Cartas: Medio Oriente y Chile: la guerra lejana que golpea el bolsillo local
Cartas: Medio Oriente y Chile: la guerra lejana que golpea el bolsillo local Por estos días, en Chile seguimos la guerra en Medio Oriente como si fuera una noticia más del exterior, lejana y ajena, pero esa distancia es en realidad una ilusión. Porque mientras los titulares hablan de misiles y tensiones geopolíticas, el verdadero impacto ya empezó a sentirse en algo mucho más cercano "el costo de la vida" y no se trata solo del petróleo. Ese es, quizás, el error más común y peligroso al tratar de analizar esta crisis. Lo que está ocurriendo en el Estrecho de Ormuz no es únicamente un problema energético, es una interrupción simultánea de las cadenas de suministro críticas de la economía global: fertilizantes, químicos, metales, insumos tecnológicos. Es decir, todo lo que permite producir alimentos, construir ciudades, fabricar bienes y sostener la economía. Chile, por su propia estructura, está especialmente expuesto. No porque esté en el centro del conflicto, sino porque depende del mundo para funcionar. Importamos energía, fertilizantes, insumos industriales. Y cuando esas cadenas se tensan, el efecto llega rápido y sin filtros. Ya lo estamos viendo, el alza en los combustibles no es solo un dato, es el primer síntoma de algo mayor. Porque el precio de la energía es la base de toda la economía. Cuando sube, todo lo demás sigue: transporte, alimentos, construcción, servicios. Y con ello, la inflación, esa que aparentemente parecía finalmente bajo control, hoy vuelve a instalar dudas. No es solo cuánto suben los precios, sino por cuánto tiempo. Porque estos shocks no son transitorios en el sentido clásico, no responden a un ciclo financiero, sino a restricciones físicas, barcos que no pueden pasar, insumos que no llegan, producción que se detiene. El agro lo sentirá en los fertilizantes, la construcción en los materiales, la minería en sus costos, el comercio en sus márgenes, la banca en tasas que no bajan. Y las familias, en el supermercado, en el transporte y en la cuenta de la luz.
Ese es el verdadero hilo conductor: no hay un solo sector afectado, sino todos al mismo tiempo, y cuando eso ocurre, la economía deja de ajustarse de forma ordenada y comienza a tensionarse en múltiples frentes. Pero hay algo más profundo todavía, esta crisis expone una fragilidad estructural que muchas veces preferimos ignorar: la dependencia de cadenas globales largas, eficientes pero vulnerables. Basta un punto crítico, un estrecho, un puerto, un conflicto, para que todo el sistema empiece a tambalearse. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿ estamos preparados para un mundo más inestable, más fragmentado, más caro? Probablemente no del todo. Porque durante años nos acostumbramos a un escenario de abundancia relativa, de costos logísticos bajos, de acceso fluido a insumos. Ese mundo está cambiando. Y conflictos como este no son la excepción, sino la señal de una nueva normalidad. Ormuz no queda cerca de Chile en el mapa. Pero hoy está más presente de lo que parece: en el precio de la bencina, en el valor de los alimentos, en el costo de construir una casa o financiar un crédito. Los aproximadamente 14.500 kilómetros de distancia que nos separan, al final, no es solo geografía. Es solo una forma de mirar. Mario Navarro García, director Escuela de Ingeniería Comercial de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Mario Navarro García, director Escuela de Ingeniería Comercial de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad Tecnológica Metropolitana