Todos colaboran EN PUCHEGÜÍN
Todos colaboran EN PUCHEGÜÍN L O I F N A I T S I R C Cuando arribamos al valle de Cochamó, antes siquiera de hacernos una idea de lo que se viene, los voluntarios del Centro de Visitantes advierten: “El camino es muy barroso, muy resbaloso. Pero tranquilos, que, pasado el cuarto kilómetro, cede”. Eran once en total. Veremos. Las paredes de lodo de hasta dos metros que parecen trincheras están repletas de un musgo húmedo y suave. Los senderos pensados tanto para caballos pilcheros dirigidos por arrieros como para visitantes (y en sus orígenes, para arrear ganado engordado) cubren nuestros talones con un barro que succiona todo a su paso. Casi como arena movediza. Así que a la mala tengo que aprender a avanzar con los cordones bien amarrados, o nuevamente dejaría una zapatilla enterrada en el barro. El camino es silente. Siempre en fila india y siguiendo las estrechas huellas que parecen más consistentes, vamos con Bernardita Ortiz, encargada de comunicaciones de Puelo Patagonia, y Julian Smith, periodista de Nature Conservancy Magazine.
Cada uno preocupado por su respiración, por no caerse, por esperar su momento para cruzar puentes de madera que no soportan el peso de más de una persona a la vez... , deleitándonos con algún ave a nuestro paso. O una cascada visible a la distancia y el río en el que desemboca, que marca el paisaje y contrasta con los dominantes cerros hoy bañados en sol. De pronto, algo quiebra la quietud. ¡Zzzzzzzzh-rrrrrrr! El sonido continuo, vibrante. Rodeamos la curva que nos acerca al origen del estruendo: miembros de la organización Arrieros de Cochamó asierran madera de canelo y ulmo en láminas. Los hombres, al menos ocho, dicen que el paso de caballos, sumado a la lluvia, erosionó aún más este paso. Así que se juntaron, CAMPO AVENTURA. Este sin esperar llamado o mandato de nadie, para construir pasarelas. La tarea la asumen por su cuenta, sin reclamos ni cobrar, con herramientas que traen de sus casas. “Nadie nos pide o nos dice que lo hagamos. Poder ayudar a la comunidad y compartir entre nosotros es lo importante”, dice uno de ellos. En Cochamó, nos aseguran, este tipo de gestos no son excepcionales. Son la regla. En los kilómetros siguientes, agradeceremos toparnos con esas planchas de madera para dar, por fin, un paso firme. A buen ritmo, llegamos a Campo Aventura en menos de cuatro horas. Aquí se abre el paraje. El bosque alzado se despeja y quedan expuestas las famosas montañas de Cochamó, con sus paredes verticales, por las que incluso el escalador estadounidense Alex Honnold ha trepado, y lo ha comparado con Yosemite. Vemos también el lodge donde pasaremos los siguientes días. Es más de lo que esperaba: duchas, quinchos, dos cuartos matrimoniales y otros dos para compartir. La cocina a leña está encendida. “Ahí está el cerro al que subiremos uno de estos días”. Bernardita señala una pared de granito. No puedo pensar en otro trekking. Necesito ducha y comida. O comida y ducha, Z I T R O A T I D R A N R E B da igual el orden. Lo que sí importa es que el caldero que da agua tibia a las duchas del lodge depende de que la cocina a leña esté encendida. “Es como Calcifer”, dice Patrick Chávez, que es el primer guardaparques de Puchegüín, en referencia a la ya clásica película animada japonesa El castillo ambulante. Patrick y Favián Sandoval, arriero y fundador de Southern Trips, esperaban para recibirnos con una pasta acompañada de crema, champiñones y camarones. Favián dice que hace tiempo que no come este marisco. Ni ningún otro producto del mar. Parece curioso. Teniendo el mar a pocos kilómetros. La salmonicultura por toda la región Justamente, por ahí va el problema. Parece que hoy nadie en Cochamó quiere dedicarse a la pesca artesanal. La industria del salmón lo abarca todo y exporta su producción. “La salmonicultura gobierna”, dice Patrick Chávez. Oí a alguien decir: “El que entra al valle de Cochamó, sale distinto”. Pero no todos entran. Muchos niños de la misma comuna, de hecho, crecen sin haberlo recorrido. Entre la actividad salmonera como fuente de trabajo y la migración a ciudades como Puerto Varas o Santiago, el valle a veces se vuelve lejano incluso para quienes nacieron cerca. A partir de esa mirada, nace una idea que poco a poco comenzaron a gestionar. “Queríamos mostrarles aunque sea una pincelada a los niños para que no solo conozcan el mar”, dice Chávez. Frente a eso, la organización Puelo Patagonia ha optado por intervenir. Desde 2024 impulsan el programa Descubriendo la riqueza natural y cultural de mi comuna, que se implementa en las escuelas de Cochamó y de Puelo. No se trata solo de clases. También hay salidas al valle. Los niños llegan a adentrarse en estos paisajes gracias a una red completa: arrieros que organizan el traslado, campings que coordinan alojamiento, guías locales que les muestran y explican el lugar. Son visitas educativas, donde los llevan a conocer muros de granito, aprenden sobre el estilo de vida que se desarrolla aquí: pese a que solo están a unos kilómetros de distancia, es amplia la diferencia. De paso, conocen algo que podría convertirse en una nueva pasión escalada, o algo diferente a lo que dedicarse turismo.
