DANIEL MARKOVITS La meritocracia contra la pared
Profesor de la Universidad de Yale y autor de La trampa de la meritocracia Estados Unidos contiene también la semilla de la competencia despiadada y la desigualdad-, Markovitz afirma que Chile está a tiempo de no seguir el ejemplo norteamericano y de evitar sus efectos: el deterioro de la vida política, mayores riesgos de corrupción y una sensación de descontento generalizado. un análisis sobre cómo el camino del mérito en POR DANIELA MOHOR W.
STEPHANIE ANESTIS Fue en mayo de 2015 que Daniel Markovits, profesor titular de la Escuela de Derecho de la Universidad de Yale, comenzó a reflexionar sobre lo que se convertiría en la temática de su último libro. En esa fecha le pidieron que hablara en la graduación de los alumnos de la escuela. Tenía pensado exponer sobre las ventajas que ellos tenían con respecto a gran parte del resto de la población estadounidense. Pensaba también invitarlos a aprovechar su título trabajando por el bien común y a no enfocarse exclusivamente en sus ganancias personales. Pero a la hora de preparar su intervención, algo ocurrió.
“Cuando me senté a escribir mi discurso y me imaginé hablando con los alumnos que conozco (... ), ese impulso de justicia me abandonó para ser reemplazado por algo más extraño: un amalgama curioso entre una poderosa empatía y un presentimiento siniestro (... ). Emergió entonces una nueva postura emocional y un nuevo marco organizacional para mis comentarios”, escribe Markovits en la introducción de La trampa de la tocracia. Cómo el mito fundacional de Estados Unidos alimenta la desigualdad, desmantela la clase media y devora la élite. El libro, publicado en septiembre pasado en Estados Unidos, analiza cómo en las últimas décadas la tan celebrada meritocracia se ha transformado en una nueva forma de aristocracia.
Según Markovits, la meritocracia es hoy un concepto idealizado que promete igualdad de oportunidades según las habilidades y ambiciones de cada uno, pero que en realidad contribuye a una distribución desigual de las ventajas y privilegios en la sociedad.
En este esquema, agrega, se ha ido generando una distancia abismal entre una élite hipereducada e hipercalificada —que accede a empleos muy bien pagados y de mucho estatus— y una clase media con sueldos mediocres, pocas perspectivas laborales, y la imposibilidad de darles a sus hijos una educación del mismo nivel que la que reciben los hijos de la élite.
A lo largo del libro, Markovits explora los efectos de lo que llama “la desigualdad meritocrática” sobre unos y otros, y revela cómo ha engendrado una nueva guerra de clase y deteriorado la vida política de Estados Unidos. También entrega algunas líneas de acción a seguir para remediar esta fractura social.
El trabajo de Markovits no se limita a describir las dificultades a las que se enfrenta la clase media ni a mostrar cómo queda excluida en términos de oportunidades, sino que también muestra a una élite aplastada por largas horas de estudio y trabajo, y la competencia feroz a la que se somete para mantener su estatus de “casta”. Markovits —quien viajará a Chile en junio de 2020 en el marco de una conferencia del Seminario en Latinoamérica de Teoría Constitucional y Política (SELA)— explica que su libro analiza exclusivamente la sociedad estadounidense, pero no niega que existen elementos que pueden reflejar algunos aspectos de la realidad chilena. —Dentro de América Latina, Chile es el país más liberal económicamente hablando, el más competitivo. Tiene desigualdades enormes, pero de un tipo particular.
En esas cosas se parece a Estados Unidos, aunque las circunstancias chilenas siempre serán distintas —afirma. —En su libro dice que se acercó al tema como un médico que descubre una nueva patología. ¿ Cuáles son las distintas etapas de esta “enfermedad meritocrática”? —Hay tres etapas. Primero, la meritocracia es una fuerza que abre oportunidades, genera inclusión e igualdad. Luego, la élite meritocrática consolida sus privilegios de una manera que convierte la meritocracia en una fuente de desigualdad y se bloquean las oportunidades para muchos. Y, finalmente, la desigualdad meritocrática se vuelve tan extrema que otras fuerzas de la sociedad se levantan contra ella, y el orden se enfrenta a una verdadera amenaza existencial. Esa es la etapa a la que está entrando Estados Unidos ahora. El peso de la educación Daniel Markovits es parte de la élite hipereducada que describe en su libro. Licenciado en Matemáticas de la Universidad de Yale, se ganó una beca que le permitió irse a Inglaterra donde estudió Econometría en la London School of Economics y Filosofía en Oxford.
