LAS DERECHAS Y SU DESAFÍO: gobernar en una sociedad plural, emocional y fragmentada
LAS DERECHAS Y SU DESAFÍO: gobernar en una sociedad plural, emocional y fragmentada bi 4s El presidente electo, José Antonio Kast, en visita a la Municipalidad de Santiago, fue recibido por el alcalde Mario Desbordes (9 enero). 5 ILUSTRE MUNICIPALIDAD DE SANTIAGO.
LAS DERECHAS Y SU DESAFÍO: gobernar en una sociedad plural, emocional y fragmentada gobernar en una sociedad plural, emocional y fragmentada Un gran desafío para el nuevo gobierno es transformar la diversidad de las derechas en una fuerza política efectiva, abordando los desafíos que implican su pluralidad y la falta de articulación que ha demostrado ese sector. Y le debe importar no reducir su proyecto político a la mera gestión. No debe descuidar que la acción política se legitima cuando asume su dimensión orientadora: las personas buscan reconocimiento, pertenencia, seguridad y sentido. Gobernar hoy supone hacerlo en un contexto profundamente profundamente distinto al de décadas anteriores. Entenderlo e incorporarlo a la toma de decisiones, resulta fundamental.
Nuestra sociedad, como explicaba Niklas Luhmann, se organiza en sistemas funcionalmente diferenciados: la economía, el derecho, la política, la ciencia o la cultura cumplen funciones distintas y, por eso, cada una opera con su propio «código», es decir, con un criterio simple que ordena lo que ahí cuenta como válido.
En el derecho, por ejemplo, la pregunta decisiva es si algo es legal o ilegal; ilegal; en la ciencia, si es verdadero o falso; en la economía, pensándolo como un sistema de transacciones, el código opera como pago o no pago.
En política, la cuestión se resuelve resuelve entre el código «poder» o «no poder» (entendiendo este como la capacidad de lograr que una decisión sea aceptada y produzca efectos colectivos). Su lógica está más vinculada, entonces, a la negociación, la persuasión, la gestión del conflicto y la construcción de mayorías. El punto es que las personas transitan estos ámbitos ámbitos a diarioy, en ese recorrido, ajustan sus expectativas. En consecuencia, individuos con orientaciones normativas distintas interactúan de manera constante, con el desafío que esto supone. A esa complejidad se suma un rasgo decisivo de nuestro tiempo: la subjetividad. Cada individuo tiende a remitir el desempeño de las instituciones a su propia experiencia y percepción, evaluando a partir de lo que, según percibe, le ocurre a él o a los suyos. Las decisiones decisiones políticas, las políticas públicas y los liderazgos son evaluados desde la experiencia individual, desde la percepción y la emoción.
Byung-Chul Han ha analizado Maria José Naudon Abogada; decana de la Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez cómo la aceleración, la hiperexposición y la lógica de la atención desplazan la vida pública hacia registros afectivos afectivos e inmediatos, proyectando la acción política hacia el «yo». En consecuencia, la búsqueda de legitimidad se vuelve particularmente exigente: ya no basta con que una política sea técnicamente correcta o institucionalmente impecable: también debe resultar significativa y convincente para subjetividades diversas. De ahí que la vida pública esté atravesada por tensiones que no son simples malentendidos, sino el efecto normal de una sociedad pluraly estructuralmente compleja. En este marco, el pluralismo no es una opción ni una consigna, sino una condición estructural de la vida social.
En términos de Isaiah Berlin, ello implica reconocer la coexistencia de valores y fines legítimos que no siempre son conciliables entre síy que no admiten una jerarquía única, obligando a la política a administrar tensiones más que a prometer síntesis definitivas.
En este escenario, la política ya no se dirige solo a colectivos organizados o identidades estables, sino a individuos que demandan reconocimiento, respuestas rápidas y coherencia entre discurso y acción.. LAS DERECHAS Y SU DESAFÍO: gobernar en una sociedad plural, emocional y fragmentada Una coalición no es una fusión ideológica ni una renuncia a las identidades propias. Es, más bien, un acuerdo político y pro gramático que permite a distintas corrientes actuar de manera coordinada, respetando sus diferencias, pero comprometiéndose con objetivos compartidos.
