Un mundo de detalles en la BAHÍA PULLAO
Un mundo de detalles en la BAHÍA PULLAO F ue un momento de lucidez. Ocurrió hace 15 años, en la península de Rilán, en Chiloé, a 19 kilómetros del centro de Castro.
Carlos Grimalt, por entonces un empresario de 48 años que había llegado a vivir a la isla en 1984, divisó a un grupo de extranjeros con telescopios, absortos en una actividad ajena para él, llamada “avistamiento de aves”. Carlos había recién comprado un campo de seis hectáreas en la península, un sitio solitario de bosque y barro, agreste, sin muchos vecinos, pensado para resguardar sus caballos, sin otro plan en mente.
“Hasta que estas personas recuerda él ahora, todavía en 2025, mientras recorre a pie sus tierras, con un telescopio en mano me relatan el valor del territorio en avifauna y ahí comienzo a desarrollar la idea de hacer un sitio de conservación para aves playeras”. Hablar de coincidencia sería injusto con la filosofía de Carlos, una que persigue las señales y singularidades del entorno antes que el impulso humano.
Algo así como “observo, luego existo”. “Lo que me sucede explica es una manifestación del territorio, de ahí me engancho, es aprender del lugar donde habitas, el lugar lo define”. Hoy, la península mantiene un aura de retiro y un silencio de monasterio, interrumpido muy de vez en cuando por serruchos, sierras y martillos que resuenan desde otros puntos de la bahía. El bosque es alto y tupido, con especies atípicas para la zona, como un magnífico quillay de 150 años y casi treinta metros de altura, de troncos gruesos y fuertes. Bastan unos minutos de silencio para oír, desde el verdor y las ramas, cantos mezclados de las aves que pueblan cada rincón de la península. Si se busca escucharlas, sus cantos se multiplican como las voces de un coro extravagante, sin orden aparente, sin origen, impredecible. Carlos es el tipo de hombre al que los años parecen haberle hecho un favor.
De rostro descansado y risa fácil, patillas largas y canosas tipo Elvis, boina negra, jeans, chaleco de lana chilote y zapatos de cuero, camina pausadamente, con mirada curiosa y atenta, por las pasarelas del Hotel Refugio Pullao, que comenzó a construir en 2015, en la península donde originalmente pretendía dejar a sus caballos, motivado por la idea de emprender a través de un turismo sustentable y centrado en el avistamiento de aves.
No por nada la construcción del hotel pequeño, de solo seis cuartos se asemeja a los nidos de los pájaros, con ramas en los techos de las habitaciones y paredes curvas que se mimetizan con el entorno.
A lo largo de las pasarelas que recorren el perímetro del hotel, las ramas de los árboles se cuelan por los espacios que dejan las tablas de madera y, según Carlos, la vegetación crece con tanta fuerza que cortarla es casi inútil.
La pasarela, hecha para el avistamiento de aves, cruza un humedal ahogado en depósitos de vegetación y llega a una cabina de troncos y paja, ubicada frente al mar, en plena marisma, sin nada que se tividad que requiere pausa, vivir el presente, que te integra al ritmo de lo que está sucediendo y eso es ubicarse en un sitio de tranquilidad, en el que siempre va a suceder algo especial. Acerca del ritmo, Carlos explica que la bahía Pullao está liderada por las aves y por las mareas.
“Esta mezcla del mar que se recoge dice él y luego llega, te va alejando el sonido de las aves y te los acerca o a veces desaparecen, porque cuando el mar está lleno, prácticamente no hay aves y aparece el silencio, pero luego la marea baja y viene la vorágine”. O A L L U P L E T O H O I G U F E R O A L L U P L E T O H O I G U F E R O A L L U P L E T O H O I G U F E R O I B M A R A M E G R O J interponga en su vista. Ahí Carlos instala su telescopio. Desde la cabina, en un espacio oscuro y rústico, con ventanas sin espejos, se ve el mar, delgado y calmo, más bajo que la hierba que lo antecede. El rostro de Carlos delata emoción, como si fuera la primera vez que se prepara para ver a las aves que planean frente a su hotel. “Las aves no se quedan explica, se mueven por los humedales”. Sin usar el telescopio, Carlos logra identificar una serie de ejemplares a más de cien metros de distancia. Aves que para el ojo no entrenado se ven casi iguales.
El acto de identificar le da satisfacción. ¿Qué les dirías a las personas que creen que el avistamiento de aves es lo más fome del mundo? Esto se trata de revivir la capacidad de las personas de sorprenderse; en cada situación hay una posibilidad de sorpresa, de admiración de algo simple que está ahí. Observar aves te da calma, aprendes a regular la energía. Es una acCarlos tiene a disposición de los huéspedes una guía de aves que entrega recomendaciones para el avistamiento. Primero, calzado adecuado, idealmente impermeable. Segundo, observar aves durante la mañana o el atardecer, y de preferencia, cuando la marea esté baja, lo cual favorece una actividad más intensa. Tercero y último, caminar despacio y en silencio. Es tío de los primos Grimalt, seleccionados chilenos de vóleibol playa.
