Pasajes históricos de la Costanera
Pasajes históricos de la Costanera Rodrigo Contreras Vergara S e ve bien la Costanera. Imagínese cuando construyan los edificios que van a reemplazar a los terremoteados del 2010. Uno más avanzado que el otro. Porque el de la 6 Oriente todavía está con el segundo piso que da pena. Ni que venga un nuevo 8.8 para que se termine de caer y el "Chanino" tenga, por fin, que dejar su local. Está bonita porque en los últimos años se han hecho varios arreglos.
Se mejoraron áreas verdes y veredas por la 6 Sur, se amononó la plazoleta justo en frente del edificio que se demolió para levantar uno nuevo y, claro, se rediseñaron los dos emblemáticos pasajes, el uno y el dos, con renovadas aceras, calles, señaléticas, iluminación y lomos de toro. Hasta una estilizada biblioteca callejera a medio vestir le da un toque de distinción a uno de los pasajes. La emblemática Costanera, que administrativamente me dice un vecino, no se llama Costanera. Se llama Tomás Marín de Poveda. Y yo que siempre la he conocido por Costanera. Que hasta viví un tiempo en el pasaje uno. Que compré un montón de veces verduras y bebidas en el "Chanino" y pan en la Santa Ana. Que tenía un colega, el "Queno" Rodríguez, que vive en uno de los pasajes, y otro que vivió en el segundo piso del edificio de la 6 Oriente. No estudié en la Escuela Costanera que está pegada a la población desde donde se puede escuchar el griterío de los alumnos en los recreos. Ni jugué en la cancha del club deportivo, vecina a la escuela, ni en la antigua de tierra ni en la de pasto sintético. Eso es la Costanera, y su patio en el Parque Piduco. Un buen barrio. Uno que tiene un club que funciona en la esquina de la 6 Oriente con 6 Sur, en una sede no oficial en el quiosco de diarios de Juan Carlos Orellana. En esta época de frío los socios cruzan la 6 Sur a sentarse en una banca mientras el sol, siempre constante, se va moviendo tímido. Hay socios fundadores que han vivido una vida en el sector; otros, hijos adoptivos, que por trabajo se han sumado; y unos pocos en condición de socios trashumantes. La asistencia es relativa. A veces sí, a veces no. Lo que no es relativo es la camaradería, el buen humor, la talla, el comentario para arreglar el mundo. La Costanera es más antigua que sus vecinas Abate Molina y Nueva Abate Molina. Los padres de Juan Carlos, Humberto Orellana y Gladys Líbano, llegaron en los primeros años de la población. Venían del sector Hospital, en la 2 Norte con 17 Oriente, cerca de donde pasaba el tren que iba a San Clemente. Don Humberto empezó a vender diarios en la época que los de circulación nacional llegaban desde Santiago en tren. Fueron los años dorados de los periódicos. Tuvo varios quioscos. Juan Carlos comenzó a ayudar a su padre desde niño. En la Plaza Abate Molina tenían un quisco y arrendaban bicicletas. Juan Carlos Orellana es de los socios fundadores del club que tiene a su quiosco como punto de referencia. No sede. Porque, obvio, solo cabe una persona en el quisco. Pero afuerita se celebran las reuniones en cesiones rotativas. O bien los socios cruzan la calle y se sientan en la banca de una bien cuidada área verde. De niños la mayoría de las actividades ocurrían en los pasajes. Ahí armaban los arcos con piedras y jugaban las eternas pichangas que en verano podían durar hasta que se escondía el sol. El equipo ganador disfrutaba de una bebida que compraban en el local de don Carlos Acuña en el primer piso del edificio de la 6 Sur. El perdedor para la casa. También se entretenían jugando a las bolitas o al trompo. Había buen ambiente, buenos vecinos. A veces don Carlos les regalaba algún engañito cuando jugaban en la improvisaba cancha que armaban frente a su local, donde hoy está la plazoleta.
