Autor: Camila Labiñanza Salas, vicepresidenta de FEUACh, sede Puerto Montt
Cartas: Ministra Lincolao y pobreza
Cartas: Ministra Lincolao y pobreza · Las declaraciones de la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, al calificar la pobreza como "uno de los mejores regalos" recibidos, no sólo resultan desafortunadas, sino que evidencian una preocupante desconexión entre la élite política y la realidad estructural del país. Si bien apela a la resiliencia y a las "habilidades de supervivencia", su narrativa incurre en una peligrosa romantización del mérito individual, omitiendo las condiciones materiales que lo hacen posible. Según la encuesta Casen 2024, un 17,3% de la población chilena vive bajo la línea de la pobreza por ingresos y cerca de un 7% en pobreza extrema. Estas cifras no son abstracciones: reflejan hogares con acceso limitado a la salud, trayectorias educativas desiguales y condiciones habitacionales precarias.
En este contexto, presentar la pobreza como una "escuela de vida" no sólo carece de empatía, sino que desplaza la responsabilidad hacia quienes enfrentan condiciones que no eligieron, invisibilizando las rigideces de un sistema que reproduce la desigualdad. Esta mirada no es aislada, sino sintomática de una élite que observa la realidad desde una posición privilegiada. Resulta ilustrativo, en ese sentido, el reciente episodio del uso del Palacio de La Moneda para un almuerzo privado por parte del Presidente José Antonio Kast.
Más allá de la discusión administrativa, lo preocupante fue el tono de su respuesta, que redujo una crítica legítima sobre el uso de espacios públicos a una ironía sobre "comerse un sanguchito". Cuando el ejercicio del poder se trivializa, se profundiza la percepción de distancia e indiferencia frente al malestar social. Es imperativo realizar una distinción fundamental que la autoridad suele desdibujar. Como comunidad universitaria, fuimos testigos de los recientes hechos de violencia ocurridos en la Universidad Austral de Chile.
Si bien es crucial condenar enérgicamente cualquier forma de agresión fisica o verbal -pues la violencia es, por definición, el fracaso del entendimiento y la negación de la democracia-, no podemos permitir que se equipare esta conducta con la protesta pacífica. La manifestación es un derecho fundamental y un mecanismo legítimo para visibilizar demandas que no encuentran respuesta en las vías institucionales. Deslegitimarla bajo el paraguas de la violencia no contribuye a resolver el conflicto, sino que busca neutralizarlo. La frustración que se expresa en las calles no es la enfermedad, sino el síntoma de desigualdades persistentes. Autor: Camila Labiñanza Salas, vicepresidenta de FEUACh, sede Puerto Montt.