Editorial: Intolerancia
Editorial: Intolerancia En 2018, un grupo de estudiantes expulsó al actual presidente José Antonio Kast, de la Universidad Arturo Prat en Iquique entre empujones, gritos y golpes que terminaron con fractura de tobillo y un esguince en uno de sus dedos de la mano, impidiendo que realizara un conversatorio al que había sido invitado. Más allá de la simpatía o rechazo que puedan generar sus ideas, ese episodio reflejó algo más preocupante: la incapacidad de parte del mundo universitario para enfrentar posiciones políticas distintas mediante el debate. Cuando una universidad reemplaza la discusión por la violencia, deja de ser un espacio de pensamiento crítico. La democracia se sostiene precisamente en la posibilidad de discrepar. No exige que todos estemos de acuerdo, pero sí que seamos capaces de convivir con opiniones distintas. Sacar a alguien a golpes por sus ideas no derrota esas ideas; al contrario, demuestra la debilidad del propio argumento. Quienes participaron en ese episodio creyeron estar defendiendo una causa, pero en realidad terminaron debilitando el principio básico de la libertad de expresión. Con el paso del tiempo y su constante discurso contra la violencia y la delincuencia se consolidó la figura política del actual presidente Kast. Cada funa, cada charla cancelada y cada intento de silenciarlo reforzó la percepción de que existía un sector que no estaba dispuesto a tolerar el desacuerdo. En política, esas imágenes pesan mucho: para muchos ciudadanos, ver a un político expulsado de una universidad a golpes genera más rechazo hacia la violencia que hacia el propio invitado. Las ideas no se combaten con agresiones. Se combaten con argumentos, con debate y con propuestas mejores. El respeto es lo más importante sin importar el sector político al que se pertenezca. Porque cuando el golpe reemplaza a la palabra, lo que pierde es la democracia..