A su regreso completó su formación con un título de Leyes en la universidad en la que enseña hoy. —Usted es un meritócrata. ¿Tuvo que soportar la competencia y presión que describe en su libro? —Cuando era joven tuve que vivir parte de esa competencia. Ahora que tengo un cargo de profesor titular, ya no es tanto. Pero es muy importante entender que en el caso de Estados Unidos este sistema es relativamente nuevo. Eso significa que mi generación no alcanzó a pasar por nada parecido a lo que las generaciones más jóvenes se enfrentan hoy. Basta con tomar el ejemplo de la Universidad de Chicago: a mediados de los 90 aceptaba hasta al 70 por ciento de los postulantes; hoy recibe solo a un 6 por ciento de ellos. Eso da una idea muy clara de cuánto más dura es la competencia hoy. “Esta competencia se debe, en parte, al hecho de que hoy la universidad a la que va una persona es mucho más determinante para su futuro ingreso y estatus.
La gente está arañando su camino para tener éxito de manera mucho más intensa que antes”. En La trampa de la meritocracía, el autor habla del “poderoso carisma” y de la “glorificación” de la meritocracia, y revisa cómo se fue constituyendo en una alternativa moralmente superior a la aristocracia que sacaba sus privilegios de la familia en la cual nacía y no del esfuerzo, el talento o la ambición, como los meritócratas.
Mientras estos últimos trabajaban en pos de un bien común y se merecían, por ende, sus privilegios, la idea era que la aristocracia tendía a explotar a los demás para “Aunque tengas suficiente para comer, el hecho de que otra vente te domine completamente es una buena razón para protestar”. Mantener los suyos.
“Al identificarse con la decencia básica (... ), la meritocracia esconde el daño que le hace a todos quienes se encuentran con ella”, escribe Markovits en su libro. —¿ Cómo la meritocracia pasó de ser algo valioso a convertirse en una trampa? —La razón por la que la meritocracia fue tan exitosa en un comienzo, abriendo y ampliando las oportunidades, es que la antigua élite al ser aristocrática no tenía ni la capacidad ni el interés en formar a sus hijos. Entonces, cuando se empezó a avanzar a través de la competencia y la meritocracia, la antigua élite no estuvo en un buen lugar para competir. La nueva élite se creó ganando esa competencia, y los meritócratas son extremadamente eficientes a la hora de formar a sus hijos.
Esa combinación hizo que el mecanismo que en algún momento abrió la élite a gente nueva, ahora se haya convertido en una manera de alejar esa élite del resto. —¿ Cómo ve la situación en Chile? —Mi impresión es que Chile está en un momento de su desarrollo histórico más temprano que Estados Unidos y sigue teniendo una élite aristocrática significativa. En ese sentido, Chile está aún en la etapa en que la meritocracia hace más por crear igualdad que por quitar oportunidades.
La historia de Estados Unidos es una advertencia: usen esta técnica para combatir la desigualdad, pero no cometan el error de pensar que siempre servirá para eso. —¿ Qué cree que debe hacer Chile para no seguir el ejemplo estadounidense? —Es muy importante que al abrir oportunidades y al generar una élite mucho más dinámica se aseguren de que los nuevos ricos no se hagan demasiado ricos. Tiene que haber oportunidades para todos, pero de una manera modesta y amplia. Es muy importante que los meritócratas no capturen ingresos de cinco a 10 millones de dólares al año en base a su educación, porque una vez que eso ocurra, tendrán el poder de cerrar filas.
Desigualdad sin privacion En Estados Unidos, gran parte de los cambios que analiza Markovits se deben a la innovación tecnológica que permitió la creación de empleos de alto nivel, mientras provocaba la desaparición de puestos de trabajo atractivos para la clase media. El autor explica que las estadísticas muestran que hoy la clase media norteamericana trabaja menos horas de lo que lo hacía 100 años atrás y que las tasas de desempleo son bajas. Pero esas cifras, asegura, esconden una realidad poco alentadora. “La clase media trabaja menos horas no porque no quiera trabajar, sino porque la economía ya no crea suficientes buenos empleos.
