Autor: JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER
Columnas de Opinión: La universidad: utilidad o valor
Columnas de Opinión: La universidad: utilidad o valor Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada como si fuera nueva: “¿ para qué sirve la universidad?”. Y casi siempre llega con una respuesta preparada: sirve para subir la productividad del país, “modernizar” la economía y mejorar la empleabilidad; en lo personal, sirve para obtener un mejor salario. En esta visión, la universidad es un engranaje del crecimiento: una fábrica de capital humano y de certificados profesionales y técnicos. Si se desea elogiarla, se dirá que es una “empresa sin fines de lucro”. Conviene reconocer lo obvio: la formación universitaria genera beneficios económicos, públicos y privados.
Cuántos y cómo se halla en disputa, lo mismo que la variedad de otros efectos producidos por la educación superior (Marginson et al., 2023). También es legítimo exigir rendición de cuentas a instituciones que reciben recursos públicos.
El problema comienza cuando el sentido de la universidad queda absorbido por una contabilidad de retornos y ella ya no se piensa como una institución, sino como un servicio transable; no como un lugar, sino como un trámite. Allí perdemos algo que, por no caber en un KPI, fácilmente va al sacrificio. De hecho, la universidad no nació para responder a las urgencias del semestre ni a la ansiedad del ranking. Es una creación histórica única: más antigua que muchas naciones, antecede también al Estado y precede a la democracia.
Se inventó con formas diversas como comunidad de maestros y estudiantes, con reglas propias, con una idea de continuidad: que el conocimiento se cultiva y acumula; que la enseñanza es más que capacitación; que la investigación es más que producción de “publicaciones”; que estudiar es una manera de habitar el mundo y no solo de prepararse para competir en él. Reducir todo esto a un juego de oferta y demanda no es “realismo”: es un atroz reduccionismo cultural. La incidencia política de esta institución es evidente, aunque incomode. No porque la universidad deba ser “militante” (¡ esa es su ruina! ), sino porque es un espacio donde la deliberación aspira a ser algo más que consignas. Allí se forma la disposición a argumentar, a revisar evidencias, a escuchar objeciones y a soportar la dificultad de lo complejo. En una época que confunde lucidez con rapidez, la universidad debiera ser un lugar donde se aprende a reflexionar; donde la crítica no sea un mero reflejo de narcisismo herido. También cumple la universidad un papel esencial para el funcionamiento de una sociedad civil moderna: forma sus capas profesionales, encargadas de los sistemas expertos. Médicos, ingenieros, abogados, administradores públicos, científicos, educadores: todos ellos operan en ámbitos donde las decisiones son cruciales y se adoptan sobre la base de conocimiento avanzado. Ahí lo importante no es solo “resolver” algo, sino con qué criterio, con qué prudencia, con qué comprensión del contexto. Si el objetivo de la universidad fuese únicamente entregar “competencias”, acabaría graduando agentes fácilmente sustituibles por dispositivos de IA. Además, está la dimensión cultural, quizá la más resistente al utilitarismo por la dificultad de “medir” sus obras.
Las artes, las humanidades, los archivos, la crítica literaria, la filosofía, la historia, las lenguas, las ciencias sociales: ¿ qué “impacto” tienen? ¿ Cómo establecerlo? En efecto, sabemos que una comunidad se mantiene en pie por sus relatos, por su memoria, por su capacidad de simbolizar el dolor y la esperanza, por la calidad de sus conversaciones públicas, por la densidad de su imaginación. Si todo eso no puede evaluarse con el mismo formulario que un plan de negocios, no significa que carezca de valor. Justamente ahí empieza y se consuma lo humano. Si no cabe en un simple balance de doble entrada, no significa que deba cancelarse. Esta idea no es romántica: descansa en principios exigentes. Autonomía institucional; la universidad no puede ser oficina de gobierno ni apéndice del mercado. Libertades de enseñar, investigar y estudiar; de lo contrario, la razón corre el riesgo de volverse obediente. Comunidad intergeneracional; en efecto, el saber es tradición crítica, transmisión de métodos, conversación sostenida en el tiempo. Una lenta acumulación de hallazgos, errores, correcciones, interpretaciones. La burocracia bien intencionada promete “calidad” mediante controles, pero termina generando lo contrario: conformismo, temor al riesgo intelectual, sujeción al indicador. Los académicos pasamos horas justificando lo que hacemos y vivimos envueltos en una tupida red de indicadores. La excelencia, convertida en ritual administrativo, produce una extraña sensación de forma sin fondo.
Al contrario, Wilhelm von Humboldt imaginó y defendió una universidad donde la búsqueda de la verdad pudiera ser, a ratos, solitaria y ensimismada: no por elitismo, sino porque hay descubrimientos que requieren silencio, concentración y libertad frente a la utilidad inmediata.
Esa búsqueda incondicional es incompatible con estar permanentemente preocupado por el rendimiento: cuánto tributo a la agenda del Estado, a las demandas del mercado, a la moralización de mi bando, o a la ansiedad institucional de “mostrar resultados”. Cuando eso ocurre, la universidad se convierte en un aparato. Por eso, la pregunta correcta no es si la universidad “sirve”, como quien evalúa un artefacto, por ejemplo, el ChatGPT. La pregunta es qué tipo de sociedad queremos sostener. Una ciudad puede vivir por un tiempo con buenos técnicos y mala conversación pública; o con productividad y desconfianza; o con eficiencia y pobreza de sentido. Pero paga caro esa elección: en polarización, en cinismo, en incapacidad de imaginar futuros compartidos.
Defender la universidad como institución autónoma, reflexiva, crítica y abierta no es un capricho académico: es una apuesta por un espacio donde se puede examinar todo verdades heredadas, poderes establecidos, violencias ideológicas, dogmas partidarios y donde caben también las preguntas más antiguas y difíciles: qué somos, qué debemos hacer, qué significa vivir bien, qué hay más allá de nuestro horizonte humano.
Quizá la conclusión más importante sea esta: una universidad que solo promete cumplimiento de estándares e indicadores para la planilla puede alcanzar la excelencia, sí; pero será una “excelencia sin alma” (Lewis, 2007). Una sociedad requiere mucho más que eso si desea tener conciencia de su época y de su lugar en el mundo. (En la universidad) se forma la disposición a argumentar, a revisar evidencias, a escuchar objeciones y a soportar la dificultad de lo complejo. En una época que confunde lucidez con rapidez, la universidad debiera ser un lugar donde se aprende a reflexionar; donde la crítica no sea un mero reflejo de narcisismo herido. Autor: JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER.
N Defenderla como institución autónoma, reflexiva, crítica y abierta es una apuesta por un espacio donde se puede examinar todo y donde caben preguntas antiguas y difíciles: qué somos, qué debemos hacer, qué significa vivir bien o qué hay más allá del horizonte humano. OPINIÓN (En la universidad) se forma la disposición a argumentar, a revisar evidencias, a escuchar objeciones y a soportar la dificultad de lo complejo. En una época que confunde lucidez con rapidez, la universidad debiera ser un lugar donde se aprende a reflexionar; donde la crítica no sea un mero reflejo de narcisismo herido.