte, déjanos entrar también”. Y es bonito. Nos necesitamos mucho. La vida tiene muchas vueltas. Fue hace un año que Fernando Acuña y Claudio “Cloto” González me invitaron a participar en un proyecto para traer de vuelta “Teleanálisis”, para que las nuevas generaciones puedan conocerlo. Lo encontré increíble, yo solo quería estar, pero luego me pidieron que yo lo presentara y fue doblemente increíble. Serán diez capítulos en los que se invitará a la gente a recordar y a reflexionar sobre el periodismo y la democracia. Un ejercicio de memoria colectiva, que junto a la memoria familiar y a la memoria personal nos convierten en lo que somos.
El equipo de este programa es un lujo: además de Fernando y el Cloto (que es el archivo viviente de “Teleanálisis”) están Marcela Morilla, Diego Acuña, Carlos Moena, Florencia Doray, Pablo Valdés, Juan Pablo Manríquez, Joaquín Marchant y Camila Moreno. Nos ganamos el fondo del Consejo Nacional de Televisión. La primera vez que estuvimos todos juntos fue para recibir ese fondo. Muy bonito y muy raro porque fue una ceremonia en la que además en el Consejo hicieron un homenaje a mi papá. Yo me acuerdo todos los días de él, siempre estoy pensando en él, pero cuando le hacen un homenaje en público me conmueve y me sorprende. Porque yo tengo tan claro el amor, el respeto, la admiración por él como hija, también como periodista, pero que es una cosa muy íntima, entonces me siento rara. Eso es algo que he tenido que trabajar desde la película en adelante, aprender a compartir. Y también a recibir ese cariño de vuelta que es para él, pero que llega hacia mí. He soñado con mi papá cuatro veces, no más, y estoy muy convencida de que realmente vino y estuvo. Y me dijo lo que me dijo, y me abrazó como me abrazó. Es muy inexplicable. Pero no quiero que suene así como pachamámico, esotérico, loco.
Realmente creo que en ese momento del sueño y del cuerpo liberado hay una unión entre dimensiones distintas y puta que loco que, no es que me pase siempre, pero viene y me dice, siempre sonriente, y es una frase. No es la resolución del teorema de Pitágoras. Me dice “mi niña sonriente” y me abraza. Y en ese abrazo y en esa frase está todo lo que necesito en la vida. Paz, tranquilidad, alegría, amor, cercanía. Solo necesito escuchar esas palabras. Y estoy muy segura de que sí es él. Muy segura. ZEPÓLOSNOFLAOIG “Al final, cuando ya dejó de hablar, yo necesitaba tanto escuchar su voz que ponía los videos de sus programas en YouTube. Y me sentía afortunada porque ¿ quién puede hacer eso?”. Autor: POR ESTELA CABEZAS. Javiera Góngora, periodista e hija mayor de Augusto Góngora, será el rostro del nuevo programa que traerá de vuelta al histórico “Teleanálisis”, el noticiero que conducía su padre en los años 80. Aquí narra por qué decidió tomar este desafío y también reflexiona sobre el alzhéimer que afectó a su fallecido papá y de cómo ha llevado el duelo. “No hay un día en que no piense en él”, dice. “Al final, cuando ya dejó de hablar, yo necesitaba tanto escuchar su voz que ponía los videos de sus programas en YouTube. Y me sentía afortunada porque ¿ quién puede hacer eso?”. R E S “Mi necesidad era estar mucho con él, abrazarlo todo lo que se pudiera.
E incluso en los momentos más difíciles, tocarlo, sentir su piel, sabiendo que inevitablemente eso ya no iba a estar”. “Mi papá siempre tenía el poder de calmarme, de darme seguridad, de ayudarme a ver las cosas desde otro punto de vista”.