Autor: Padre Osvaldo Fernández de Castro
La resurrección y la vida
La resurrección y la vida “Al oírlo Jesús, dijo: Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para gloria de Dios, y el Hijo del Hombre será glorificado por ella”. (Jn, 11,4). San Juan (11,3-7.17, 20-27.33b-45) E n nuestra cultura contemporánea, la muerte es un gran tabú. Incluso para las personas de fe. Con frecuencia reducimos la oración a un ruego para que Dios prolongue nuestra existencia biológica, mientras la ciencia y la tecnología avanzan incansables buscando ese mismo propósito. Pero, en medio de ese esfuerzo por alargar el tiempo, no siempre cultivamos con igual dedicación aquello que da verdadero sentido a la vida y nos hace vivir de verdad: nuestra dimensión espiritual. El pasaje de la resurrección de Lázaro nos enfrenta a ese dilema humano.
Marta recibe a Jesús con un reclamo que conocemos bien: “Señor, si hubieras estado aquí”. Es la voz del desconsuelo y de la impotencia, la nuestra, cuando buscamos retener a quienes amamos en este mundo, como si la vida fuera solo este tramo limitado y frágil. Pero el Evangelio nos invita a una comprensión más profunda. Lo que ocurrió con Lázaro no fue una victoria definitiva sobre la muerte, sino más bien una reanimación: volvió a esta vida, pero, como todos, más adelante volvió a morir. Si Cristo hubiese venido únicamente a devolvernos a este mismo ciclo de envejecimiento y finitud, no habría resuelto nuestro mayor anhelo; solo lo habría postergado. Su propósito es mucho más hondo: revelarnos que existe una vida que no se corrompe, se trata de una vida divina que se nos da ya desde ahora. Para acercarnos a este misterio, ayuda la tierna imagen de dos gemelos en el vientre materno.
Cuando uno nace, para el que queda adentro pareciera que su hermano ha desaparecido; no sabe que simplemente ha entrado en una realidad más amplia, llena de luz, donde por fin podrá ver el rostro de su madre. Así también, cuando la oruga se transforma en mariposa, esta no deja de existir, sino que se realiza plenamente.
Por eso Jesús dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá”. Nos recuerda que no somos solo biología con fecha de término, sino portadores de una vida eterna que comienza hoy desde lo más íntimo del corazón humano. En Betania, Jesús da dos órdenes que parecen dirigidas a todos nosotros. Primero, “Quiten la piedra”: retiren la losa del miedo y del pesimismo que les impide ver más allá del límite. Y luego, ante Lázaro, exclama: “Desátenlo para que pueda caminar”. Y ese mandato toca una fibra profunda: amar verdaderamente implica, cuando llega la hora, desatar y dejar partir. No para abandonar, sino para permitir que quien amamos camine hacia la plenitud para la que fue creado. Que esta certeza nos devuelva serenidad y esperanza. Que podamos vivir más conscientes de la trascendencia que nos habita, y mirar el final de esta etapa no como un abismo, sino como el nacimiento a una vida que nunca conocerá el ocaso. Todo esto es lo que viviremos estos días de Semana Santa que ya se acercan. Vamos a acompañar a Jesús por el camino de su muerte para entrar también con él a la resurrección, la vida verdadera. Y ese mandato toca una fibra profunda: amar verdaderamente implica, cuando llega la hora, desatar y dejar partir. No para abandonar, sino para permitir que quien amamos camine hacia la plenitud para la que fue creado. Autor: Padre Osvaldo Fernández de Castro. EL EVANGELIO HOY Y ese mandato toca una fibra profunda: amar verdaderamente implica, cuando llega la hora, desatar y dejar partir. No para abandonar, sino para permitir que quien amamos camine hacia la plenitud para la que fue creado. PADRE OSVALDO FERNÁNDEZ DE CASTRO Párroco de la Iglesia de la Veracruz, y vicegran canciller de la UC