Muere Jürgen Habermas, la conciencia de la última oportunidad para la razón y Europa
Muere Jürgen Habermas, la conciencia de la última oportunidad para la razón y Europa Habermas fue un gran polemista en la Alemania de posguerra, y su filosofía abarcó la totalidad de sus dimensiones, teóricas y prácticas.
Intentar resumir la ingente producción filosófica, sociológica y hasta literaria de un pensador inabarcable y polemista tenaz como Jürgen Habermas se antoja tan aventurado como p r o b a b l e m e n t e i m p o s i b l e.
Cuando con motivo de la publicación de la colección de sus textos filosóficos en 2009 se vio él mismo obligado a describir el alcance y sentido de su trabajo, confesó que todo su esfuerzo desde hace décadas consistía "en aclarar las condiciones bajo las cuales los propios implicados pueden responder racionalmente tanto preguntas morales como preguntas éticas". En román paladino, o simplemente de la más vulgar de las maneras, se diría que buena parte del pensamiento del último gran baluarte de la tradición ilustrada (de eso se trata frente a las veleidades y confusiones pos y tardomodernas) se fundamentó y pugnó por el entendimiento, por la comprensión desde el diálogo, por la construcción de un espacio común y racional.
En palabras de Ferrater Mora: "Los esfuerzos de Habermas se encaminan hacia una nueva teoría de la razón, que incluya asimismo la práctica, es decir, una teoría que sea al mismo tiempo justificativa y explicativa". Lo que siempre pretendió Habermas, pues, fue reconfigurar los parámetros para un pensamiento global en un mundo global, un empeño a la altura de únicamente los grandes: Kant, Hegel, Marx o él mismo. "Discutir es más importante que comer", llegó a decir un hombre que jamás se refugió ni en la teoría ni en la desmesurada altura de su cátedra para no participar en cuanto debate público se cruzó en su camino: desde la herencia del nazismo al silencio vergonzoso de los suyos, pasando por la construcción de Europa o, mucho más recientemente, por la guerra en Ucrania. Se peleó, por así decirlo, con Peter Sloterdijk, con Michel Foucault, con John Rawls, con el sociólogo neoliberal Wolfgang Streeck especialmente y hasta con el papa Benedicto. Con todos discutió, a todos comprendió y a todos rebatió.
Su muerte a los 96 años deja a la academia, así en general, sin el pensador más importante, influyente y total (por su constante empeño de sincretismo con todas las ramas del pensamiento, todas las escuelas y todas las tendencias y hasta modas), y la sociedad entera, también así en general, queda sin su referencia moral más inquieta, respetada e iluminada. Nació en Düsseldorf, pero su infancia transcurrió en Gummersbach, no lejos de Colonia. Su padre, en calidad de su alto cargo de la Cámara de Comercio e Industria, colaboró, aunque solo fuera por omisión, con el régimen. Durante la guerra, el crío Jürgen es alistado en las juventudes hitlerianas. Nunca llega a participar en la guerra, pero el totalitarismo nazi marcará su biografía de forma definitiva. Su compromiso con la democracia le llevó de forma radical a denunciar de todas las maneras posibles a todos aquellos que se readaptaron a la nueva sociedad surgida del gran conflicto sin purgar sus culpas. Las biografías más aceleradas le señalan como el último representante de la Escuela Crítica de Fráncfort. De hecho, se incorporó al Instituto de Investigación Social en 1955.
Su padrino no era otro que un Theodor Adorno sorprendido por la capacidad de análisis y sagacidad de un jovencísimo pensador que con tan solo 24 años publicó un artículo definitivo y ya mítico en el periódico Frankfurter Allgemeinen Zeitung con el sonoro título "Pensar con Heidegger contra Heidegger". La publicación produjo un auténtico shock en una sociedad que luchaba por salvar la figura descomunal del autor de "Ser y tiempo" de todas sus torpezas y compromisos inconfesables durante, otra vez, el nazismo.
Por entonces, pocos eran los que podían imaginar que ese impertinente polemista acabaría por ocupar el lugar del personaje objeto de su crítica hasta el punto de pasar a la historia como el Hegel de la República Federal. Pensar después de Hitler En la institución madre de la célebre Teoría Crítica y responsable de reformular la teoría marxista después de Hitler y Stalin, Habermas duró poco.
Enseguida surgieron desavenencias con su director, Max Horkheimer, del que, por cierto, heredaría la cátedra. "Las etiquetas que les cuelgan a las teorías más bien dicen algo acerca de la repercusión de los malentendidos que acerca de la teoría misma", comentó posteriormente para dejar claras sus diferencias con esa Escuela de Fráncfort de la que sin renegar tampoco se sintió nunca heredero. Y seguía: "Yo partí de lo más sórdido de la antigua Teoría Crítica, que había tematizado las experiencias que se tuvieron con el fascismo y con el estalinismo.
