Autor: POR Michelle Ponce Romero.
Una “roca viajera” EN LA PATAGONIA
Una “roca viajera” EN LA PATAGONIA POR Michelle Ponce Romero. Los bloques “erráticos” reciben ese nombre a partir de una palabra latina que significa vagar, desviarse del camino... Son rocas de gran tamaño transportadas por el movimiento del hielo de los glaciares. Así, pueden desplazarse desde metros a muchos kilómetros de su punto de origen. Cuando el hielo se derrite, la piedra queda instalada en un paisaje que muchas veces se parece nada a aquel donde se formó. Son, en cierto modo, rocas viajeras. En la Patagonia chilena hay muchas de ellas. Ilango Aaron (36) dice que se siente un poco como esas rocas. Nacido en Nueva Delhi, India, hoy observa desde la ventana de su rancho la tormenta que comienza a levantarse en Puerto Guadal, en la Región de Aysén. Más allá del temporal, el paisaje que lo rodea está compuesto por el lago General Carrera, campos abiertos y glaciares que se recortan en el horizonte. Hace solo unos años, una escena de este tipo le habría parecido exótica, lejana, impensable para él. Vestido en capas, cada una más gruesa que la anterior, boina café claro y una sonrisa que irradia esperanza, Ilango hoy podría confundirse fácilmente con un gaucho más.
No solo aprendió a amansar caballos salvajes, a vivir del agua de los caudales, a cocinar con ingredientes de su huerta y a usar tartán en buena parte de su ropa, también adoptó el espíritu aguerrido habitual en estas latitudes con una mezcla de hospitalidad y aprecio hacia lo nuevo.
Más o menos el mismo espíritu con que recibió a los viajeros que llegaron a su agencia de turismo, que formó hace cuatro años, Patagonia Arisca, con la que fue integrándose en la pequeña comunidad de Puerto Guadal hace ocho. Desde entonces, encontró aquí algo parecido a un hogar. Esta región natural, fría, húmeda, escasamente poblada y dominada por glaciares, lo recibió con una calidez inesperada, similar recuerda a la de su natal India. Hace 25 años, dice, su país atravesaba intensos movimientos sociales y ambientales.
Entre campañas contra empresas occidentales acusadas de verter residuos en playas, y protestas en globo aerostático cerca del Taj Mahal para promover el desarme nuclear, se registró en la sección india de Greenpeace, entre cuyos miembros fundadores estaba su propia madre. Así que el activismo lo vivió desde siempre por dentro.
Incluso recuerda períodos en que pasaba largos días visitando cárceles, mientras su mamá promovía la liberación de “presos políticos”. Su padre, además, trabajaba por los derechos humanos de diversas tribus y etnias del sur de Asia. Además, colaboraba con organizaciones no gubernamentales y participaba en protestas en las que Ilango figuraba desde su primer año de vida hasta aproximadamente los 16. Por eso, dice, no era inusual que cuando lo llamaba por celular detrás se escuchara ruido de bombas. “En muchos momentos de mi vida sí sentí miedo. Mi papá trabajó dentro del conflicto (tamil, en Sri Lanka) y por muchos días no tuve contacto con él”, recuerda. Como sea, su casa era lugar de encuentro constante: activistas, trabajadores de ONG, comunidades tribales y personas de escasos recursos circulaban con naturalidad por el hogar familiar. Esa convivencia caló profundamente en él. Con el tiempo, dice hoy, decidió seguir un camino que le pareció que podría sintetizar labores de ambos mundos: el estudio de la vida silvestre. “Era una mezcla perfecta. Yo investigaba el conflicto entre humanos y animales salvajes”, explica. En las largas excursiones familiares que realizaban en montañas y junglas de la India, donde su papá realizaba labores con comunidades locales, conectó fuertemente con las especies. Hacia los trece años, dice, rescataba serpientes que se metían en zonas urbanas. Y luego mantuvo el entusiasmo en torno al trabajo con fauna salvaje, “de alto riesgo”: elefantes, tigres, leopardos, osos, arañas enormes, insectos cuyo veneno podía paralizar a una persona. Ese camino lo llevó a dejar otro: también había destacado en el popular cricket. Su talento lo llevó a ligas semiprofesionales y muchos pensaban que ese sería su destino natural. Hasta recibió el llamado para integrarse a un equipo importante de India. “Estaba justo en ese momento y decidí irme por los animales. Cricket era más como corazón, pero nada se comparaba a los lugares salvajes”, recuerda. Esta labor le permitió, además, viajar por el mundo.
Hacia 2018 ya había recorrido Malasia, Inglaterra y gran parte del continente africano, cuando llegó por primera vez a la Patagonia, en ese momento con una N O R A A O G N A L I : S O T O F polola de ascendencia holandesa y chilena. Este primer encuentro con glaciares, lagos esmeralda y bosques, lo dejó impactado. Había visto paisajes imponentes antes, pero esta mezcla, asegura, produjo en él una sensación distinta. “Yo creo que elegí la Patagonia porque el balance de vida para mí fue perfecto. Desde mi casa puedo ver el Campo de Hielo Norte, glaciares y el lago General Carrera. Esa es mi vista todos los días”, dice con evidente dicha. Con el tiempo, este flechazo terminó siendo evidente para todos los que lo conocían. “Yo creo que era inevitable. Muchos de mis amigos y familia me dijeron: Es tan tú”. Y no fue solo el paisaje. Poco después, ya estaba instalado en la zona. Dice que aquí encontró lo que siempre había soñado: un rancho en pleno campo, un huerto propio, caballos (regalados por gauchos vecinos) y la posibilidad de vivir de manera autosuficiente. De paso, dejó atrás también los peligros de la vida como investigador silvestre, que casi lo llevó a ser devorado por una tigresa en el Parque Nacional Nagarhole, sur de India.
