EDITORIAL: Violencia escolar, una alerta que también interpela a las familias
EDITORIAL: Violencia escolar, una alerta que también interpela a las familias dtoha Violencia escolar, una alerta que también ¡ nterpela a las familias El reciente crimen de un estudiante en Calama volvió a estremecer al país y reactivó un debate que, lejos de ser ajeno, también toca de cerca a nuestra región la violencia escolar y el clima de inseguridad en los establecimientos educacionales. Si bien se trata de un hecho extremo, lo cierto es que las señales de alerta se han venido acumulando.
En la zona, situaciones como la registrada en Rengo donde una amenaza de tiroteo difundida por redes sociales generó temor en la comunidad educativa y obligó a activar protocolos de seguridad dan cuenta de una preocupación creciente. Aunque en ese caso no se concretó concretó un ataque, el episodio evidenció el nivel de tensión que hoy enfrentan estudiantes, apoderados y docentes. La discusión pública suele centrarse en el rol de los colegios: reforzar reglamentos, endurecer sanciones o mejorar los protocolos de convivencia. Sin embargo, esa mirada resulta incompleta si no se aborda una dimensión dimensión clave: lo que ocurre fuera de la sala de clases, particularmente en el hogar. La escuela cumple una función formativa esencial, pero no puede reemplazar el rol de la familia en la enseñanza de valores, límites y respeto. Cuando esa base falla, los efectos inevitablemente se trasladan al entorno escolar. En este contexto, preocupa la creciente tendencia a delegar responsabilidades parentales en los establecimientos, exigiendo soluciones que exceden sus atribuciones. Experiencias internacionales muestran que este debate no es exclusivo de Chile. En países como Francia y Estados Estados Unidos se ha avanzado hacia esquemas donde los padres asumen responsabilidades más directas incluso incluso legales por las conductas de sus hijos. Sin trasladar mecánicamente esos modelos a la realidad nacional, sí dejan una señal clara: la formación no es una tarea delegable. Así, ante comunidades educativas que deben enfrentar episodios de alarma, amenazas o hechos de violencia, el desafío es compartido. La prevención no comienza con un protocolo, sino mucho antes, en la formación cotidiana que se entrega en el hogar. Abordar la violencia escolar con seriedad implica asumir asumir esa corresponsabilidad. No basta con exigir más a los colegios si, como sociedad, no se refuerza el papel insustituible de las familias. Porque, finalmente, la convivencia que se observa en las aulas es, en gran medida, el reflejo de lo que ocurre ocurre puertas adentro. Y es ahí donde comienza o se debilita la base de toda educación. LUIS FERNANDO GONZÁLEZ SUR DIRECTOR..