Columnas de Opinión: La Escuela Rural, el corazón de la comunidad
Columnas de Opinión: La Escuela Rural, el corazón de la comunidad H ay lugares donde la campana de la escuela es más que el inicio de la jornada: es el sonido que convoca a la comunidad entera. En el campo, la escuela no se reduce a un horario, es un refugio cuando llueve, es el espacio para las festividades comunitarias. Quien ha cruzado sus patios sabe que allí se tejen vínculos que cambian destinos.
En el centro de ese tejido están los profesores y profesoras rurales, quienes conocen las estaciones del clima tanto como los ritmos del aprendizaje; son capaces de leer en los ojos de sus niñas y niños lo que a veces no se dice en voz alta. En una misma sala, guían a quien recién aprende a leer y a quien se prepara para rendir una prueba decisiva. Todo eso es vocación que se practica a diario. La escuela rural les exige ser pedagogos y, a la vez, antropólogos del territorio; ser líderes y aprendices, mediadores culturales y guardianes de la esperanza. A su lado, las y los asistentes de la educación llevan adelante un trabajo silencioso pero fundamental. El auxiliar que llega antes que todos para encender la estufa, la encargada de alimentación que, con ingenio, transforma la cocina en un lugar de afecto; son ellos quienes muchas veces escuchan primero, contienen, orientan. Su trabajo es, también, pedagógico, porque educa en el ejemplo y en la coherencia. Y está, por supuesto, el rol insustituible de las familias. En el campo, la escuela no es un servicio "al que se va", sino que se transforma en un segundo hogar, un punto de encuentro para las familias del sector. Son ellas quienes transmiten a sus hijos la convicción de que aprender vale la pena. Así, la escuela se convierte en el centro de la comunidad. Es el lugar donde se celebra la cosecha, donde se enseña a cuidar el agua del estero y a respetar los oficios; donde la cultura local conversa con el mundo. En sus bibliotecas circulan libros y también historias orales; en sus talleres se aprende a multiplicar, pero también a sembrar, a reciclar, a tocar un instrumento, a pedir la palabra y a escuchar al otro.
Si miramos con atención, veremos que en las aulas multigrado florece un modelo de enseñanza que en otros entornos son más complejos de implementar, como el aprendizaje entre pares, la autonomía, el vínculo personalizado, la evaluación formativa que acompaña procesos y no solo resultados.
Veremos, también, que la naturaleza no es un telón de fondo sino parte del método: la huerta escolar enseña ciencias y responsabilidad; el cuidado del entorno enseña ciudadanía; la historia del lugar enseña identidad y pertenencia. Cuando la escuela rural abre sus puertas, el territorio entero se convierte en aula. Es evidente el rol fundamental de la escuela en el campo. En nuestro territorio, casi 4 mil niños y niñas asisten a 50 establecimientos educacionales rurales, lo que equivale a casi un 25% del total de la matrícula. Por lo tanto, tenemos responsabilidades y desafíos por delante.
La escuela rural representa la diversidad de la Región de Ñuble y de nuestro territorio, que respeta los saberes locales y ofrece igualdad de oportunidades, valores que tenemos que proteger y conectar con el mundo moderno.. Opinión Claudio Guíñez Pacheco Director ejecutivo del SLEP Valle Diguillín