Gobernar implica entonces comprender que la legitimidad ya no se construye únicamente en el diseño institucional o en los resultados técnicos, sino también en la capacidad de interpretary responder a una sociedad plural, diferenciada y emocional. Cualquier reflexión sobre la gestión de gobierno y, en particular, sobre cómo debieranproceder las derechas, debe partir necesariamente de esta constatación. El problema no es la pluralidad Desde esa base, el primer error conceptual que conviene despejar es la idea de que existe una sola derecha. En rigor, no se puede hablar de la derecha, sino de las derechas. derechas. Se trata de un campo político diverso, compuesto por tradiciones, sensibilidades y énfasis distintos, que conviven bajo un paraguas común, pero que no son idénticos entre sí.
Existen derechas liberales que ponen el acento en las libertades individuales, el Estado de derecho y la economía de mercado; derechas conservadoras que subrayan la importancia del orden, la estabilidad y la tradición; corrientes socialcristianas que enfatizan la dignidad humana, la justicia social y el bien común; y expresiones libertarias que desconfían profundamente del Estado y reivindican una autonomía individual casi sin mediaciones. Estas diferencias no son meramente tácticas: responden a visiones distintas sobre la sociedad, el rol del Estado y la cultura política. Sin embargo, reconocer esta diversidad no debiera ser motivo de alarma, sino todo lo contrario. La pluralidad interna de las derechas es un reflejo de la complejidad de la sociedad que aspiran a gobernar. Pretender restringirla, invisibilizarla o forzar una homogeneidad artificial ha sido, históricamente, un error. La unidad entendida como uniformidad empobrece, reduce la capacidad de interpretación interpretación de la realidady termina alejando a sectores sociales que no se sienten plenamente representados. En cambio, asumir la diversidad como un activo permite ampliar la base de apoyo, enriquecer el debate interno y ofrecer respuestas más ajustadas a una ciudadanía heterogénea. La clave, entonces, no está en negar las diferencias, sino en administrarlas políticamente. Aquí emerge uno de los grandes desafíos para las derechas: cómo transformar esa diversidad en una fuerza de gobierno efectiva. El problema no es la pluralidad, pluralidad, sino la falta de articulación. Gobernar exige algo más que coincidencias generales; requiere acuerdos, coordinacióny un marco común de acción. En este punto cobra relevancia la noción de coalición de gobierno. Una coalición no es una fusión ideológica ni una renuncia a las identidades propias. Es, más bien, un acuerdo político político y programático que permite a distintas corrientes actuar de manera coordinada, respetando sus diferencias, pero comprometiéndose con objetivos compartidos. La coalición no homogeniza, articula. No borra matices, los ordena en función de un proyecto común. Esta articulación es fundamental si se quiere evitar que un eventual gobierno de derecha se agote en un solo período. El verdadero desafío no es simplemente llegar al poder, sino abrir un ciclo político que permita dar continuidad a ciertas orientaciones, consolidar reformas y generar estabilidad. Sin articulación, los gobiernos tienden a fragmentarse internamente, a diluir su capacidad de acción y a perder rápidamente respaldo social. Con articulación, en cambio, es posible proyectar una visión de largo plazo, sostener mayorías y enfrentar con mayor solidez los inevitables costos de gobernar. Fragmentación que erosiona la credibilidad El problema de la fragmentación se vuelve aún más crítico crítico en el ámbito parlamentario. Los sistemas políticos actuales muestran una creciente dispersión de fuerzas, lo que dificulta la construcción de mayorías estables. Para las derechas, este escenario implica un riesgo evidente: sin coordinación, cada actor tiende a atrincherarse en su identidad, priorizando la coherencia interna por sobre la eficacia política. Aunar voluntades se vuelve cada vez más difícil, y la capacidad de impulsar reformas se debilita. La fragmentación no solo afecta la gobernabilidad, sino que también erosiona la credibilidad de quienes aspiran a gobernar.
Por otra parte, cuando se accede al poder, no solo se enfrenta el desafío de gobernar, sino también el desafío de articular el accionar de las oposiciones.. LAS DERECHAS Y SU DESAFÍO: gobernar en una sociedad plural, emocional y fragmentada En primer lugar, está el comportamiento de la oposición formal que, respondiendo a la misma lógica de fragmentación, pluralismo y subjetividad, puede verse tentada a maximizar beneficios políticos de corto plazo. En vez de limitarse a fiscalizar con rigory proponer alternativas, puede optar por tensionar la agenda, encarecer encarecer cada decisión y convertir errores o vacilaciones en oportunidades para disputar el relato público y acumular ventaja. Lo anterior vuelve más difícil construir acuerdos y sostener políticas que requieren continuidad.
