Autor: Un rol público en manos privadas exige estándares públicos
Columnas de Opinión: Seguridad privada: cuando el uniforme tapa la improvisación
Columnas de Opinión: Seguridad privada: cuando el uniforme tapa la improvisación Miércoles 28 de Enero de 2026 Hay una escena que se repite con una frecuencia inquietante y que, por normalizada, ya no escandaliza como debería: dos guardias privados forcejeando con una persona como si estuvieran en un ring de lucha libre.
Manotazos, empujones, una llave improvisada, un tercero que entra a 'ayudar" sumando caos, gritos, celulares grabando y, al final, un desenlace que no resuelve nada: ni se controla la situación, ni se protege a terceros, ni se respeta la integridad del involucrado. Se gana, a lo más, una imagen viral y una sensación de inseguridad amplificada. Y en ese espectáculo, el problema no es el guardia como individuo: el problema es el estándar. La seguridad privada cumple un rol demasiado importante como para tolerar la precariedad como si fuera parte del paisaje. No es un adorno en la puerta de un edificio ni un actor secundario para "disuadir" por presencia. Es, en la práctica, la primera línea de contención en supermercados, centros de salud, colegios, terminales, eventos masivos y recintos críticos. Se le pide observar, prevenir, ordenar, disuadir, intervenir y, sobre todo, manejar crisis con criterio.
Sin embargo, lo que muchas veces se ve es lo contrario: reacción impulsiva, escalamiento innecesario, nulo control emocional, ausencia de técnicas de reducción y un manejo de crisis que parece tomado de la intuición y no de una formación profesional. La pregunta no es si hay buenos guardias. Los hay, y muchos.
La pregunta es por qué el sistema permite que el estándar general sea tan disparejo que el uniforme, en lugar de transmitir confianza, a veces transmite advertencia: "aquí la situación puede salir mal". El estándar mínimo no puede ser el "cumplimiento" La primera trampa está en creer que seguridad es llenar un puesto. Que el objetivo es "cubrir el turno" y que lo demás -capacitación, criterio, aptitud física y mental, protocolosse ve después. Ese "después" nunca llega, o llega tarde, o llega como una charla rápida para marcar asistencia. Se contrata primero, se regulariza después. Se llena el cupo, se inventa el estándar. Así se construye una industria que funciona con la lógica del parche y no con la lógica del riesgo. Y la seguridad, por definición, no admite parches. Cada intervención mal hecha es una puerta abierta a lo peor: lesiones, demandas, escalamiento de violencia, vulneración de derechos, daños a terceros y, en el extremo, tragedias. Cuando un guardia no sabe reducir sin golpear, o no sabe contener sin humillar, o no sabe pedir apoyo a tiempo, el problema deja de ser operativo y pasa a ser ético. La improvisación también hace daño. Capacitación: no basta con "hacer un curso", hay que entrenar En seguridad privada se habla mucho de capacitación, pero se confunde con certificación. No son lo mismo. Certificar es mostrar un papel. Capacitar es formar criterio. Y entrenar es convertir ese criterio en conducta bajo presión. Un estándar serio debería tener, como mínimo, tres capas: Primero, formación legal y normativa. Un guardia no puede operar en una zona gris.
Debe saber con claridad qué puede y qué no puede hacer, cuándo corresponde intervenir, cómo resguardar evidencia, cómo tratar a una persona en crisis, cómo evitar discriminación, y cuáles son los límites del uso de la fuerza. No se trata de llenar la cabeza de leyes: se trata El Longino de evitar que el instinto tome decisiones que luego nadie puede sostener. Segundo, protocolos y gestión de crisis. No hay seguridad sin guion. Manejar un conflicto es, muchas veces, manejar a una audiencia: clientes, pacientes, vecinos, funcionarios, niños, adultos mayores. Un guardia debe saber desescalar, comunicar, contener, solicitar apoyo, priorizar la seguridad de terceros y evaluar riesgos dinámicos. La crisis no se "gana" imponiéndose; se resuelve reduciendo el peligro. Tercero, entrenamiento práctico real. Técnicas de reducción y control deben existir, sí, pero con enfoque profesional: proporcionalidad, seguridad, control de extremidades, posiciones de sujeción seguras, traslado y entrega a la autoridad cuando corresponde, siempre bajo protocolos que minimicen daños. Y, sobre todo, con énfasis en no convertir una resistencia en una pelea. Si lo que se ve parece lucha libre, es porque no hay técnica o no hay disciplina. O ambas. El entrenamiento práctico también debe incluir escenarios: intoxicación, crisis de salud mental, violencia intrafamiliar en espacios públicos, intento de robo con arma blanca, aglomeraciones, evacuación, incendios, personas alteradas, alarmas falsas. Una capacitación que no somete a simulaciones no prepara: ilustra. Reclutamiento: el primer filtro es el más abandonado Otra falla estructural es el reclutamiento. La seguridad privada no puede reclutar Soy del norte. como si estuviera buscando "mano de obra" para cualquier tarea. Está buscando un perfil: estabilidad emocional, autocontrol, capacidad de comunicación, criterio, condición física adecuada, tolerancia al estrés, y un mínimo de habilidades blandas que, en este rubro, son habilidades duras. Sin embargo, el mercado -presionado por costos, rotación y licitacionessuele priorizar la urgencia por llenar turnos. Y ahí se comete el pecado original: se contrata al que está disponible, no al que está preparado. Después vienen las excusas: "no hay personal", "nadie quiere trabajar", "la demanda es alta". Pero el problema no es solo cantidad; es calidad.