“Queremos que los niños no sean la excepción, sino la mayoría”, dice Patrick, y agrega: “Con que uno escale me doy por pagado”. Algo similar hacen durante los meses de verano: voluntariados que replican el trabajo de los arrieros y preparan la zona para los inviernos. En plena pandemia, este proyecto partió por una urgencia concreta. Andrés Diez, director ejecutivo de la organización, recuerda la visita que hicieron a un hombre de 83 años que viviría su primera Navidad solo en la montaña. Su esposa estaba hospitalizada y sus hijos se habían ido. “Me dije: Tenemos que hacer algo”, recuerda. Publicaron un llamado en redes sociales. Llegaron cuatro voluntarias. Al año siguiente fueron 16. Hoy reciben más de 2.000 postulaciones para 24 cupos. Durante semanas, esos voluntarios viven con familias aisladas: cortan pasto para el invierno, ayudan con los animales, trabajan la tierra. En el norte de Puchegüín, un sector que desde el 2023 se conoce como Santuario de la Naturaleza Valle Cochamó, se encuentra el camping La Junta. Actualmente, su administrador, Juan Catón, también se desempeña como presidente de la Organización Valle Cochamó. Para llegar a La Junta hay que cruzar el río nuevamente usando unos carritos de madera que llevan hasta la otra orilla, aproximadamente, a 20 minutos de Campo Aventura. Ahí, Juan Catón relata los esfuerzos por preservar Puchegüín, un lugar que define como “utópico”. Porque no se protegió solo. Las señaléticas, los senderos, los llamados a recaudar fondos, todo lo hizo la propia comunidad. Ese trabajo silencioso también se traduce en algo más visible: información en terreno, rutas marcadas, llamados a cuidar el entorno. Cada elemento parece ya casi parte del paisaje, pero fueron los vecinos de la zona quienes los habilitaron. Y parte de ese esfuerzo también se extiende a la conservación. A través de cámaras trampa instaladas junto a personas del valle y organizaciones como Puelo Patagonia, el Club Andino y la Organización Valle Cochamó han logrado registrar especies que durante años permanecieron casi como leyendas. “Encontramos el unicornio”, dicen en broma cuando hablan de los primeros registros del huemul. Las imágenes difundidas incluso a nivel internacional no solo confirmaron la presencia de este animal. También hizo todavía más urgente la necesidad de crear conciencia sobre el valor de la zona donde viven. En el camping observamos que el flujo de visitantes no se detiene cuando ya estamos adentrados en el otoño. Hay señas comunes: mochilas, cuerdas, cascos. Los escaladores entran y salen pese a la lluvia. Al ojo, son decenas. Quizá más. Sin embargo, todo está controlado.
“A diferencia de lo que cualquiera podría pensar, no queremos que entre tanta gente”, dice Felipe Ugalde, administrador del Centro de Visitantes: “Hacemos todo al revés”. Cada temporada llegan cerca de 15 mil personas, una cifra que se mantiene estable no por falta de interés, sino por decisión de todos. El acceso se monitorea, se educa a los visitantes y se limita el impacto bajo el principio “No dejar rastro”. El trabajo no es menor. El Centro de Visitantes funciona sin cobro por acceso. Eso implica que cada año deben recaudar millones fuera de temporada para sostener su operación. ¿Cómo? Principalmente, con el aporte voluntario que dejan las personas. Hay algo en Puchegüín que conquista a primera vista.
