Autor: Dr. Pablo Herrera, inmunólogo del Hospital Barros Luco y Clínica Las Condes
Columnas de Opinión: La salud que no se ve: cuando la enfermedad no mata, pero limita
Columnas de Opinión: La salud que no se ve: cuando la enfermedad no mata, pero limita Chile está experimentando un cambio demográfico profundo.
La población está envejeciendo a un ritmo acelerado y, con ello, también cambian los desafíos en salud, en línea con lo que advierten la Organización Mundial de la Salud1 (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud2 (OPS) respecto al impacto en los sistemas sanitarios.
Uno de los problemas más comunes son las enfermedades crónicas, también conocidas como "no transmisibles". Algunos expertos explican que la alta prevalencia de estas patologías en la actualidad se debe al rápido crecimiento de este segmento, ya que son principalmente las personas mayores quienes más las padecen3. El dolor crónico4, la pérdida de autonomía y el aislamiento social5 forman parte de una carga que sigue siendo poco visible, pese a su creciente repercusión. Se trata de condiciones tales como el dolor de cuello o espaldaque muchas veces quedan fuera del foco de las políticas públicas, precisamente porque no inciden directamente en los indicadores tradicionales como la mortalidad.
Sin embargo, su impacto es profundo: afecta la funcionalidad, la independencia y el bienestar de las personas, además de generar una presión creciente sobre los sistemas de salud, al configurarse dentro de las principales causas mundiales de años de vida ajustados por discapacidad, según los indicadores de la OMS6. En nuestro país, las cifras son claras. Según el INE, se espera que para el año 2070 las personas de 65 años o más superen el 40% de la población7, lo que implica un giro radical en las necesidades de salud. Este escenario no solo tensiona al sistema, sino que también redefine nuestras prioridades: ya no basta con vivir más; el desafío es vivir mejor.
Algo posible si aunamos voluntades y aprovechamos los avances en salud, que hoy avanzan a gran velocidad (como fue el caso de las vacunas contra el COVID-19, que se produjeron en menos de un año8). Sabemos que, debido a cambios en el sistema inmune -propios del paso del tiempo-, aumentan las afecciones que pueden presentarse de manera inesperada en la adultez. Un ejemplo es el herpes zóster, que se produce por la reactivación del virus de la varicela, y que puede permanecer latente en el organismo por décadas9. Se estima que una de cada tres personas desarrollará esta condición a lo largo de su vida10, con un riesgo que aumenta significativamente después de los 50 años11 y 12. Su manifestación, muchas veces dolorosa e incapacitante, puede afectar de manera sostenida a personas en plena etapa productiva, repercutiendo en su vida laboral, social y emocional13. Más allá de los síntomas visibles, el herpes zóster refleja un desafío mayor: cómo enfrentamos enfermedades que no siempre ponen en riesgo la vida, pero que sí pueden deteriorarla profundamente. Invisibilizarlas tiene un costo, porque retrasa su diagnóstico, limita su abordaje oportuno y reduce la percepción de riesgo en la población. Frente a este escenario, es fundamental avanzar hacia un enfoque más preventivo, oportuno y colaborativo. Los sistemas de salud más resilientes son aquellos que logran articular esfuerzos entre el sector público, la academia, los equipos clínicos y el sector privado. Esta integración permite no solo mejorar el acceso, sino también anticiparse a los riesgos y responder con mayor eficacia a las necesidades de la población. Autor: Dr. Pablo Herrera, inmunólogo del Hospital Barros Luco y Clínica Las Condes. Dr. Pablo Herrera, inmunólogo del Hospital Barros Luco y Clínica Las Condes