Hoy Juan Carlos tiene 66 años y sigue abriendo todos los días su quiosco, y los fines de semana, especialmente el domingo, que es el día más fuerte, sale a repartir diarios a los clientes más fieles, a esos que duermen con un ejemplar en el velador. No le hablen a estos tradicionalistas de internet y las redes sociales. La Costanera ha cambiado, como han cambiado sus vecinos. Ha cambiado para bien en lo formal, con los avances de infraestructura, aunque todavía están pendientes los edificios terremoteados. Y los vecinos, bueno, la mayoría de los fundadores han muerto. Quizás si don Jaime, un ex bombero, podría ser el único que va quedando. Me dieron varias pistas para ubicarlo, pero no tuve suerte. No estaba en su casa. Ni tampoco me abrieron en la casa donde va a almorzar. Los que quedan son hijos o familiares. Y muchos nuevos que han comprado. En el pasaje dos de Juan Carlos, así a la rápida, cuenta cuatro nuevos vecinos. Juan Carlos estuvo 10 años afuera. Pero cuando fallecieron sus padres, después de conversar con sus hermanos, optó por quedarse en la casa familiar. Era lo que quería, regresar a la Costanera donde están sus mejores recuerdos. También por un tiempo se dedicó al corretaje de propiedades, pero terminó por volver a los diarios. En su juventud jugó fútbol en el Club Costanera. Su fuerte, en todo caso, fue el ciclismo. En los 80 corrió por el Club Vulgo Fuster y fue seleccionado de Talca. Años en que brillaban a nivel nacional Peter Tormen y Jaime Bretti. Actualmente la junta de vecinos de la población no tiene directiva. Juan Carlos dice que el municipio les ha pedido regularizar algunas situaciones, las que creían haber solucionado. Pero no. El asunto sigue pendiente. Mira, me acota Juan Carlos, mirando hacia la 6 Oriente. Ahí viene un ex dirigente del Club Deportivo Costanera, con muchos años en el sector. Juan Lara González tiene 75 años y, efectivamente, fue tesorero y secretario del club. Al principio como que no quería conversar. Juan Carlos lo anima y termina por aceptar el diálogo. Se va soltando. Se acerca otro socio y lo saluda. Juan le extiende la mano al estilo del soberano que es saludado por un súbdito. Se ríen. Yo soy un exiliado de la Costanera, explica con total afabilidad. Vivió muchos años en el pasaje uno, hasta que el terremoto del 2010 lo exilió a la Abate Molina. Aporta nuevos datos. Sus padres llegaron a la Costanera en 1953. Él tenía dos años. Cuenta que la población se construyó en dos etapas. Primero las casas de un piso de los pasajes y las de dos pisos que están por la 6 Oriente, a ambos lados de la calle. Luego se construyeron los edificios con locales comerciales en la parte baja. En la primera etapa la mayoría de los vecinos eran obreros de MALICAS-HOJAL RCBRA la CCU, ferrocarriles y suplementeros. El Club Deportivo partió en 1953, solo con fútbol. Luego se sumaron otras disciplinas como el básquetbol y el tenis de mesa. Juan Lara recuerda con especial orgullo cuando se gestionó el proyecto de la carpeta sintética para la cancha, idea apoyada por el diputado Pablo Lorenzini, fallecido el año pasado. Se acerca el socio Orellana y hace algunas acotaciones. Recuerdan las pichangas con pelotas de plástico que se disputaban entre los pasajes. El uno contra el dos. Juan Carlos en el equipo del dos. Juan en el uno. En los años en que había una pandereta baja que impedía el ingreso de vehículos a los pasajes. Hasta que la sacaron y pavimentaron las calles para que accedieran los camiones de la basura y las ambulancias. Los pasajes se ven tranquilos a media mañana. Hay espacio suficiente para que los vecinos estacionen sus autos. Está todo señalizado. Hay lomos de toro para evitar que los vehículos suban la velocidad. Y en las noches hay buena iluminación. Un par de señoras en el pasaje dos hablan con un maestro en la puerta de la casa. Les pregunto si podemos hablar. Me dicen que mejor vaya donde los Mardones unas casas más allá, porque ellos son bien antiguos. Un vecino que poda un árbol afuera de su casa tampoco quiere conversar. Es de los que llegó no hace mucho a la Costanera, cosa que también me parece interesante. No hay caso. Le pregunto por los Mardones y me indica la casa vecina. Toco el timbre y sale una señora que intenta callar a un perro que ladra. Lo entra y me dice que va saliendo, pero que puede hablar brevemente. Confirma que la familia lleva mucho tiempo en la población. Sus padres, José Mardones y Glorisa Bravo, llegaron de los primeros. Tuvieron siete hijas. De los antiguos ya no quedan. Y de los hijos, al menos en su pasaje, debe haber unos 4 o 5. La Costanera, acota, es una población tranquila y ahora con los arreglos quedó muy bonita. Da gusto vivir acá, concluye antes de volver a entrar a la casa. Se le hace tarde para salir. Olvidé preguntarle el nombre.. Están las historias de una población tradicional de Talca. Y están los pasajes históricos, el uno y el dos.
Y está el club de los socios sin sede que se reúnen en el quiosco de Juan Carlos Orellana en la 6 Sur con 6 Oriente Una biblioteca de paso le da un toque distinto al pasaje dos. Buena iluminación, amplias veredas y bancas. La renovación de los pasajes de la Costanera dejó muy conformes a los vecinos. Juan Carlos Orellana, vecino ilustre de la Costanera. Al otro lado de la calle su quiosco, lugar de encuentro de los socios del club de la 6 Sur con 6 Oriente. Juan Lara vivió hasta el 2010 en el pasaje uno. Luego partió exiliado a la Abate Molina. La familia Mardones es de las antiguas que queda en la Costanera. Pasajes históricos de la Costanera.