Editorial: Valparaíso ant el rito del poder
Editorial: Valparaíso ant el rito del poder casi un mes del traspaso del mando presidencial, la confirmación de la asistencia de cerca de diez jefes de Estado y delegaciones internacionales vuelve a situar a Valparaíso en el centro de la atención política y diplomática.
El A cambio de mando del 11 de marzo, que se realizará en la sede del Congreso Nacional, no es solo una ceremonia institucional: es también una prueba de coordinación del Estado y de consideración hacia una ciudad que históricamente asume los costos logísticos de estos eventos. Las semanas previas han estado marcadas por intensas coordinaciones entre la Cancillería, el Congreso, Carabineros y diversos servicios públicos. Es comprensible: la presencia de autoridades extranjeras eleva los estándares de seguridad y exige protocolos más estrictos que en cualquier otra actividad. Sin embargo, la eficiencia de estas medidas no debiera medirse solo por su rigor, sino también por su capacidad de minimizar el impacto cotidiano en la vida porteña. Enel plano internacional, la ceremonia ofrece una vitrina relevante para Chile. La confirmación de la asistencia del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, encabezando la delegación de su país, ha sido leída por algunos como una señal de interés y confianza en el país. En un escenario global marcado por la competencia geopolítica y la incertidumbre económica, fortalecer vínculos diplomáticos es una necesidad estratégica. Reducir estas señales a disputas ideológicas internas empobrece el debate y desconoce el valor práctico que tienen las relaciones internacionales para el desarrollo y el empleo. Pero la dimensión externa no puede eclipsar la interna. Valparaíso no es un mero escenario ceremonial: es una ciudad viva, con problemas estructurales y una ciudadanía que, una vez más, verá alterado su funcionamiento por cortes de tránsito, despliegues policiales y restricciones. La advertencia de autoridades locales es pertinente: una democracia madura no solo cuida sus símbolos, también respeta a las comunidades que los albergan. El cambio de mando debiera ser, entonces, algo más que un acto solemne. Debiera reflejar la capacidad del Estado de dialogar consigo mismo, de equilibrar proyección internacional con responsabilidad local y de demostrar que el ejercicio del poder también se expresa en la buena planificación. Valparaíso, como sede del Congreso, merece no solo seguridad reforzada, sino también consideración y respeto.
Solo así el rito republicano estará a la altura de su significado.. El cambio de mando sitúa a la ciudad en el foco nacional e internacional del país y el impacto cotidiano que tiene la ceremonia. Editorial