No llores por mi David
No llores por mi David n el moderno tren de EFE llegó un colega a Chillán con la misión de levantar información sobre los patrimonios más relevantes E de la ciudad. Por cierto que de manera prioritaria estaban los murales de David Alfaro Siqueiros en la Escuela México, la más profunda huella y la de mayor jerarquía de la reconstrucción post 1939. Tuve que indicarle que según la información que tenía no se podían visitar porque estaban cerrados. La cara de sorpresa de mi visita me obligó a dar una serie de explicaciones inentendibles incluso para inteligencias superiores. En vista de eso llame a A, a quien le informo que necesito ingresar a la biblioteca donde están los célebres murales, no con fines turísticos sino que estrictamente profesionales. A me dice que las llaves de la biblioteca las tiene quien es ahora el responsable de la escuela y de quién depende desde enero. En vista de eso llamo a B, quién me informa que las llaves las tiene A, entonces nuevamente llamo a A, este dice no saber dónde están las llaves. Ante esto decidimos con mi colega ir directamente a la Escuela México dónde hablo con C. La primera respuesta es que los murales dependen de B y que a ellos hay que pedirle las llaves. Ante lo cual replico que tengo una información distinta, C entonces desliza una información en carácter de secreto iniciático, las llaves estarían en un museo cercano. Me dirijo un tanto desconcertado al mencionado museo, allí hablo con D, que me informa que no puede abrir porque no tiene la autorización de A. Entonces vuelvo a llamar a A y le solicito que me autorice ingresar a la biblioteca, la primera respuesta es que el convenio entre A y B no está firmado aún. Luego D nos dice que él día siguiente traerá las llaves. Llegamos temprano, D confirma que tiene las llaves pero que A aun no autoriza, como si nos estuviéramos saltando la fila. Finalmente no pudimos entrar porque A dice que necesita la autorización de B. Con mi acompañante tuvimos la sensación de haber sido víctimas de alguna maldición como las de las tumbas del antiguo Egipto. A algunos de los arqueólogos que han ingresado a esas cámaras secretas los han perseguidos ciertas maldiciones hasta su muerte. Mi acompañante me dice que espera que no nos persiga la maldición de David, del rey David pregunto con sorpresa. No me responde mi interlocutor, la maldición de David Alfaro Siqueiros, por haber intentado violar su templo secreto. Estás exagerando le replico, solo lleva algunos meses cerrados, dos o tres muy pocos en realidad, respondo intentando inútilmente bajarle el perfil al bochorno. Mi colega alza en ese momento su mirada hacia los murales que se esconden detrás de los ventanales que dan a la Avenida O'Higgins. Creo que está en trance, "¿qué ocurre?", le pregunto. "David me persigue", contesta. Lo miro con cierta sorpresa, creo que está siendo víctima de alguna maldición.
No tengo antídoto para ello, pienso en silencio, desconcertado, avergonzado, estupefacto, solo atino a entonar una breve canción que dice, “ no llores por mi David", repito " no llores por mi David". En silencio caminamos por Avenida Libertad, hasta llegar a la plaza, siguiendo la misma ruta que todos los días en los años 40 y 41, hacia de ida y vuelta David Alfaro Siqueiros, para pintar la más sublime obra de arte de Chillán y que hoy permanece atrapada en un laberinto por obra y gracia de la buropermisiologia chillaneja. Mi colega alza en ese momento su mirada hacia los murales que se esconden detrás de los ventanales que dan a la Avenida O'Higgins. Creo que está en trance, "¿qué ocurre?", le pregunto. "David me persigue", contesta. Lo miro con cierta sorpresa, creo que está siendo víctima de alguna maldición.
No tengo antídoto para ello, pienso en silencio, desconcertado, avergonzado, estupefacto, solo atino a entonar una breve canción que dice, " no llores por mi David".. Mi colega alza en ese momento su mirada hacia los murales que se esconden detrás de los ventanales que dan a la Avenida O'Higgins. Creo que está en trance, "¿qué ocurre?", le pregunto. "David me persigue", contesta. Lo miro con cierta sorpresa, creo que está siendo víctima de alguna maldición. No tengo antídoto para ello, pienso en silencio, desconcertado, avergonzado, estupefacto, solo atino a entonar una breve canción que dice, " no llores por mi David". CLAUDIO MARTÍNEZ CERDA ARQUITECTO