Editorial: Vejez digna
Editorial: Vejez digna La forma en que una sociedad trata a sus adultos mayores revela, quizás mejor que cualquier discurso político, cuáles son realmente sus valores. La vejez no es un error del sistema ni una etapa improductiva que deba administrarse con criterio de costo-beneficio; es la consecuencia natural de una vida trabajada, vivida y aportada al país.
Disminuir presupuesto a programas para la vejez, el SENAMA y la PGU parecen tener una mirada utilitaria: mientras una persona produce, consume y genera rentabilidad, ocupa un lugar visible; cuando envejece, comienza lentamente a desaparecer de las prioridades públicas. Los recortes propuestos por Hacienda no solo afectan presupuestos, sino también la manera en que entendemos la dignidad humana. Existe una contradicción profunda en una sociedad que celebra la longevidad como avance médico y social, pero que al mismo tiempo considera excesivo financiar las condiciones mínimas para vivir esa longevidad con tranquilidad. La vejez suele venir acompañada de fragilidad física, dependencia económica y, muchas veces, soledad.
Por eso programas de alimentación, residencias comunitarias o apoyos previsionales no son privilegios: son mecanismos básicos de humanidad colectiva, como lo es la -queridaFundación para Las Familias de la Parte Alta de Coquimbo compañera y pilar de muchos adultos mayores que siente cobijados por esta institución. Reducir todos los programas o beneficios implica trasladar aún más incertidumbre a personas que ya enfrentan el desgaste natural del tiempo y que difícilmente tienen posibilidades reales de recomponer su situación económica. También hay algo profundamente injusto en exigir eficiencia precisamente a quienes sostuvieron durante décadas el funcionamiento del país. Muchos de los actuales adultos mayores trabajaron toda su vida bajo promesas de estabilidad y protección que nunca se cumplieron plenamente. Generaciones que enfrentaron crisis económicas, precarización laboral, sistemas previsionales insuficientes, y aun así contribuyeron con impuestos, trabajo y esfuerzo al desarrollo nacional. Hoy, cuando necesitan apoyo, el Estado parece responderles con planillas Excel y porcentajes de reducción. La discusión fiscal, aunque necesaria, pierde legitimidad cuando olvida el rostro humano detrás de cada cifra. La vejez debería ser entendida como una etapa de reconocimiento social y no de abandono silencioso. Un país verdaderamente desarrollado no es aquel que únicamente ordena sus cuentas públicas, sino aquel que garantiza que sus ciudadanos puedan llegar al final de sus vidas con seguridad, respeto y sentido de pertenencia. Porque todos, tarde o temprano, caminamos hacia el mismo destino..