Columnas de Opinión: Escuelas sin autoridad, aulas sin paz
Columnas de Opinión: Escuelas sin autoridad, aulas sin paz Guillermo Tobar, Académico de la Universidad San Sebastián, sede de la Patagonia propósito de los laA mentables y recurrentes hechos de violencia que se han suscitado al interior de escuelas y liceos, resulta razonable sostener que la violencia escolar es un grave síntoma de múltiples fracturas formativas y culturales. La violencia en los colegios no surge de la nada, como tampoco lo hace la paz: ambas son el resultado de condiciones que se cultivan -o se abandonanen el tiempo. Quisiera detenerme en un aspecto esencial para el desarrollo humano y la convivencia: la formación del carácter. Hoy pareciera que el ambiente de violencia y superficialidad es, en parte, el resultado de una escuela que ha renunciado a esta tarea. La pérdida de disciplina dentro y fuera del aula no es solo una cuestión de formas; es una cuestión antropológica de fondo, pues hemos dejado de educar la voluntad. La escuela, en su rol de guía, orientación y exigencia, no puede diluirse en el debilitamiento de la autoridad del profesor. Su figura no puede disociarse de su misión pedagógica y formativa para convertirse en un actor más dentro del aula, reducido a un mero facilitador. El profesor es un testimonio vivo que interpela, corrige con sentido e inspira. La autoridad auténtica no se impone por la fuerza, sino que se ejerce con convicción y sentido. Cuando se intenta educar sin autoridad, el resultado suele ser una convivencia sin respeto. Y conviene aclararlo: autoridad no es autoritarismo. La primera se funda en la razón y orienta hacia una vida lograda; el segundo se sostiene en el temor y genera obediencia superficial. Algo similar ocurre cuando se confunde autonomía con capricho. La autonomía auténtica requiere estructura: normas, hábitos y exigencias que orienten la libertad. El capricho, en cambio, es una libertad vacía de responsabilidad y propósito. No forma personas libres, sino individuos a merced de sus impulsos. Por eso, confundir libertad con ausencia de normas es un error grave: una escuela sin normas no forma ciudadanos responsables, sino que se convierte en un espacio sin dirección ni sentido. No es casual que grandes pensadores hayan insistido en el valor formativo del límite. Como advertía Aristóteles, la virtud no surge espontáneamente, sino que se adquiere mediante el hábito. Los límites, lejos de restringir, permiten al ser humano conocerse, gobernarse y proyectarse. Educar, entonces, no significa simplemente dejar que el estudiante "sea", sino asumir la responsabilidad de enseñarle a ser. Por último, la disciplina no puede recaer exclusivamente en la escuela. La familia tiene un rol insustituible en esta crisis. Cuando los padres desautorizan al profesor, sobreprotegen a sus hijos o evitan establecer límites claros, contribuyen a un escenario donde la autoridad se diluye y la convivencia se deteriora. La violencia escolar, en muchos casos, comienza antes de cruzar la puerta del aula. Quizás ha llegado el momento de recordar una verdad incómoda pero necesaria: educar exige convicciones firmes, esfuerzo sostenido y adultos dispuestos a ejercer su responsabilidad. Porque, como señaló Hannah Arendt, "educar es decidir si amamos lo suficiente al mundo como para asumir la responsabilidad por él". C3 "Autoridad no es autoritarismo. La primera se funda en la razón y orienta hacia una vida lograda; el segundo se sostiene en el temor y genera obediencia superficial". C Columna "Autoridad no es autoritarismo. La primera se funda en la razón y orienta hacia una vida lograda; el segundo se sostiene en el temor y genera obediencia superficial"