La gente que busca empleo lo encuentra, pero no son buenos trabajos: los sueldos son bajos, no han aumentado en los últimos 50 años y eso hace que mucha más gente quede excluida del mundo laboral debido a las circunstancias del mercado del trabajo”, dice Markovits.
“Es un fenómeno nuevo en que se da una forma de desigualdad que se funda no en la explotación del trabajo de los pobres, sino que en la exclusión de la clase media trabajadora de empleos significativos”. A eso se suma lo que el autor llama la “inequidad sin privación”. El experto explica que en Estados Unidos se ha dado una doble dinámica: la desigualdad ha crecido y disminuido a la vez. Mientras la que distingue a los pobres de la clase media se ha ido reduciendo, la que separa la clase media de los ricos ha ido aumentando.
Esa es la desigualdad sin privación y tiene efectos nocivos, como la polarización, el populismo y lo que Markovits llama el “nativismo”, es decir, la desconfianza y la hostilidad hacia todo lo que no es de la propia sangre o suelo. —¿ Cuáles son los efectos sociales de la polarización que usted menciona? —En Estados Unidos hay dos tipos de efecto: uno es que la meritocracia excluye a la clase media y luego le dice que tiene la culpa de ello (porque no tiene los méritos necesarios). Ese insulto produce un daño psíquico muy grande. La crisis de los opioides en Estados Unidos tiene que ver con eso. Por otro lado, cuando la meritocracia le dice a la gente excluida que se lo merece, también le da un incentivo a rebelarse contra los que están incluidos.
Por lo tanto, se llega a la vez a una especie de estancamiento y daño a la clase media y al populismo y nativismo que vemos hoy en Estados Unidos. —A nivel global, parece haber cierto odio hacia el establishment, y en Chile, al menos, existe una gran desconfianza en las instituciones. ¿Eso ocurre porque son símbolos de esa élite excluidora? —No creo que sea solo simbólico. No conozco tanto el caso chileno, pero parte de lo que ocurre es que las instituciones, las prácticas y las leyes que los excluidos resienten, de verdad contribuyen a su exclusión. Su resentimiento no está desconectado de la realidad, pero, a veces, toma formas destructivas. Los reclamos legítimos pueden tomar una buena o una mala forma. Y el hecho de que se expresen de mala manera no implica que repentinamente lo que los gatilla esté bien. Detrás de esos reclamos, dice Markovits, está también el sentimiento de no sentirse escuchados.
“Aunque tengas suficiente para comer o seas menos pobre de lo que eran tus padres, el hecho de que otra gente te “Chile está aún en la etapa en que la meritocracia hace más por crear igualdad que por quitar oportunidades”. Domine completamente o domine la sociedad es una muy buena razón para protestar.
Esa es la fuente de la protesta, porque de manera creciente los ricos dominan la política y las leyes, y no le dejan a la clase media nada que decir”, dice. —En Chile hay mucha rabia por los casos de colusión y corrupción de los políticos y las grandes empresas. ¿La élite está haciendo leyes a su medida? —Una de las características más peligrosas de esta situación es que este tipo de desigualdad borra la línea entre legalidad y corrupción. Hay muchas maneras en que los ricos consiguen beneficios que otros no tienen y que son perfectamente legales. Eso se da porque el sistema está hecho de una manera que los favorece. En Chile, eso es especialmente cierto con respecto a partes de la Constitución de Pinochet que constitucionalizan ciertas formas de liberalismo económico y una ideología de libre mercado. El hecho de que la Constitución parezca favorecer a una clase sobre la otra, desacredita el proyecto de imperio de la ley dentro del constitucionalismo. El malestar de la élite Así como el discurso meritocrático culpa a la clase media por quedar excluida de la élite, le da a esta última la idea de que merece estar donde está.