Aunque después de 1945 nuestra situación era distinta, esta mirada desilusionada a las fuerzas motrices de una dinámica autodestructiva de la sociedad fue lo primero que me llevó a buscar aquellas fuentes de la solidaridad recíproca que todavía no estaban completamente secas". En definitiva, y como escribe su biógrafo Stefan Müller-Doohm, "en lugar de vivir de las rentas de la herencia de la Teoría Crítica, Habermas transformó esa teoría haciéndole dar un giro desde la teoría social hasta la teoría de la c o m u n i c a ción". Su primer gran logro se plasmó en el l i b r o f u n d a mental "Historia y crítica de la opinión pública" en 1962.
Por primera vez, Habermas se confiesa el mejor y último gran lector de la Ilustración y habla de la modernidad no desde el derrotismo turbio de sus mayores, sino como un proyecto en marcha e inacabado.
La vieja y brillante idea de que detrás de la modernidad se encuentran los campos de exterminio como consecuencia necesaria y nunca admitida es rebatida con una pasión por el futuro y, sobre todo, por Europa completamente inédita. Contra la desilusión Habermas plantea el pensamiento como un arma contra la desilusión, como un oficio de constructores, como un antídoto contra la izquierda derrotista. Cuando el panorama de la cultura fuera inundado por el magnético y glamoroso posestructuralismo francés, el filósofo de Düsseldorf encontraría el justo enemigo que todo gigante necesita para hacerse aún más fuerte. Lo que surge a continuación no es uno, sino mil Habermas en conversación constante y extenuante con todas las ramas del saber de manera casi obscena. Habermas lo sabe todo, discute con todos y a todos coloca en su sitio.
El filósofo, que nació con el paladar roto y cuya voz de metal navegando por frases interminables superpobladas de subordinadas se diría que le condenaban a un solipsismo, pronto se convirtió en la referencia de todos.
Todo su empeño desde entonces, de la mano de la construcción de la Teoría de la acción comunicativa, la ética del discurso y la teoría de la democracia deliberativa, consiste en dar con patrones normativos desde los que fundamentar una teoría social crítica que dé respuesta a las contradicciones de un capitalismo tardío que escapa a las categorías clásicas de explotación y dominación, de infraestructura e ideología, para hacerse mucho más voluble, serpenteante, calculador y hasta siniestro. La democracia liberal Para llegar a este espacio de racionalidad, la filosofía no se bastaba sin el concurso de las ciencias sociales. Inicia así una refundación y reapropiación de los pilares básicos que fundamentan la democracia liberal detrás de los presupuestos institucionales que subyacen a la dimensión pública de la razón y del propio lenguaje. Figuras como Karl-Otto Apel o Richard Rorty le acompañarán en un viaje que incluye la relectura de Weber, Parsons o Luhmann. Y todo ello, sin dejar en ningún momento de ofrecer la suya a cuanta polémica saltaba a la palestra.
Este hombre, que en 1971 es nombrado director del Instituto Max Planck de "investigaciones para las condiciones de vida del mundo científicotécnico" hasta que en 1983 vuelve a su cátedra de Fráncfort, en la que se jubiló en 1993; este hombre, que siempre fue amante de los deportes de invierno y gran esquiador; este hombre, que quizá soñó con ser también arquitecto hasta el punto de diseñar su propia casa según los patrones del racionalismo más clásico; este hombre, que presumió de ser un viajero impenitente; este hombre, decíamos, nunca renunció a, efectivamente, ser solo un hombre. Se embarró hasta las cejas en el llamado "debate de los historiadores" en cuanto atisbó el menor amago de condescendencia, comprensión o justificación con el pasado nazi desde las cátedras más desenfadadamente liberales. Se fajó con Sloterdijk a vueltas del debate sobre la manipulación genética. Entró siempre al trapo cada vez que alguien discutió la idea de Europa con ocasión de la guerra de Ucrania y hasta colocó a Macron (aquel Macron, que no este) como ejemplo a seguir. Qué no habría dicho del avance de los euroescépticos trumpistas de extrema derecha de ahora si la actualidad no le hubiera cogido con las fuerzas ya mermadas.
Y hasta acertó a reformular, desde la comprensión (que no duda) más profunda, buena parte de su pensamiento racional hasta el agotamiento en el debate mantenido con el aún cardenal Ratzinger sobre la relación entre fe y razón.
Filósofo alemán falleció a los 96 años: Muere Jürgen Habermas, la conciencia de la última oportunidad para la razón y Europa LUIS MARTÍNEZ El Mundo/Derechos exclusivos Considerado el pensador más grande e influyente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, su trabajo replantea la Ilustración como proyecto inacabado siempre detrás de una nueva teoría de la razón.
Su carácter de polemista y opinador impenitente sobre la actualidad le señala como el último gran intelectual. `` Habermas se confiesa el mejor y último gran lector de la Ilustración y habla de la modernidad, no desde el derrotismo turbio de sus mayores, sino como un proyecto en marcha e inacabado. `` Su muerte deja a la academia, así en general, sin el pensador más importante, influyente y total, y la sociedad entera, también así en general, queda sin su referencia moral más inquieta, respetada e iluminada.. - - - -