De otra forma, difícilmente se explica que fundaciones y personas decidieran donar hasta juntar los millones de dólares que permitieron adquirir un predio del que sabían poco, dispuestos a ser parte de una hazaña que incluso a la directiva de la ONG a cargo, Puelo Patagonia, le cuesta creer aún. Todo partió con Wyss Foundation. En medio de las gestiones para el desarrollo de un proyecto inmobiliario en la entrada del valle, y hasta una central hidroeléctrica, Puelo Patagonia promovió una alternativa, una ambiciosa iniciativa de conservación. De esta manera, articularon una estrategia de protección basada en múltiples herramientas legales: reserva de agua, Zona de Interés Turístico, Santuario de la Naturaleza. Aunque no tenían la estructura legal y financiera, a Wyss (fundación estadounidense sin fines de lucro orientada a respaldar esfuerzos de conservación) le bastó. Con el tiempo se sumaron otros actores como The Nature Conservancy, además de fundaciones como Freyja y la marca Patagonia. El acuerdo era claro: si no lograban reunir el monto total (cerca de 150 millones de dólares), tendrían que devolver cada aporte. “No somos tan inteligentes y no tenemos tan buenos informes”, dice Andrés Amengual, de la directiva de Puelo Patagonia. “Lo que pasa es que la naturaleza hace su trabajo. Ahí se enamoran y eso es lo que decide que nos ayuden finalmente. Eso es lo radical. Eso que a nosotros nos conmovió de alguna manera, lo usamos y se los presentamos a la persona. Somos nada más que presentadores”, agrega. Sí, el proyecto era atractivo. Y parecía viable. Pero fue Puchegüín mismo el que convenció a todos. “Nosotros somos una especie de judoka. O sea, el judo no ejerce fuerza, administra fuerza, y lo que no hacemos nosotros es administrar la fuerza de la naturaleza”, dice Amengual. Las decisiones más inusuales vinieron después. Pese a liderar el proyecto, Puelo Patagonia optó por no convertirse en propietaria del terreno. En su lugar, impulsaron una estructura compartida entre los involucrados. “Quisimos generar una fundación conformada por todos los aliados para efectos de que no hubiera duda respecto al destino final y a nuestras intenciones”, dice Andrés Amengual, que además es abogado. “Se conecta con una suerte de decisión que tomamos en orden de hacer del proceso lo más transparente posible. Ha sido un pilar que ha atravesado toda nuestras actividades”, agrega. Luego, otra decisión inusual.
Una que, por recomendación de gente con experiencia en este tipo de procesos, podrían haber esquivado: durante años visitaron casa por casa a los vecinos de Cochamó, en especial a los más aislados en las montañas. A los que habitualmente no se les consulta. Por ahí partieron. No hubo reuniones masivas, solo conversaciones individuales sobre lo que intentaban hacer, y qué opinión les merecía.
Los comentarios eran más o menos iguales, y podrían resumirse en una pregunta que recibieron los organizadores como respuesta ante sus esfuerzos por proteger este valle y sus montañas: “¿ Pero cómo no voy a querer cuidar el lugar de donde viene el agua que yo tomo todos los días?”. Aunque también debieron enfrentar miradas escépticas, siguieron adelante. Andrés Amengual dice que sabía que tenían un as bajo la manga. “El origen de la fuerza”, lo llama: “¿ Por qué estamos absolutamente locos y enamorados por el lugar? Nos une un sentimiento demasiado profundo. Ustedes se van a exponer a la fuente de la locura: ese valle y esas montañas que hablan con nosotros. Es muy potente. Y conecta y justifica el devenir de los donantes”, dice. La compra del fundo Puchegüín no es el inicio de esta historia, sino otro capítulo en su historia. Aquí, donde durante años los niños debían dejar sus casas para ir a estudiar lejos, hay mayor conexión. Donde los arrieros recorrían las huellas contra toda dificultad, ahora guían a los visitantes y comparten su experiencia. Donde los recados circulaban por radio, ahora hacen videollamadas. Este lugar atrapó a Patrick, que dejó su trabajo para dedicarse a ser guardaparques, y a Favián, que desde 1997 nunca más se fue. Ya no hay miedos sobre el futuro: “Lo tenemos todo controlado”, dice Favián Sandoval. “Si con muy pocos recursos hemos logrado esto, con Puchegüín tenemos aún más posibilidades”, sentencia. Lo que sigue ahora es parte de un proceso estimado en siete años. Desde diciembre del 2025 se activó la cuenta regresiva para desarrollar lo que llaman el plan de conservación y zonificación.