Para sus padres fue difícil aceptar que él no pretendiera seguir una carrera profesional ni deportiva, sino que quisiera ir tras una experiencia “autárquica”, precisa él, fuera de la tradición familiar, y eso significaba irse a un lugar lejano y sin comodidades, donde estuvieran las condiciones para partir de cero. A los 21 años, con algo de dinero que le convidaron sus padres, se instaló en Chiloé, en un sector llamado San Miguel, donde no había luz eléctrica, ni caminos, ni patrones de fundo. Todo funcionaba, según él, a través de mingas y cooperación comunitaria. Carlos vivió tanto tiempo en el campo que dice que se le olvidó cómo tomar un lápiz. No tenía título universitario, pero sí era hábil para las manualidades y para aprender lo que fuera. Y para trabajar duro.
Fue artesano, productor de miel, pescador, mueblista, transportista de dinero, constructor, recolector de datos científicos en el océano y gerente de una salmonera durante 13 años, trabajo que fortaleció su situación económica y le permitió invertir en el Hotel Refugio Pullao, proyecto en el que le ayudaron sus hijos. Recién en 2015 construyó el observatorio de aves. Volviendo al momento fundacional de su proyecto, en el año 2011, cuando vio a los extranjeros haciendo avistamiento de aves, Carlos explica que muchas cosas se le vinieron a la mente.
“El barro es la riqueza de este lugar dice mientras observa con su telescopio, se autoprotege con el barro, porque no pueden entrar autos, por eso este lugar tiene una buena proyección”. También pensó que había que remover los cercos y descartar las motos de agua, porque si no el hábitat de las aves se vería perjudicado. “El equilibrio de este lugar depende de quienes lo habitamos”, dice. El ritmo de la península de Rilán se resume en una frase que repiten los locales: “En Santiago toCarlos viene de una familia de deportistas.
O R R A V A N O G E I D do es para hoy; aquí todo es para mañana”. Aunque el trabajo lo mantiene muy ocupado, es común ver a Carlos sentado observando aves alimentándose de crustáceos o invertebrados, aves como el zarapito de pico recto, el pitotoy grande, el playero, la gaviota de Franklin, el queltehue, el pilpilén y el rayador, entre otras especies endémicas y migratorias de Pullao. Su actitud, propia de los birdwatchers, es pasiva y respetuosa, como si quisiera pasar más inadvertido que las aves. No habla y su cuerpo se mantiene rígido. No es solo observar. Primero ves, identificas, ves el iris del pato y te amplía el mundo de los detalles.
A mí me cautiva tener a la vista algo que sucede ancestralmente, un lugar que es NatGeo en vivo y en directo y que además tiene importancia internacional, ya que es parte de la Red Hemisférica de Reserva para Aves Playeras. de Carlos va adquiriendo más sentido. El avistamiento de aves depende del tiempo que estemos dispuestos a darle.
Hay birdwatchers que pasan horas y días esperando una aparición que, finalmente, puede no producirse. ¿Todos sacan fotos? No, no todos. ¿Algunos vienen a un lugar solo para encontrar a una especie? Sí, y al lograrlo, se van de inmediato. El tiempo en el telescopio, a la espera de un pequeño acontecimiento, recuerda que la vida es mucho más que lo grande y lo práctico.
En la rutina de las aves, el hombre se ve a sí mismo y se pregunta si es consciente de todos los momentos que conforman su vida: el traslado de un lugar a otro, el alimento, el descanso, el reencuentro con amigos. En lo pequeño surge algo inesperado, a veces hermoso, que recuerda que nuestros ojos no están tan abiertos como creemos. Por la tarde, una bandada da vueltas en el cielo, sube y baja, ejecuta una coreografía que tiñe el horizonte de colores negros y blancos, con formas inhumanas. “Es como una orquesta”, dice Carlos, al ver el “cardumen” aéreo regocijarse sobre el agua y lanzarse hacia ella sin entrar del todo. Quizá, agrega él, esto ocurre por la motivación de un individuo al cual los demás, en un afán gregario, siguen en su baile. Continúa por minutos; el cincel imaginario dibuja formas que se desvanecen y nadie sabe qué pasará por la cabeza del artista que lidera el espectáculo. He ahí la magia.
D ¿ Qué te entrega el avistamiento? “Amplía el mundo de los detalles”. Esa frase O R R A V A N O G E I D O R R A V A N O G E I D.
En el archipiélago de Chiloé, rodeado de bosques, humedales y una pujante vida silvestre, se encuentra un rincón conocido como Refugio Pullao, el primer observatorio de aves construido en la isla y sitio predilecto de eminentes ornitólogos como el chileno Álvaro Jaramillo. ¿Qué lo hace tan singular? POR Matías Rivas Aylwin, DESDE LA REGIÓN DE LOS LAGOS. PAZ. Carlos Grimalt, fundador de Refugio Pullao, con su telescopio de observación. NIDOS. Inspiradas en las aves, las habitaciones del hotel tienen vista al mar. CONTEMPLACIÓN. El hotel Refugio Pullao está hecho para presenciar la rutina de las aves. IMPORTANCIA. La bahía es parte de la Red Hemisférica de Reserva para Aves Playeras. EQUIPO. Para el avistamiento se suelen usar binoculares o telescopios. RUTINA. El avistamiento de aves permite observar el día a día de las aves playeras. EQUIPO. Para el avistamiento se suelen usar binoculares o telescopios.