Autor: Mauro Basaure Académico de Sociología UNAB y Núcleo Milenio Crispol
Columnas de Opinión: La vida privada del terror
Columnas de Opinión: La vida privada del terror L os violadores de derechos humanos durante la dictadura podían salir de sesiones de tortura y, esa misma noche, sentarse a la mesa para hablar del colegio de los hijos. Esa división -crimen público y normalidad privadano describe una "doble personalidad" clínica: describe una arquitectura. Y, salvo excepciones, tampoco se deja capturar por dos coartadas opuestas. No fueron "monstruos" psiquiátricos; pero tampoco fueron simplemente "cualquiera de nosotros". Entre la singularidad monstruosa y la normalidad total se juega lo que importa entender: la capacidad de separar mundos para que no colapsen.
Ahí entra el aporte de Rodrigo Cid en "El horror enmascarado". Su investigación obliga a mirar la vida doméstica y, a la vez, la diversidad de perfiles que sostuvieron la represión -convencidos ideológicos, carreristas, oportunistas, burócratas diligentesunidos por una misma gramática: compartimentar entre tareas del horror y cariño del hogar. La película The Zone of Interest lo sugiere con precisión inquietante: la normalidad doméstica no tapa el crimen; convive con él y lo vuelve administrable. Un reciente estudio clínico de Elizabeth León-Mayer y Joanna Rocuant, realizado en Punta Peuco, añade un dato relevante: conductas organizadas, alta frialdad afectiva, manipulación y baja impulsividad. Es un hallazgo serio.
Pero sería peligroso leerlo como explicación tranquilizadora -"eran psicópatas" -. Psicologizar así "re-monstruosiza" y fabrica calma: desplaza el problema al "cerebro" de unos pocos y borra la selección institucional, la cofradía y, sobre todo, la red de lealtades afectivas que sostiene el relato. Porque muchos no están ni han muerto solos: han sido acompañados por familiares, muchos de los cuales refuerzan hasta hoy versiones de exculpación y justificación de la violencia. No es ingenuidad; es adhesión afectiva lograda por haber sido "grandes" en la vida doméstica, como diría Luc Boltanski. Reafirmar la historia del familiar, protegerlo en lo privado de la condena pública y convertir su versión en verdad de muchos, pero compartida. El trabajo “allá"; la casa "acá". La compartimentación se vuelve colectiva y funcional. Aquí Hannah Arendt sirve si se la lee sin caricaturas. La "banalidad del mal" no dice que cualquiera podría haber sido Eichmann, el famoso criminal nazi. Lo que hace es nombrar el empobrecimiento del juicio: clichés, eficacia, renuncia a pensar. Y esa renuncia suele extenderse al entorno afectivo.
Entre la figura psiquiátrica del monstruo singular y la idea tranquilizadora de que "cualquiera de nosotros" podría haber hecho lo mismo, el libro de Cid y el estudio de León-Mayer y Rocuant abren un espacio de reflexión que nos obliga a mirar ese terreno afectivo intermedio donde el horror se sostuvo -y hasta hoy se sostiene. "La normalidad doméstica no tapa el crimen; convive con él y lo vuelve administrable". Autor: Mauro Basaure Académico de Sociología UNAB y Núcleo Milenio Crispol. "La normalidad doméstica no tapa el crimen; convive con él y lo vuelve administrable".