Un proceso serio debiera incluir evaluación psicolaboral, verificación de antecedentes, pruebas de habilidades básicas, entrevistas con foco en criterio y manejo de conflictos, y un período de inducción supervisada antes de dejar a una persona sola a cargo de un recinto. La seguridad no es un salto al vacío con uniforme. Supervisión y cultura: lo que se tolera se convierte en norma La calidad no se sostiene con cursos si la cultura organizacional premia lo incorrecto. Si se felicita al guardia que "redujo" a golpes porque "se hizo respetar", se institucionaliza el abuso. Si se mira hacia el lado cuando hay malos tratos, se normaliza la violencia. Si los supervisores solo aparecen para pedir que "no se note", se instala el cinismo como www.diariolongino.cl protocolo. Las empresas de seguridad que se toman en serio su rol deberían operar como se opera en áreas críticas: con supervisión real, evaluación continua, reportes de incidentes, revisión de cámaras, retroalimentación y consecuencias. No para perseguir, sino para mejorar. Y para cortar a tiempo lo que puede terminar mal. La seguridad privada ocupa espacios que, hace años, eran impensables sin presencia estatal. Hoy está en hospitales, transporte, comercio, educación, barrios. Es, de hecho, un componente del ecosistema de seguridad. Y si cumple una función de alto impacto social, entonces su estándar no puede depender de la buena voluntad de algunas empresas. Debe estar regulado, fiscalizado y exigido como corresponde. Porque la realidad actual -esa que se ve en videos donde guardias se enfrentan como luchadores y no como profesionalesno es solo un problema de imagen. Es un síntoma de un sistema que dejó que el cupo importara más que la competencia. Y eso, en un rubro donde se administra el riesgo, es una irresponsabilidad. La seguridad privada necesita una definición simple y dura: no se trata de estar. Se trata de saber. De saber actuar, saber contener, saber decidir y saber cuándo no intervenir. Y, sobre todo, de saber que cada segundo de crisis se juega con técnica, no con fuerza bruta. Hasta que entendamos eso, el uniforme seguirá tapando la improvisación.
Y el problema seguirá apareciendo en el mismo lugar: en el suelo, entre manotazos, frente a una cámara, con la ciudadanía mirando y pensando lo mismo: "¿ esto era seguridad?". El cliente también es parte del problema Hay un actor que suele quedar fuera del debate: quien contrata. Porque cuando una empresa o institución compra seguridad al menor precio y exige "presencia" más que profesionalismo, obtiene exactamente eso: presencia. No seguridad. Si el servicio se licita con criterio de costo y no de estándares, el mercado responde con recortes: menos capacitación, menos supervisión, más rotación, peores turnos, peores condiciones. Y luego nos sorprendemos cuando el control de una crisis parece un ring. El precio de la seguridad barata se paga con riesgo. La seguridad privada debería tener indicadores exigibles por contrato: horas reales de entrenamiento anual, protocolos de desescalamiento, certificaciones verificables, supervisión por turno, registro de incidentes, y mecanismos de auditoría. No es burocracia: es prevención. 9 Autor: Un rol público en manos privadas exige estándares públicos. Opinión PATRICIO MEZA GARCÍA Administrador en Seguridad Pública