Autor: Alejandro Arros Aravena Doctor en Educación, Académico Departamento de Comunicación Visual UBB
Columnas de Opinión: El patrimonio no toma vacaciones
Columnas de Opinión: El patrimonio no toma vacaciones n el verano, he querido llevar a mi familia y a mis amisE tades que visitan Chillán a ver el mural de Siqueiros en la Escuela México, que, como sabemos, es un gran tesoro en medio de la ciudad, uno que no brilla por lujo, sino por historia, por gesto fraterno, por ese pulso continental que late desde hace más de ochenta años en las paredes de Chillán.
Pero una y otra vez me he encontrado con lo mismo que se encontraron un grupo de turistas hace pocos días: puertas cerradas, horarios inciertos, custodios invisibles, ese silencio administrativo que enfría incluso el entusiasmo más terco. Y no solo ocurre aquí.
Lo he visto en otros rincones de Chile, donde la cultura parece funcionar con la lógica inversa del verano: cuando la gente por fin tiene tiempo, los espacios se encogen; cuando las familias buscan experiencias significativas, los museos se repliegan; cuando los turistas intentan encontrarse con el patrimonio, el patrimonio se va de vacaciones.
Mientras tanto y ahí está la paradoja, los malls abren temprano y cierran tarde, las tiendas no conocen estaciones, los bares vibran hasta la madrugada y los servicios comerciales funcionan con la puntualidad de un reloj atómico. Uno podría entrar a un local de comida rápida a medianoche, pero no necesariamente a una sala donde cuelga una obra patrimonial única en Latinoamérica. Se puede comprar un outfit veraniego a cualquier hora, pero no siempre se puede contemplar un mural que narra la historia profunda de dos naciones. La columna vertebral de nuestras ciudades se ha desplazado hacia lo puramente comercial, dejando a la cultura en un plano casi decorativo. Y, sin embargo, el verano es precisamente la estación donde la cultura debería expandirse, abrirse, florecer como un jardín público al que se entra sin permiso. El verano es el tiempo del asombro: los estudiantes sin clases, las familias que buscan experiencias compartidas, los turistas que desean comprender quiénes somos más allá del paisaje. Es el tiempo en que la identidad se muestra con más generosidad, o al menos debería hacerlo.
Por eso la noticia publicada en La Discusión cayó como un espejo donde muchos nos vimos reflejados: turistas reclamando por la falta de acceso a los murales de la Escuela México de Chillán durante la temporada estival.
Llegaron desde distintos puntos del país y del extranjero para encontrarse con la historia latinoamericana expandida sobre un muro, para observar de cerca Muerte al Invasor de David Alfaro Siqueiros y De México a Chile de Xavier Guerrero, pero se toparon con puertas cerradas y motivos imposibles de descifrar. La promesa cultural se transformó, para ellos, en una oportunidad perdida. El reclamo no fue una rabieta, más bien es una advertencia. Un recordatorio de que el patrimonio también necesita políticas públicas estivales, planificación, personal, voluntad. Porque los murales de la Escuela México no son meras pinturas: son parte de un relato compartido entre Chile y México, un regalo diplomático tras el devastador terremoto de 1939.
Son piezas que en ciudades con mayor educación patrimonial tendrían horarios extendidos, visitas guiadas, actividades para niñas y niños, recorridos bilingües, y un sistema que permita que cualquier persona que llegue a Chillán pueda encontrarse con ellas sin depender del azar. El verano nos recuerda eso: que la cultura es también un derecho estacional.