La idea es simple y se acomoda a las necesidades de la comunidad: de sus 133 mil hectáreas, un 80 por ciento quedará bajo el concepto de “Zona de conservación estricta”, cuyos objetos de protección son ecosistemas como bosques de alerce y hábitats de especies en peligro. El resto se destinará a “Área de múltiples usos” para ganadería y agricultura a baja escala. Es decir, para arrieros y vecinos, y también turismo de naturaleza. Al final, ensuciarse hasta los calcetines de lodo y encaramarse sobre bifurcaciones deja de sentirse como una dura prueba. Es parte del encanto de estas miles de hectáreas que quitan el aliento y que muestran por qué tantos siguen luchando para mantenerlo sin cambios. D. Una visita al llamado “Yosemite de Sudamérica” basta para entender por qué personas y fundaciones de distintos rincones del mundo decidieron donar dinero para su compra, para mantenerlo intocado en manos de su gente. Aquí, los locales y las organizaciones del valle muestran por qué era urgente protegerlo y cómo lograron esto, un trabajo sorprendente, pero aún en sus primeros pasos. TEXTO Y FOTOS: Michelle Ponce Romero, DESDE LA REGIÓN DE LOS LAGOS. OBRAS. Estos puentes, hechos por los propios arrieros, llevan años resistiendo el duro clima y el paso de los caminantes. lodge abre de diciembre a abril y recibe voluntarios y proyectos de investigación. BOSQUE. El valle abarca unas 18.000 hectáreas cubiertas de alerce, el 10 por ciento de esta especie a nivel mundial. GRANITO. Las paredes de Cochamó han alcanzado fama mundial para la escalada. COMPROMISO. Juan Catón, presidente de la Organización Valle Cochamó. VECINA. Esta perrita llamada Lisa recibe a los visitantes del lodge. ENTRADA. En el Centro de Visitantes realizan una breve charla de introducción. Se sustenta con los aportes voluntarios. MEDIO. Estos carritos sirven para cruzar el río Cochamó con mayor seguridad. APOYO. Para no cargar peso en la ruta, está la opción de contratar un pilchero, lo que debe coordinarse con anticipación. LA JUNTA. En este lugar se registran quienes vienen a acampar y escalar. Los servicios son básicos, pero funcionales. FAVIÁN SANDOVAL. Arriero y montañista, con su agencia Southern Trips guía cabalgatas hasta el Paso El León. LABOR. Algunos arrieros del valle de Cochamó han sido declarados “Tesoros humanos vivos”. Hoy trabajan por la conservación. VECINA. Esta perrita llamada Lisa recibe a los visitantes del lodge. Todos colaboran EN PUCHEGÜÍN. OBRAS. Estos puentes, hechos por los propios arrieros, llevan años resistiendo el duro clima y el paso de los caminantes. lodge abre de diciembre a abril y recibe voluntarios y proyectos de investigación. BOSQUE. El valle abarca unas 18.000 hectáreas cubiertas de alerce, el 10 por ciento de esta especie a nivel mundial. GRANITO. Las paredes de Cochamó han alcanzado fama mundial para la escalada. COMPROMISO. Juan Catón, presidente de la Organización Valle Cochamó. VECINA. Esta perrita llamada Lisa recibe a los visitantes del lodge. ENTRADA. En el Centro de Visitantes realizan una breve charla de introducción. Se sustenta con los aportes voluntarios. MEDIO. Estos carritos sirven para cruzar el río Cochamó con mayor seguridad. APOYO. Para no cargar peso en la ruta, está la opción de contratar un pilchero, lo que debe coordinarse con anticipación. LA JUNTA. En este lugar se registran quienes vienen a acampar y escalar. Los servicios son básicos, pero funcionales. FAVIÁN SANDOVAL. Arriero y montañista, con su agencia Southern Trips guía cabalgatas hasta el Paso El León. LABOR. Algunos arrieros del valle de Cochamó han sido declarados “Tesoros humanos vivos”. Hoy trabajan por la conservación. VECINA. Esta perrita llamada Lisa recibe a los visitantes del lodge.