El regreso que también educa
El regreso que también educa El verano comienza a despedirse lentamente. En las casas se mezclan mochilas nuevas, uniformes doblados y conversaciones que, a veces en voz baja, anticipan el regreso a clases.
Para miles de niños, niñas y jóvenes, este momento marca un nuevo comienzo: algunos llegarán por primera vez a la sala cuna, al jardín infantil o al colegio; otros volverán a reencontrarse con pasillos conocidos, amistades y rutinas olvidadas durante las vacaciones. No todos viven este proceso de la misma forma. Hay quienes esperan con entusiasmo la oportunidad de aprender algo nuevo, conocer compañeros o reencontrarse con profesores. Pero también están quienes sienten ansiedad, dudas o inseguridad ante los cambios que se aproximan. Y es que toda transición tiene algo de incertidumbre; moverse de un lugar conocido hacia lo desconocido siempre despierta emociones mezcladas. En medio de ese escenario, los adultos juegan un papel silencioso pero decisivo. Muchas veces, sin notarlo, transmiten sus propias emociones. Si el regreso se vive con preocupación, los más pequeños aprenden a preocuparse también. Si escuchan críticas o descalificaciones hacia los educadores, pueden asumir que desconfiar es la forma natural de enfrentar la escuela. Incluso cuando se presenta el colegio como una obligación inevitable, se instala la idea de que asistir es algo que se debe soportar más que disfrutar. Sin embargo, el efecto puede ser completamente distinto cuando el mensaje cambia. Cuando se confía en los niños y jóvenes, cuando se les muestra que avanzar de un nivel a otro abre puertas y oportunida des, el retorno se transforma en una experiencia más amable. Escuchar sin juzgar, conversar con calma y validar emociones ayuda a que la transición deje de ser una amenaza y se convierta en un espacio de conexión con otros. La confianza es una construcción lenta. Se edifica desde los primeros años, permitiendo explorar mientras los adultos permanecen cerca, disponibles, pero sin invadir. Significa creer que cada niño es capaz de intentar, equivocarse y volver a intentar. También implica estabilidad: rutinas claras, límites coherentes y una presencia adulta que transmita seguridad. A veces, sin darnos cuenta, enviamos mensajes contradictorios. Decimos "tú puedes" mientras nuestra voz revela nerviosismo, o llenamos cada experiencia de preguntas y cuestionamientos que más que ayudar, presionan. Confiar también significa dar espacio, aceptar que los conflictos son parte natural del aprendizaje y que cada persona vive los procesos a su propio ritmo. Por eso, el regreso a clases no debería prepararse a último minuto ni evitarse como tema. La confianza se cultiva desde mucho antes, en pequeñas acciones cotidianas que enseñan que el cambio no es algo que temer. Cada transición, aunque incómoda, es también una oportunidad de crecimiento; no solo para quien la vive, sino para todo su entorno. Al final, el retorno a clases no se trata únicamente de horarios o cuadernos nuevos. Se trata de cómo acompañamos, de cómo miramos a quienes comienzan o continúan su camino educativo, y de la certeza silenciosa que podemos transmitirles: que avanzar siempre vale la pena cuando alguien confía en ti. María Teresa González Muzzio, directora de la Escuela de Pedagogía en Educación Parvularia de la Universidad Católica.