El riesgo se agrava cuando la oposición, por su propia pluralidad, no logra ordenar una voz reconocible: aparecen múltiples representantes que compiten entre sí por encarnar el rol opositor, elevando el volumen del conflicto, radicalizando radicalizando posiciones para diferenciarse y dificultando entendimientos básicos en temas donde el país necesita mínimos comunes. La amenaza de la oposición interna Pero existe además una amenaza menos visible y, a veces, más corrosiva: la oposición interna.
Esto ocurre cuando, integrantes de la propia coalición oficialista o de sectores supuestamente afines, comienzan a operar como si estuvieran fuera del gobierno: se diferencian públicamente, tensionan la agenda, bloquean decisiones para marcar identidad o se posicionan anticipadamente para el ciclo siguiente. En ese escenario, el gobierno debe negociar simultáneamente con adversarios externos y con disensos internos que actúan sin disciplina de coalición. coalición.
Ambos riesgos obligan a la coordinación: a trabajar en varios frentes a la vez y a sostener un equilibrio que no se produce de manera natural cuando hay intereses diversos, incentivos electorales distintos y estrategias competitivas en juego. No solo «gestión» Ahora bien, incluso cuando las derechas logran articularse y acceder al gobierno, enfrentan otro desafío central: no reducir su proyecto político a la mera gestión. Es cierto que la ciudadanía demanda respuestas concretas, eficiencia y resultados. En un contexto de desconfianza hacia la política, la buena gestión aparece como un requisito indispensable. Sin embargo, existe el riesgo de agotar el sentido del gobierno en criterios exclusivamente exclusivamente técnicos o economicistas. Cuando la política se reduce a indicadores, balances y metas cuantificables, pierde su dimensión orientadora. La eficiencia, sin un horizonte claro, se vuelve insuficiente para sostener legitimidad en el tiempo. El economicismo, entendido como la tendencia a explicar y resolver los problemas sociales únicamente desde variables económicas, ha sido una de las debilidades debilidades recurrentes de las derechas. Si bien la estabilidad macroeconómicayel crecimiento son fundamentales, no agotan las demandas de una sociedad compleja. Las personas no solo buscan mejores ingresos, sino también reconocimiento, pertenencia, seguridad y sentido. Un gobierno que no logra articular un relato que dé cuenta del (para qué» de sus políticas termina siendo percibido como distante, tecnocrático y desconectado de las experiencias cotidianas. Por eso, el ejercicio del pensar no puede quedar relegado frente a la urgencia del hacer. En tiempos de crisis, cambio e incertidumbre, puede parecer contradictorio contradictorio insistir en la reflexión, pero es precisamente en esos contextos cuando el pensamiento se vuelve más necesario. Pensar no es un lujo académico ni una distracción intelectual; es una herramienta fundamental fundamental para orientar la acción. El «por qué» y el «para qué» permiten ordenar prioridades, anticipar consecuencias y dotar de coherencia a las decisiones. Sin ese marco, la acción se vuelve reactiva, fragmentada y vulnerable a las presiones del momento. Emociones y rapidez Este desafío se intensifica en una sociedad marcada por las emocionesyla rapidez. La política contemporánea se desarrolla en un entorno de exposición permanente, donde las redes sociales amplifican reacciones inmediatas inmediatas y donde la agenda pública cambia a gran velocidad. velocidad. En este contexto, gobernar implica enfrentar una tensión constante entre lo efectivo y lo efectista. Por un lado, es indispensable conectar emocionalmente con la ciudadanía, mostrar empatía, escuchary comunicar de manera cercana. Por otro, no se puede sacrificar la efectividad de las políticas ni la sostenibilidad de las decisiones en función de aplausos momentáneos. El equilibrio entre ambas dimensiones es frágil, pero imprescindible. imprescindible. Ninguna de las dos opciones es suficiente. Un gobierno que solo apela a las emociones carece de profundidad y consistencia; uno que se refugia exclusivamente exclusivamente en la técnica pierde capacidad de conexión y legitimidad. Para las derechas, acostumbradas a enfatizar la eficacia y el orden, el desafío es incorporar de manera genuina otras dimensiones, sin renunciar a sus principios ni a la racionalidad de sus propuestas. En definitiva, la buena gestión de gobierno desde las derechas supone una combinación exigente. No se trata de elegir entre gobernar bien o pensar el país, entre administrar o proyectar. Se trata de comprender que solo la integración de estas dimensiones permite construir gobiernos sólidos y sostenibles en el tiempo. El desafío no es menor, pero tampoco es imposible. En un contexto de pluralidad, subjetividad e incertidumbre, incertidumbre, las derechas están llamadas no solo a ofrecer orden y eficiencia, sino también sentido, horizonte y continuidad. 11.