Autor: Por Gonzalo Valdivia
Ignacio Agüero
Ignacio Agüero E siglo, en 1970, y su madre, si bien vivió varios años más, tampoco está en este mundo. Ninguno de esos encuentros será posible.
Desde la intimidad de su hogar, mientras la cámara se detiene en una vieja parra que aún se mantiene en pie y en los gatos que hacen de las suyas en el patio interior, el cineasta se fija como propósito poner a sus fallecidos progenitores al día con los acontecimientos que han marcado al país y a su familia durante los últimos 50 años.
Pero esa premisa es solo eso, una premisa, porque, como en tantas otras ocasiones, Ignacio Agüero se aproxima a su objetivo mediante un ángulo juguetón y oblicuo, que prioriza la exploración antes que las sentencias tajantes.
Cartas a mis padres muertos, el largometraje más reciente del reputado documentalista nacional, funciona como un trabajo epistolar que tiene como destinatarios a sus papás -cuya historia ya se asomó a través de El otro día (2012)-, pero es sobre todo un ejercicio en que el realizador practica su libertad creativa y su gusto por la divagación. "Yo siempre pensé que iba a hacer una película a los 50 años del golpe militar, pero finalmente no hice nada.
No me tincaba, la verdad", explica sentado en un café del centro de Valdivia, la primera parada del recorrido local de su nueva cinta. "Sí me quedó dando vueltas el hecho de que los 50 años del golpe militar y los 50 años de la muerte de mi padre coincidían en el tiempo, más o menos. Muerte de mi padre, Allende, golpe militar.
Entonces me dieron ganas de jugar el juego, donde yo les cuento a mis padres cómo ha sido la cuestión después de su muerte". Eso sí, advierte: "Juego ese juego con libertad, porque no hay nada que contar específicamente.
Es dar vueltas en torno a qué ha pasado en ese período". Ese enfoque le permite poner bajo el mismo paraguas a las nubes capitalinas, a Raúl Ruiz -"un amigo muerto que jugaba con los muertos y era un campeón de la muerte", I narrador presenta dos acciones que pretende realizar: ir a visitar a su padre e ir a visitar a su madre.
Luego se retracta, porque la realidad es que su papá murió hace más de medio señala en esta entrevista-, a un dirigente sindical que conoció a su papá en Madeco y a su amigo Pedro Meneses, dirigente campesino de Paine, víctima de detención forzada tras el golpe de Estado.
También entran en ese tejido las propias producciones del director: hay algunas imágenes de No olvidar (1982), sobre el hallazgo de los cuerpos de 15 campesinos detenidos desaparecidos encontrados en los hornos de Lonquén, y de Notas para una película (2022), su largometraje anterior. ¿Es, en parte, Cartas a mis padres muertos una revisión de su propia filmografía? El director contesta: "No lo había pensado, pero si tú lo pones así, podría ser". Agüero es más locuaz cuando se adentra en la capacidad de sus trabajos para proponer una situación, desviarse, proponer otra y volver a desviarse.
Es en ese terreno donde su cine florece y donde se siente más cómodo hablando, cuando la conversación gira hacia su interés por construir verdaderos mosaicos compuestos de ingredientes propios y ajenos, que le permiten serpentear entre diferentes materias.
Galardonado con el Premio Especial del Jurado en la Competencia Internacional del Festival de Documental de Yamagata, el filme se mostró a nivel nacional en FICValdivia y Fidocs, y se proyectará este lunes a las 19.30 en el Festival de Cine UC. Luego, el 21 de enero, en la Sala K dará inicio a una ruta por diversas regiones del país.
Usted cuenta que a su padre le gustaba filmar los buques y a su familia. ¿ Había revisado ese material en otro momento de su vida? ¿ Qué le sorprendió? Ignacio Agüero Documentalista LT CULTO Sí. Sorprende todo. Sorprende la belleza de los materiales, sorprende el juego que él estaba haciendo siempre. Era de alguna manera conocerlo también. Su atracción por el mar; siempre andaba buscando los buques. Como yo le digo al mismo dirigente sindical, mi padre era un hombre muy duro en la casa, pero al mismo tiempo era muy juguetón y se divertía mucho. La cámara era una de sus aficiones. Hay una gran cantidad de material de él filmando a la gente. Se entretenía con eso. Yo me sorprendía al ver ese afán, pero nunca pensé que eso podría estar en una de mis películas. Hasta ahora. En la revisión más reciente de ese material, ¿diría que hubo alguna imagen particular qué le llamó la atención y podría explicar la realización de esta película? No es algo particular. Yo creo que lo interesante es el salto de una cosa a la otra. Uno cree que la película se va a quedar en un cuento y de repente salta a otro, y entonces se van relacionando. Y se va armando una especie de mosaico. Uno lo puede llamar mosaico. Un panorama, una constelación de cosas. Eso es lo interesante de la película.
Es ir armando un total incompleto de partes en donde entran el pasado y el presente, el gato que se cae del techo, lo que filmaba mi padre, lo que filmaba yo, mis padres muertos, la vida en familia, el golpe militar, la historia de Chile. Todo eso yo apuesto a que tiene un sentido, que es pensar en las vidas de las personas. Yo creo que el espectador engancha y le atrae, porque ve su propia vida. Se comunica con la película porque más o menos descubre cómo se va haciendo, y participa de ese juego. Creo que de algún modo el espectador se siente un creador de la película. En el conversatorio posterior a su estreno en FICValdivia, su montajista (Claudio Aguilar) mencionó que en algún momento él imaginó que el documental iba a tratar un poco más sobre su madre. Presumo que el resultado final tiene que ver con que usted tiene muchos más recuerdos de ella que de su padre. ¿ Es así? Exacto. Ella murió mucho después. Lo que pasa es que yo no quería hacer una película que se llamara Cartas a mi padre muerto. El montajista tenía esa preocupación y me ofrecía planos que quedaron fuera. Pero igual ella está muy, muy presente. Tanto porque está filmada por mi padre como porque yo hablo de ella. En el filme no hay demasiadas imágenes ni sobre el Chile actual ni sobre el país posterior a los 90. ¿ Por qué no le interesó eso? Eso es otro formato, el formato de informe. La película es un juego en el tiempo que cruza todos los tiempos. Yo podría decir que los 90, los 2000 y los 2020 están ahí, están ahí en el aire, pero no están en la forma de un informe. El presente de la película es el año de realización, el 2025, y a partir de ahí se mueve por todos lados. Además, la película se queda bastante pegada en el golpe militar. En ese guaracazo que dio vuelta todo en este país. Siguiendo la lógica de especulación que tiene la película en algunos momentos, ¿qué cree que hubiera dicho Raúl Ruiz tras verla? Nada. No habría dicho nada. No era su estilo hablar de las películas. Ni de las de él ni de las de los demás. ® "El espectador se siente un creador de esta película" Autor: Por Gonzalo Valdivia.
El reconocido documentalista presenta Cartas a mis padres muertos, filme en que -de manera oblicua y exploratoriapone al día a sus papás de los sucesos familiares y políticos de los últimos 50 años. "La película es un juego en el tiempo que cruza todos los tiempos", señala a Culto sobre la cinta, que es parte del Festival de Cine UC y llegará a salas locales durante este mes. "El espectador se siente un creador de esta película"