“Este lugar (la Patagonia) te puede matar de otra manera, pero no es tan evidente como cuando te vinculas con animales salvajes”. Luego de tres años trabajando en el lodge de la familia de su pareja, esa relación terminó. En lugar de partir, Ilango dice que lo tomó como una oportunidad para establecerse por completo. Con ayuda de vecinos creó Patagonia Arisca. Los inicios de la agencia fueron modestos, recuerda. La ruta que ofrecían era sencilla. Había cabalgatas con unos pocos caballos y un circuito que permitía al viajero conocer por dentro la vida de los gauchos: visitaban sus hogares, tomaban mate con ellos, compartían el día a día. La relación con los arrieros se volvió central en su vida cotidiana. “Todos mis amigos eran gauchos. Pasé harto tiempo en la montaña arreando vacas, caballos y amansando caballos salvajes.
Así que con ellos empecé esta empresa, con los gauchos”. Estos mismos personajes le otorgaron un apodo que calza perfecto: el “gaucho indio”. “Porque me dedico a la doma de caballos”, dice, “eso fue un descubrimiento para mí: la primera vez que monté a caballo fue aquí.
Y empecé a aprender de diferentes gauchos”. Con los años apareció otra persona clave en su vida: María Ignacia Acuña, Totó (apodo que resulta mucho más fácil de pronunciar para él). Se conocieron en un asado y rápidamente comenzaron una relación. Juntos decidieron perfeccionar el proyecto turístico y fundaron Errática Patagonia, su segunda agencia, más profesional y con redes de apoyo más amplias. Ella asumió la parte administrativa, mientras Ilango se concentró en ser guía. Además, él comenzó lentamente a adoptar sus modos. Finaliza las frases con un “che” y maneja los códigos locales.
Su interés por preservar esta cultura arriera, dice, seguro tiene relación con la labor de su padre: escuchar historias de distintos rincones de la Patagonia, conectar personas y generar comunidad mucho más activa, se parece a lo que él hace. Un cambio... que no es tan cambio Lo de llegar a ser guía fue, en cierta medida, una prolongación natural de lo que hizo antes. Como investigador en temas de vida silvestre, muchas veces le tocó recibir a personas a las que debía preparar. Como un guía. En la Patagonia comenzó a tomárselo en serio. Y con la experiencia que tenía, empezó a planificar los itinerarios. “Principalmente, hacemos cabalgatas: cortas, de dos horas, muy livianas para familias y niños, y hay salidas largas, de una semana con pilchero, caballo de carga, donde vamos en modo expedición. Subimos a la montaña con los gauchos y abrimos las antiguas rutas de los arrieros. Vamos desde Guadal hasta Parque Nacional Patagonia, siguiendo la misma huella por donde subían las vacas”. Las expediciones incluyen elementos culturales y gastronómicos: “Llevamos cordero para hacerlo al palo, que es muy patagón. Es un poco de cultura, un poco de ciencia... ”. También hay caminatas, desde salidas breves hasta expediciones de dos semanas. Y en primavera y otoño organizan talleres para niños de la zona, orientados a reconectar con la tradición gaucha mediante el trabajo con caballos. No es hipoterapia, dice, sino un intento por atraer a la gente para que trabaje con los gauchos en los corrales. Una manera de evitar algo que teme: que esta forma de vida sea olvidada. Algo que también aplica para su propia cultura. Una tradición más personal es cocinar preparaciones indias. Auténticas recetas de su país, con especias que trajo él mismo. La carne es cortesía de los gauchos. Bien orgánico todo.
“Es muy divertido, porque, imagínate, gente de campo que nunca ha salido de aquí, probando comida de la India”. Una manera de acercar dos mundos, más o menos como hace con su actividad actual y la que desarrolló antes de venir: investigación y ciencia. “Hacemos turismo científico, no solamente turismo rural. Trabajamos con expertos que estudian el territorio desde una manera multidisciplinaria, al mismo tiempo que buscamos conservar la cultura local”. Es uno de los planes. Otro, instalar un pequeño centro que estudie la riqueza en fósiles y formaciones geológicas de la zona. No suena a algo improvisado, sino otro desplazamiento natural en una vida que siempre ha estado en movimiento. Tal como esas piedras viajeras que lo inspiran.
D Autor: POR Michelle Ponce Romero.. ¿Cómo llega un joven investigador de vida silvestre indio a convertirse en “gaucho”? Así lo hace Ilango Aaron, mientras arma circuitos para adentrarse en esta cultura y los paisajes de Puerto Guadal y los alrededores del lago General Carrera. CARRERA. Quiere levantar un centro científico para estudiar esta zona rica en fósiles. COCINA. No solo carnea corderos. También prepara curry de carne, tandoori chicken y kebabs para sus vecinos y colaboradores. INDIO. Dejó su carrera de investigador para dedicarse al turismo rural en la Patagonia chilena. PAREJA. Antes de conocerse, su esposa ya había visitado India. Por esos sus amigos sostienen que el destino los unió. MALASIA. Viajó por el mundo instalando cámaras trampa para analizar la vida silvestre.