Autor: ARTURO DÍAZ, CONSEJERO REGIONAL
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Columnas de Opinión: La columna de. .. Ante el anuncio de ayuda humanitaria de Chile a Cuba, el debate se enciende con una rapidez casi automática. Surgen suspicacias, lecturas ideológicas y juicios morales que, curiosamente, tienden a olvidar lo esencial: la ayuda humanitaria no se entrega a los gobiernos, se entrega a las personas. Cuba atraviesa una crisis profunda, marcada por carencias materiales, dificultades en el acceso a medicamentos y una situación social compleja que golpea directamente a su población.
Frente a ese escenario, la pregunta de fondo no debiera ser si estamos de acuerdo o no con su sistema político, sino si somos capaces de sostener un principio básico de humanidad: nadie debiera quedar sin auxilio cuando enfrenta una emergencia. Chile tiene una larga tradición de cooperación internacional y solidaridad ante catástrofes. Hemos recibido ayuda cuando la hemos necesitado y también la hemos brindado, entendiendo que la dignidad humana no reconoce fronteras ni alineamientos ideológicos. Renunciar a ese principio por cálculo político o por temor a la crítica sería un retroceso ético, no una señal de coherencia. Confundir ayuda humanitaria con respaldo político es una simplificación peligrosa. Implica aceptar que la solidaridad es condicional, que depende de quién gobierna y no de quién sufre. Ese razonamiento no solo es injusto, sino que debilita cualquier discurso serio sobre derechos humanos, que por definición deben ser universales. Por supuesto, la ayuda no resuelve los problemas estructurales de Cuba, ni pretende hacerlo. No reemplaza las discusiones sobre democracia, libertades o desarrollo económico. Pero sí cumple una función urgente y concreta: aliviar el sufrimiento inmediato de miles de personas. Y en tiempos de crisis, ese gesto importa. Chile no pierde nada por actuar con humanidad. Al contrario, gana coherencia con su historia y con una política exterior que entiende que la solidaridad no es un lujo, sino una responsabilidad. Porque cuando la ayuda se convierte en un campo de batalla ideológico, lo que realmente se pone en riesgo no es una postura política, sino la vida y la dignidad de las personas. Autor: ARTURO DÍAZ, CONSEJERO REGIONAL.