Errores angelicales
Errores angelicales para siempre. El marxismo y el proyecto soviético serían la gran pugna entablada por estos dos titanes. Se suele pensar que los crímenes del estalinismo se conocieron en occidente solo en 1956, con ocasión del XX Congreso del Partido Comunista y las revelaciones de Khrushchev. Eso no es así, las purgas del 37 al 39 y el gulag eran vastamente conocidas por los intelectuales de la época. Ya entonces, 1950, Sartre declaraba que de ser ciertos los campos de concentración en la URSS era mejor no insistir en el punto puesto que era darle municiones a la propaganda del imperialismo norteamericano. Argumentaba Sartre que el Estado policial soviético era además un "momento" de la revolución en tránsito hacia su destino final, una sociedad libre y sin clases, y que aún se encontraba en estado de gracia. Este raro profetismo idealista, absolutamente extraño a Sartre, extraño a quien había dado forma a una filosofía como el existencialismo, fue uno de los puntos centrales de la crítica de Aron. En el intento de "someter la poesía de la ideología a la prosa de la realidad", Aron pone en jaque ambos conceptos.
El existencialismo supone, fundamentalmente, que la existencia precede a la esencia, que no hay tal esencia previa, sino que esta se construye a partir de las múltiples elecSolía oírse a principios de los 60 la expresión "prefiero equivocarme con Sartre a tener la razón con Aron". La sentencia se soltaba al aire sin ningún rubor por parte de la intelligentsia francesa.
Medio siglo después, y como respuesta a aquella taimada expresión, Michell Onfray, destacado filósofo francés, se despacha el siguiente silogismo: "A) Siendo `hombre de izquierda', yo, Onfray, prefiero a un hombre de izquierda que a uno de derecha. B) Siendo filósofo, prefiero lo justo a lo injusto, lo verdadero a lo falso. C) Siendo antes filósofo que de izquierdas, pongo por delante a B sobre A: más vale una verdad de derecha que un error de izquierda". Pero volvamos a Sartre y a Aron. Raymond Aron (1905-1983) y Jean Paul Sartre (1905-1980), los dos intelectuales más incidentes de la derecha y la izquierda de los 60 en el mundo, compartieron pupitre en el liceo Condorcet en su niñez. Ambos destacaron, naturalmente, como los más brillantes alumnos de su curso, y ese pecado original no acabaría sino con la muerte de ambos. Seguirían rumbos en la agregación a la École Normal Superior donde ambos aplicaron a filosofía. La amistad, en que compartieron copas en Les Deux Magots y su entusiasmo por la fenomenología de Husserl, duró hasta los primeros años después de la guerra.
En un programa radial en que Sartre había comparado a De Gaulle con Hitler, fue tildado por otros comensales gaullistas de "sucio comunista". Aron, que se encontraba presente no salió en ayuda de su amigo y Sartre le quitó su amistad ciones del individuo en el uso pleno de su libertad. "El hombre está condenado a ser libre", es uno de sus axiomas, el individuo crea su propia esencia, se elige a sí mismo. Resulta difícil conciliar aquella libertad a ese punto radical con un sistema tan omnipotente y orgánico, en que la voluntad humana se ve sometida a la voluntad colectiva, como es en el marxismo.
Como el papel lo aguanta todo, y la filosofía también, Sartre intentó dar respuesta a ese oxímoron en Crítica a la Razón Dialéctica de 1960, pero el resultado no convence; no puede desasirse de aquellas definiciones tempranas de El ser y la nada, según las cuales el destino del hombre es una "pasión vana" y donde niega que la historia pudiese tener algún sentido, y menos uno determinado y optimista. A estas contradicciones les dio con el mazo Aron con la publicación en 1954 de El opio de los intelectuales.
A los intelectuales marxistas por su lado, nunca los convenció el existencialismo, lo detestaban por relativista y quietista, y más que nada, por la idea de la angustia de la libertad, la sangre del cáliz del existencialismo. El marxista no tiene angustias existenciales, punto. Pero Sartre continuó amorosamente fiel al sistema.
En 1954, al regreso de su primer viaje a la URSS, declaró que había estado "en el país más democrático del mundo". Solo en 1956, cuando los tanques soviéticos entraron a sofocar el levantamiento obrero en Hungría, Sartre dio por terminado su romance con la URSS.
Pero lo que más irritaba a Aron, es que todas estas disquisiciones, solo podían darse en Francia, y en no en toda Francia, sino en París, y no en todo París, sino en Saint Germain de Prés, en un algún encantador café, como el Flore, Les Deux Magots, o la Lipp, ante una copa de chablis, en un hermoso día de primavera, contemplando pasar a los transeúntes, extasiados ante el panorama de una de las ciudades más bellas y sofisticadas del mundo, donde equivocarse con Sartre, c'est pas du tout grave. Raymond Aron y Jean Paul Sartre, los dos intelectuales más incidentes de la derecha y la izquierda de los 60 en el mundo, compartieron pupitre en el liceo Condorcet en su niñez. Ambos destacaron, naturalmente, como los más brillantes alumnos de su curso, y ese pecado original no acabaría sino con la muerte de ambos.
La columna de Gonzalo Contreras Lo que más irritaba a Aron, es que todas estas disquisiciones, solo podían darse en Francia, y en no en toda Francia, sino en París, y no en todo París, sino en Saint Germain de Prés, en un algún encantador café.... -