Si los centros comerciales abren para recibir a miles, ¿por qué no los museos?, ¿por qué no los murales?, ¿por qué no las bibliotecas que, como faros silenciosos, esperan todo el año por ese visitante que necesita una historia para seguir caminando? Hay ciudades que lo han entendido. En Valparaíso, por ejemplo, algunos museos extienden su horario veraniego para atender la demanda turística. En Santiago, espacios como el Museo de Bellas Artes y el GAM generan programación especial durante enero y febrero. En México, Colombia y Argentina existen políticas de "cultura de verano" que aseguran que los museos no solo se mantengan abiertos, sino que se vuelvan protagonistas de la temporada alta. La Unesco lleva años insistiendo en que el acceso cultural es un componente esencial del desarrollo sostenible, un concepto que implica que la cultura no es un adorno de la ciudad, sino un servicio público. Tal vez por eso duele tanto cuando no está disponible. Porque más allá de los turistas, es a nuestras propias familias a quienes les cerramos la puerta. A nuestras hijas e hijos, que merecen ver más que vitrinas iluminadas; que necesitan, cada tanto, quedarse en silencio frente a un mural y descubrir que el arte también es una forma de respirar. En Chillán, ciudad que se promociona como espacio cultural por excelencia, cuna de artistas, músicos, poetas, pensadores, no podemos permitirnos que el patrimonio se convierta en un secreto inaccesible. Los murales de la Escuela México deberían ser para el verano lo que las piscinas son para el calor: un espacio abierto, disponible, cotidiano. Un destino natural para quienes desean encontrarse con la historia no en un libro, sino en un muro que habla. Este verano nos dejó esa tarea pendiente: revisar cómo gestionamos la cultura cuando más se la necesita. Pensar en horarios ampliados, en custodios capacitados, en visitas breves pero efectivas. Pensar en un modelo donde la cultura sea un gesto de hospitalidad, no un acertijo burocrático. Porque cada ciudad se define por lo que decide mostrar. Y si mostramos únicamente vitrinas y consumo, construiremos una identidad frágil, efímera, sin raíces. Pero si mostramos nuestros murales, nuestras salas, nuestros relatos visuales, entonces estaremos diciendo algo más profundo: que la memoria importa, que la historia compartida importa.
El verano volverá y cuando regrese, sería hermoso que las familias pudieran encontrarse con las puertas abiertas, que las hijas e hijos de esta ciudad pudieran mirar un mural y descubrir ahí un fragmento de sí mismos. Que los turistas no tengan que buscar explicaciones, sino experiencias. Que la cultura sea, finalmente, ese jardín abierto que prometemos ser. En Chillán, ciudad que se promociona como espacio cultural por excelencia, cuna de artistas, músicos, poetas, pensadores, no podemos permitirnos que el patrimonio se convierta en un secreto inaccesible. Los murales de la Escuela México deberían ser para el verano lo que las piscinas son para el calor: un espacio abierto, disponible, cotidiano. Un destino natural para quienes desean encontrarse con la historia no en un libro, sino en un muro que habla.
El verano volverá y cuando regrese, sería hermoso que las familias pudieran encontrarse con las puertas abiertas, que las hijas e hijos de esta ciudad pudieran mirar un mural y descubrir ahí un fragmento de sí mismos. Que los turistas no tengan que buscar explicaciones, sino experiencias. Que la cultura sea, finalmente, ese jardín abierto que prometemos ser. Autor: Alejandro Arros Aravena Doctor en Educación, Académico Departamento de Comunicación Visual UBB. En Chillán, ciudad que se promociona como espacio cultural por excelencia, cuna de artistas, músicos, poetas, pensadores, no podemos permitirnos que el patrimonio se convierta en un secreto inaccesible. Los murales de la Escuela México deberían ser para el verano lo que las piscinas son para el calor: un espacio abierto, disponible, cotidiano. Un destino natural para quienes desean encontrarse con la historia no en un libro, sino en un muro que habla.
El verano volverá y cuando regrese, sería hermoso que las familias pudieran encontrarse con las puertas abiertas, que las hijas e hijos de esta ciudad pudieran mirar un mural y descubrir ahí un fragmento de sí mismos. Que los turistas no tengan que buscar explicaciones, sino experiencias. Que la cultura sea, finalmente, ese jardín abierto que prometemos ser.