Según Markovits, eso no solo es falso, sino que implica un costo altísimo para el sector más privilegiado de la sociedad. —Usted habla de la ansiedad de la élite. ¿A qué se refiere? —Si eres miembro de la antigua élite y eres rico porque heredaste mucha tierra, entonces tu riqueza te da libertad, porque puedes hacer que otros trabajen tu tierra para sacarle ganancias y vivir bien aunque seas ocioso. Pero si eres rico gracias a tu educación y formación, la única manera de sacarle ganancias a tu riqueza constituida, en este caso por tu capital humano y no por la tierra, es trabajando. Es decir, tienes que trabajar todo el tiempo y en todas las tareas que el mercado establece como las mejor pagadas. De lo contrario, no tendrás el dinero que necesitas para comprarles a tus hijos la misma educación que tus padres te dieron. Por lo tanto, la desigualdad meritocrática también entrampa a los ricos en este sistema. Y esa forma de alienación y autoexplotación es dañina para las élites. Son ricos, pero no significa que estén bien. Dice que entre los más afectados están los jóvenes. Markovits ha observado de cerca las generaciones de millenníals que han pasado por sus salas de clase y ha sido testigo de su malestar. “Los millennials son la primera generación que ha estado capturada en esta trampa durante toda su vida.
Por eso, lo que otros ven como una debilidad personal o un fracaso de los millenntals, a mí me parece más ser una respuesta natural, inevitable e incluso racional a las circunstancias en las que se encuentran”, dice. Cita distintos estudios que revelan cuán afectados están por la presión continua a la que están sometidos.
Uno de ellos, realizado recientemente en Silicon Valley, dice Markovits, indica que la mitad de los estudiantes tiene síntomas de depresión moderados a severos, y tres cuartos de ellos sufren de síntomas moderados a severos de ansiedad. Asimismo, un estudio inglés reveló que el estrés por las pruebas supera hoy la imagen corporal como fuente de ansiedad en los alumnos de la enseñanza media. Y en la Escuela de Leyes de Yale, donde trabaja Markovits, un 70 por ciento de los estudiantes respondió en una encuesta haber necesitado recurrir a servicios de salud mental. “Esta es una élite que tiene conciencia de que está en problemas, pero que no sabe cómo salir de sus ataduras”, dice el profesor.
“Ahora estos hechos no le dan a la élite el derecho a pretender contar con ayuda política o con la empatía de la clase media que no tiene ni el ingreso, ni el estatus, ni la seguridad con la que cuentan los niños ricos. Es un hecho que el sistema no es bueno para los ricos tampoco”. En su libro, Markovits entrega elementos que considera idóneos para salir de la trampa en la que se encuentra su país. Uno de ellos es un acceso más amplio a educación de calidad a través de una repartición más equitativa de los recursos. El autor también invita a reformar el mundo del trabajo. “Creo que se requieren regulaciones importantes a favor de los trabajadores de clase media. Pueden ser regulaciones que afectan a los sindicatos, pero también otras que eviten que las élites capturen una porción exagerada de algunos sectores económicos relevantes”, dice. En finanzas, por ejemplo, propone que se establezcan reglas que exijan una separación entre los bancos comerciales y de inversión. “Eso reduciría la rentabilidad de la superélite bancaria que le llega solo a los banqueros”, explica. En salud, considera que deberían haber normativas que favorezcan la salud pública y la medicina preventiva antes que los tratamientos caros y elaborados.
“Eso permitiría, ala vez, mejorar la salud pública y reequilibrar el sector médico, de manera que no se concentre tanto en los médicos supercalificados y muy bien pagados para incluir a trabajadores de la clase media, como enfermeros, expertos en nutrición y deporte, o especialistas en salud pública. Así mejoraría la salud de la población y se generaría un mercado laboral médico más igualitario”. —¿ Es optimista o pesimista cuando piensa en el futuro? —Soy dudoso. Por un lado, el tipo de desigualdad que se ha apoderado de la sociedad con una (alta) concentración de la riqueza e inequidades entre los ricos y la clase media, casi nunca termina bien. Por otro, las sociedades hoy son más ricas y sofisticadas que en el pasado. Así que pienso que el problema es muy peligroso, pero que existen fuerzas capaces de resolverlo con éxito. S “La desigualdad meritocrática también entrampa a los ricos en el sistema. Y esa forma de alienación y autoexplotación es dañiña para las élites”.