Columnas de Opinión: El crimen de la inspectora
Columnas de Opinión: El crimen de la inspectora 66 Rodrigo Díaz Yubero Abogado, periodista Magister en Ciencias Políticas u na de las máximas del columnismo consiste en la obligación de no repetirse, algo en verdad difícil, especialmente cuando es la realidad la que no cesa en su repetición.
El reciente asesinato de María Victoria Reyes, inspectora del Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama, a manos de un alumno del mismo plantel, no deja más opción que volver a cosas ya escritas intentando comprender a qué se debe que algo así suceda por estos lares.
Por supuesto, el primer impulso es asilarnos en la falta de castigos adecuados para esos menores que muchas veces se refugian en una inexistente inmadurez, o bien en la ausencia de dispositivos de control más rigurosos como detectores de metales cuyos fieles promotores su eficacia garantizan.
Luego está el que Chile sea récord en consumo de marihuana, cocaína, pasta base y tranquilizantes sin receta médica en población escolar; o las cifras de ausentismo y deserción y la demencia digital de los adolescentes, todos fenómenos que, si bien pueden llegar a explicar mejor la creciente violencia en el ámbito de la escuela, no terminan de abordar el problema desde una dimensión que, aunque menos visible, probablemente sea más decisiva.
Sobre esto último, he dado a conocer las opiniones de autores como la del profesor español Ricardo Moreno quien en su obra Panfleto Antipedagógico sintetizó la explicación en dos palabras: "violencia y nesciencia", la última de éstas referida a una ignorancia superlativa, y la primera como el resultado de una honda "crisis de autoridad" en las instituciones educativas que, en vez de contener, han terminado estimulando la violencia, tanto de los jóvenes entre sí, como de los jóvenes hacia la sociedad y hacia los profesores.
En el mismo sentido he mencionado a Katharine Birbalsingh quien ha elevado su voz en el Reino Unido planteando con crudeza una realidad indesmentible: "Les estamos fallando a los niños porque somos demasiado indulgentes, los maestros han perdido el control, los padres se han dado por vencidos, los estándares están en picada.
Debemos alentar el deber, la obediencia". Sin embargo, en nuestro suelo complotan contra estas voces todos aqueIlos irresponsables que han arrasado con la educación mediante la ideologización de la escuela, apelando a "democratizarla" u "horizontalizarla", sin entender que, si bien la educación debe transmitir virtudes democráticas, ella no puede organizarse de manera democrática, porque la enseñanza es por definición jerárquica y tiene que haber un profesor investido de autoridad.
Eso es lo que filósofos como Savater remarcan al señalar lo que ocurre enmuchos hogares donde los hijos se han transformado en tiranos, y los padres, completamente sobrepasados, se contentan con decir que los adoran y corren a defenderlos frente a los profesores o los jueces.
Pero existe aún, otra razón más profunda, cual es la de hallarnos inmersos en una época que al par que niega el valor de la verdad, prefiere asilarse en el caos y el desorden como la regla del presente, con un saldo de fragilidad, desorientación y rabia que nos invaden sin razón aparente.
Ahí está el genio de Dostoievsky y su personaje de Raskólnikov, atrapado en un infierno personal donde la falta de principios y la miseria espiritual lo llevan a concebir el crimen como una salida legítima hacia un bienestar negado, y donde su propia libertad deviene al fin en una ilusión destructiva.
Ahí también Goethe y la versión que, por boca de Fausto, propone para las palabras del Evangelio de San Juan: "En el principio era la Fuerza", o sea, la negación de la primacía de la inteligencia y de la Verdad como bien mayor del hombre; reafirmación de la voluntad prometeica que desprecia la existencia del Creador.
Como bien anotara Otto Dörr, la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, vale decir, la pérdida de vigencia de los valores considerados absolutos y eternos, se ha consumado y nosotros, los hombres, creadores de la sociedad global de consumo, carente de fines orientadores, hemos sido -como lo profetizara el filósofo alemáninconscientemente sus asesinos.
Si realmente queremos que la violencia se bata en retirada, y que casos como el de la desventurada inspectora Reyes no vuelvan a ocurrir, urge abandonar los eslóganes y atrevernos a ensayar nuevas direcciones, instando por una profunda reforma en la educación que además de terminar con la ideologización y la política en los colegios, restablezca el principio de autoridad en el aula, alentando la capacidad de discernimiento, sentido de la responsabilidad y el valor de cada uno para enfrentar lúcidamente lasconsecuencias de sus propias acciones, teniendo como ideal a alcanzar el de una sociedad desarrollada, sí, pero basada en valores que se hunden en lo más profundo de nuestra tradición, como es el caso de la solidaridad, la justicia, el respeto por el otro y la promoción de una cultura de la paz. Seguir por donde vamos, sólo será garantía de un desastre cada vez mayor.
Pero existe aún, otra razón más profunda, cual es la de hallarnos inmersos en una época que al par que niega el valor de la verdad, prefiere asilarse en el caos y el desorden como la regla del presente, con un saldo de fragilidad, desorientación y rabia que nos invaden sin razón aparente".. Pero existe aún, otra razón más profunda, cual es la de hallarnos inmersos en una época que al par que niega el valor de la verdad, prefiere asilarse en el caos y el desorden como la regla del presente, con un saldo de fragilidad, desorientación y rabia que nos invaden sin razón aparente".