Autor: GOnzalO Valdés lufi, INgENIErO EN ADMINIstrACIÓN/gEstIÓN PúbLICA
Columnas de Opinión: Ir a la universidad, no asegura absolutamente nada
Columnas de Opinión: Ir a la universidad, no asegura absolutamente nada El acceso de los jóvenes a la educación superior continúa en aumento, pero paralelamente, se dispara de forma alarmante el fenómeno del “desempleo ilustrado”. Durante el primer semestre de 2026, se registró un 8,1 % de cesantía entre egresados de programas técnicos profesionales, mientras que en los universitarios este porcentaje asciende al 9,2 %. Esto equivale a cerca de un millón de personas desempleadas en el país, siendo especialmente preocupante el creciente número de profesionales con estudios universitarios que no logran incorporarse al mercado laboral. Expertos opinan que la situación nacional es única. Las universidades y los centros de formación técnica reciben a estudiantes con cada vez menos bases académicas sólidas; como resultado, gran parte de los primeros años se destina a nivelar conocimientos básicos. De ahí el auge de programas como la educación ejecutiva o los cursos para continuar estudios. Paradójicamente, el primer título profesional se ha transformado en algo similar a un “quinto medio” o incluso en un preuniversitario muy costoso. Aunque la cantidad de jóvenes con títulos de educación superior sigue aumentando, nuestra economía no está preparada para absorber esta creciente mano de obra especializada. Una de las principales causas de este fenómeno es que casi el 44 % de las personas actualmente desempleadas tienen estudios superiores. Aunque este dato puede ser motivo de orgullo para un país que anualmente forma una gran cantidad de profesionales, hay una verdad incómoda que no se puede ignorar: no todos deberían ir a la universidad. En un mercado laboral equilibrado, por cada profesional deberían existir al menos cuatro técnicos. Cuando esta proporción no se respeta, los profesionales terminan realizando labores propias de técnicos. Esto genera frustración debido a las expectativas truncadas de quienes invierten tiempo y dinero muchas veces endeudándose para acceder a uno de los sistemas educativos más costosos del mundo.
El problema se intensifica con la sobresaturación en ciertas carreras, donde a menudo un salario similar puede obtenerse con una formación técnica de dos años o una universitaria de seis, evidenciando una inadecuada correspondencia entre oferta educativa y demanda del mercado.
Nuestro país ha promovido la masificación de la educación superior, expandiendo constantemente la oferta académica. sin embargo, en muchos casos, estos programas no cumplieron con los estándares mínimos de calidad requeridos ni respondieron a las necesidades reales del desarrollo económico. No obstante, este fenómeno también trae consigo un efecto positivo inesperado. Cada vez más trabajadores del sector público, como policías, soldados, empleados municipales y operarios en diversas áreas, han logrado acceder a la educación superior o se encuentran en proceso de hacerlo. Muchos intentan mejorar los sistemas y procesos desde sus roles en la sociedad.
El desafío como nación radica en aprovechar este potencial humano al máximo y evitar que ese esfuerzo termine en desmotivación, llevándolos a concluir con amargura: “ir a la universidad no sirve para nada”. Autor: GOnzalO Valdés lufi, INgENIErO EN ADMINIstrACIÓN/gEstIÓN PúbLICA.