Autor: POR SARA ARENAS MARÍN, ACADÉMICA DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA
Columnas de Opinión: No sacar la pobreza de lugar público que merece ser vista
Columnas de Opinión: No sacar la pobreza de lugar público que merece ser vista C omo académica de una universidad pública, doctora en psicología comunitaria y ex becaria del Estado e instituciones privadas, me siento interpelada por la afirmación, profundamente romantizada, que realizó la ministra de ciencias respecto de su historia de vida. Es, por cierto, admirable que una persona que creció en condiciones de pobreza haya logrado llegar a un espacio de alta responsabilidad pública. Eso merece reconocimiento. Pero inmediatamente después de celebrar, es necesario dar un paso al costado y decir: cuidado con esa narrativa. También quiero hablar desde mi propia historia. Provengo de una familia en situación de pobreza que, en más de una ocasión, pedía cabezas de pescado en la feria libre de Copiapó para poder echar algo a la olla.
Estudié en un liceo público donde, en ese entonces, cerca del 80% de los estudiantes abandonábamos las clases antes de terminar el año para trabajar como temporeros y temporeras en las habas, las uvas o cualquier labor que permitiera aportar ingresos al hogar. Muchas veces ese dinero era lo único que hacía posible comprar un pequeño regalo para alguien de la familia en fin de año. Esa no era una realidad excepcional: era la realidad común de jóvenes que intentaban abrirse camino en el mundo. Muchos de ellos brillantes, creativos, amables. Pero, aun así, no lograron salir de la pobreza. Ser pobre no es un regalo ni una virtud moral. Es una injusticia estructural. Es un problema público que el Estado debe abordar seriamente. La pobreza, el hambre, la ansiedad y el estrés crónico de los padres traspasados a las niñeces por llegar a fin de mes dejan huellas profundas y eso esta científicamente estudiado en la psicología. Cuando romantizamos la pobreza, reforzamos una narrativa dañina, muy instalada en el discurso social, que alimenta prejuicios y discriminación: "el pobre es pobre porque quiere". Eso no es así.
Quizás alguien podría preguntarse: ¿ y cómo usted llegó a ser académica de una universidad pública?, ¿cómo estudió en el extranjero?, ¿cómo obtuvo un doctorado? La respuesta es simple y, a la vez, estructural: porque tuve oportunida des. Oportunidades que no dependen solo del mérito individual, sino de políticas públicas del Estado de Chile. La primera oportunidad fue moral y simbólica. En la enseñanza media, cuando me preguntaron qué estudiaría, respondí: "yo no puedo estudiar, yo tengo que trabajar para ayudar a mi familia". Esa era la determinación social que marcaba mi horizonte. Pero hubo personas que me interpelaron, que me hicieron dudar de ese destino y que me mostraron que otro mundo era posible.
Luego vinieron profesores, funcionarios del liceo y miembros de organizaciones en las que participaba, quienes me ayudaron a postular a becas y a sortear procesos que, de otro modo, jamás habría podido enfrentar, porque simplemente no sabía cómo hacerlo. Más tarde llegaron las becas de pregrado, de magíster y de doctorado: Beca presidente de la República, residencia, alimentación, ayudantías, Fondo Solidario. Todas políticas públicas. Ahora bien, es importante señalar que, aun cuando accedí a distintos beneficios, en ningún caso ello significó "vivir a costa del Estado". Para nada. Todas estas ayudas, aunque distintas, eran exiguas. Y no hay que olvidar que una seguía siendo pobre: lo que correspondía era complementar esos apoyos trabajando, y en lo posible enviar dinero a la familia. Porque alguien que vive la pobreza tampoco vive la educación como un estudiante promedio; la experiencia es completamente distinta, más precaria, más exigente y siempre atravesada por la responsabilidad de sostener a otros. Hoy devuelvo la mano al Estado formando a futuros profesionales conscientes de su realidad y comprometidos con transformarla. Pero salir de la pobreza no fue fácil.
No solo había brechas económicas: también había brechas en el lenguaje, en la plasticidad para aprender, en el manejo de un segundo idioma, y una sensación permanente de impostora "yo no pertenezco a este lugar", eso es lo más difícil de deconstruir. Y, aun así, la resiliencia para adaptarse y el apoyo, con todos sus costos, es lo fundamental. Por eso no puedo romantizar la pobreza. No solo era pobre: era una mujer pobre, condición que complejiza aún más cualquier trayectoria vital. Si hoy puedo aportar a la sociedad desde un lugar que me motiva como académica, es gracias a políticas públicas que abrieron caminos que, de otro modo, habrían estado cerrados. Cada cierto tiempo miro a mis compañeros y compañeras de infancia y pienso, con honestidad, que la vida no fue del todo justa.
Esa conciencia me acompaña siempre y refuerza mi convicción de que la pobreza no debe ser celebrada ni reducida a un relato de esfuerzo individual, sino comprendida como una injusticia estructural que exige respuestas colectivas y sostenidas.
Finalmente, y en esta misma línea argumentativa, estoy profundamente convencida de que la gratuidad, sin límite de edad, es una medida afirmativa indispensable para miles de familias que, sin ese apoyo, jamás habrían tenido la posibilidad real de acceder a la educación superior. Esa política transforma vidas, amplia horizontes y permite que personas históricamente excluidas puedan construir trayectorias distintas. Por eso mismo, es una política que debemos resguardar y fortalecer. Autor: POR SARA ARENAS MARÍN, ACADÉMICA DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA.