Autor: Fuente: JCN, Redacción Diario Longino
La cruz en la altura, los nombres en el olvido
La cruz en la altura, los nombres en el olvido Había que verla subir para entender lo que significaba. No era una procesión solemne ni una ceremonia oficial. No había cámaras, ni discursos, ni autoridades esperando en la cima.
Solo un grupo de vecinos empujando el peso brutal de dos postes cerro arriba, respirando con dificultad, afirmándose en la tierra, doblando la espalda contra la pendiente de un Iquique todavía más áspero, más abierto, más de barrio que de postal. Era abril de 1983 y en la población Caupolicán un puñado de hombres había decidido levantar una cruz visible desde toda la ciudad. Lo que parecía una simple expresión de fe terminaría convirtiéndo se, con el paso de los años, en una de las imágenes más arraigadas de la Semana Santa iquiqueña. Pero la ciudad, como suele hacer con demasiada frecuencia, conservó el símbolo y fue dejando atrás los nombres. Hoy la cruz del cerro Esmeralda parece parte natural del horizonte. Está ahí, clavada en la memoria visual de Iquique, como si hubiese nacido con la geografía, como si siempre hubiera pertenecido a esa cumbre. En Semana Santa vuelve a ser destino de peregrinación, esfuerzo físico, recogimiento y tradición. Cientos de personas la miran, la buscan, la nombran, ascienden hacia ella o la reconocen desde distintos puntos de la ciudad. Sin embargo, pocos conocen la historia concreta de quienes la hicieron posible.
Pocos saben que ese hito no cayó del cielo ni fue producto de una planificación institucional, sino del empeño obstinado de vecinos comunes que decidieron dejar una señal en la altura para renovar la fe en tiempos de incertidumbre. La idea había nacido en el barrio, entre conversaciones sencillas y convicciones profundas. El dirigente Fernando Álvarez fue quien impulsó la propuesta que después tomaría forma en una carta enviada el 25 de abril de 1983 al entonces gobernador provincial, coronel Rubén Rojas. Más tarde, el oficio también llegaría al obispo José del Carmen Valle y al alcalde subrogante de la época, Luis González Carvajal.
En ese documento, escrito con la claridad de quienes no necesitaban adornos para explicar sus motivos, los vecinos señalaban que la cruz sería instalada el 3 de mayo de 1983 en el cerro Esmeralda "para que a la vista por toda la ciudad de Iquique renovemos con más fuerza nuestra fe en Dios y nos acerquemos más a Él, en estos instantes en que el mundo está pasando por una crisis". La frase conserva hasta hoy una fuerza singular. Habla de una ciudad, de una época y de una necesidad espiritual que no se agotaba en lo religioso. Porque la cruz no era solo un objeto. Era una respuesta. Una forma de afirmar que, en medio de las dificultades, aún era posible construir algo común, algo visible, algo que trascendiera la rutina de los días. En ese gesto, aparentemente sencillo, se escondía una verdad mayor: las comunidades también levantan símbolos cuando sienten que el tiempo les exige una señal. Con las autorizaciones en mano comenzó la parte más dura. La empresa eléctrica Eliqsa, hoy CGE, donó dos postes. Eran los maderos que servirían para dar forma a la cruz. Pero conseguir el material era apenas el comienzo. Había que subirlos hasta la cima de un cerro que en esos años no ofrecía facilidades. No existían accesos rápidos ni apoyos mecánicos.
Había que atravesar la geografía a cuerpo limpio, como se enfrentaban antes las tareas difíciles: con resistencia, con compañerismo y con una dosis de terquedad que solo tienen quienes están convencidos de que lo imposible debe hacerse igual. Mario Salazar lo recuerda con la precisión de quien todavía lleva en el cuerpo el esfuerzo de aquellos días. Tenía 23 años cuando participó en la instalación. Habla desde la memoria barrial, desde esa lealtad simple a la calle de origen.
Cuenta que todo surgió entre los vecinos de Galvarino, a la altura del 1700, y que la iniciativa tuvo el apoyo del Club Unión Galvarino, nombre que arrastraba una historia propia, porque antes Céspedes y González se denominaba precisamente "Unión". En esos detalles se adivina la raíz popular de la hazaña: la cruz nació en una trama de calles, familias, sedes sociales y vínculos vecinales que hoy forman parte de una Iquique que resiste en la memoria. El traslado fue una odisea. El grupo debió ir en un camión grande hasta Alto Hospicio, subiendo por los viejos Zigzag. Desde ahí, la tarea ya no admitía más ayuda que la del propio cuerpo. Comenzaron a caminar por la primera línea del tren, donde todavía permanecían los rieles, cargando sobre los hombros los postes donados. La escena, vista desde el presente, tiene una dimensión casi épica: hombres avanzando entre tierra y pendiente, con la ciudad extendida a lo lejos y el peso de la cruz aún desarmada sobre la espalda. Pero la parte verdaderamente feroz vino al final. Cuando llegaron a la zona más cercana a la cima, la ladera se volvió casi impracticable. Entonces tuvieron que recurrir a una imagen que hoy parece sacada de una crónica antigua o de una promesa bíblica: acostarse de espaldas y empujar los postes a pulso. Así, tendidos contra el suelo, avanzaron con los maderos hacia la cumbre. No había heroicidad declamada. Había cansancio. Había manos ásperas. Había tierra en la ropa y respiración cortada. Había vecinos haciendo algo desmesurado sin pensar en la posteridad. Una obra de barrio, una fe compartida La cruz no fue levantada en un día. Tomó tiempo, organización y una rutina agotadora que se mezclaba con la vida laboral de quienes participaban. Algunos subían lunes y martes; otros, después de salir del trabajo, a eso de las seis de la tarde. Iban al cerro cuando el cuerpo ya venía rendido por la jornada, y aun así encontraban fuerzas para seguir. Ese detalle transforma la historia en algo todavía más conmovedor: la cruz del cerro Esmeralda no fue obra de hombres desocupados ni de un proyecto sostenido por recursos extraordinarios. Fue el resultado de personas comunes que, después de cumplir con sus obligaciones, todavía eran capaces de entregarle horas, energía y sentido a una tarea colectiva. Y como ocurre en toda gran obra nacida desde abajo, el esfuerzo visible descanso también en una red silenciosa de apoyo. Mientras unos subían y clavaban, otros sostenían el ánimo desde el barrio. Patricia Segovia, esposa de Mario Salazar, fue una de esas presencias fundamentales. Ella y otras mujeres del sector esperaban al grupo cuando regresaba agotado, con té, café o bebidas. En ese gesto doméstico y sencillo está quizás el alma más verdadera de esta historia. Porque no solo levantaron la cruz quienes empujaron los postes. También la levantaron quienes sostuvieron el cansancio de los demás, quienes esperaron, quienes cuidaron, quienes prepararon algo caliente para devolver fuerzas. La memoria de la hazaña se vuelve aún más entrañable cuando aparece la figura de Darko Marinovic. Tenía apenas 13 años. No cargaba los postes, pero cumplía una tarea decisiva: subir agua para quienes trabajaban en la cima. Bajaba al pasaje, cargaba lo necesario y volvía cerro arriba dos o tres veces al día. Él mismo lo recuerda con la exactitud que dejan las experiencias difíciles: bajar no tomaba más de diez o quince minutos, pero subir otra vez hasta donde estaban los vecinos trabajando le exigía cuarenta.
En ese ir y venir, en esa pequeña gran misión repetida bajo el sol y el cansancio, hay una lección sobre cómo las comunidades integran incluso a sus más jóvenes cuando sienten que una tarea es de todos. Marinovic también trae de vuelta apellidos que merecen volver a la historia. Candia-Bernal, López, Ballesteros, Segovia, Castillo, Fanola, Sciaraffia, Lobos. Familias que estuvieron ahí, apoyando de distintas formas, acompañando la instalación de una cruz que terminaría siendo de toda la ciudad, aunque nacida en un pedazo concreto de ella: la calle, la población, el vecindario. Esa enumeración no debe leerse como un simple listado. Es, en el fondo, un acto de reparación. Una manera de devolverle nombres a una memoria que durante demasiado tiempo se volvió genérica, como si las tradiciones aparecieran por sí solas, desprendidas de cualquier origen humano. En mayo de 1983 la cruz quedó finalmente instalada. La misión se había cumplido. Después, el grupo entregó la responsabilidad del mantenimiento a Los Alpinistas de la Cruz, asegurando la continuidad del cuidado de aquel hito. Y desde entonces la imagen comenzó a consolidarse como parte esencial del imaginario religioso y urbano de Iquique. Año tras año, la ciudad la fue incorporando a su manera de vivir la Semana Santa, hasta que terminó siendo imposible pensar el cerro Esmeralda sin aquella estructura recortada contra el cielo. Sin embargo, mientras el símbolo ganaba arraigo, sus autores se desvanecían en la memoria colectiva. La cruz permaneció. Los nombres se fueron borrando. La tradición se fortaleció. La historia de origen se hizo difusa. Y en ese contraste hay algo profundamente revelador sobre la manera en que las comunidades recuerdan. Muchas veces atesoran las imágenes, pero olvidan a las personas. Conservan los rituales, pero dejan en silencio a quienes los iniciaron. Adoptan el símbolo, pero no siempre cuidan la genealogía de su nacimiento. Eso es, precisamente, lo que vuelve tan necesaria esta historia hoy. Porque rescatarla no es un ejercicio de nostalgia vacía. Es un acto de justicia con una generación de vecinos que hizo de la fe una acción concreta y del barrio una fuerza capaz de intervenir el paisaje de toda una ciudad. La cruz del cerro Esmeralda no es solamente una In atención. lo solicitado en es oficio citato en ---sin otro particular, Jo saluda atentamente, 0 LASSPELARE GONZALES CARVAJAL ABOGADO ALCALDE SURROGANTE ofie. Partes CE) -------expresión religiosa; es también una obra de apropiación afectiva del territorio. Una marca dejada por la comunidad sobre la geografía. Una manera de decir: aquí estuvimos, esto hicimos, esta también es nuestra ciudad.
En tiempos donde tantas tradiciones se consumen rápidamente y donde el presente suele devorar incluso los recuerdos más entrañables, esta historia devuelve una idea que parece cada vez más escasa: que los símbolos verdaderos se construyen a pulso. No nacen de campañas publicitarias ni de actos protocolares. Nacen del esfuerzo compartido, del sacrificio callado, de la obstinación de quienes creen que vale la pena dejar algo para los demás. La cruz del cerro Esmeralda sigue ahí, firme, recibiendo las miradas de los peregrinos, acompañando silenciosamente la espiritualidad de Iquique durante Semana Santa. Pero también sigue esperando algo más profundo que la devoción: espera memoria.
Espera que la ciudad no se conforme con contemplarla, sino que vuelva a preguntarse quiénes la subieron, quiénes la empujaron, quiénes la soñaron primero en una población modesta y la transformaron en una de las postales más reconocibles de la ciudad. Porque toda tradición tiene un origen.
Y todo origen merece 23 ser contado. de poger center us ate quanes ys ne habak tantas otras afe de la Redanchng de le sunt lo Caus oo ol ofminte ale Toluta atie, s. boone, lda. Pans. Jesk dal Cotton Velle. Semana Santa Hoy, a más de cuatro décadas de aquella hazaña, los vecinos de Galvarino saben que fueron protagonistas de una historia que el tiempo fue dejando en segundo plano. No reclaman monumentos ni homenajes grandilocuentes. Apenas aspiran a que se sepa. A que se recuerde. A que alguien, cuando vuelva a mirar la cruz sobre el cerro Esmeralda, entienda que allí no solo hay madera, fe y paisaje.
Allí también están las espaldas dobladas de hombres anónimos, las manos jóvenes cargando agua, las mujeres esperando con café al final del día, los apellidos de barrio que sostuvieron una obra imposible, y una ciudad entera que terminó heredando un símbolo sin conocer del todo a quienes se lo regalaron. Y tal vez esa sea la parte más honda de esta historia: que mientras la cruz resistió el paso del tiempo en la cumbre, quienes la levantaron tuvieron que resistir en silencio en la memoria. La ciudad aún está a tiempo de corregir esa deuda. Porque los pueblos que olvidan a quienes levantaron sus símbolos corren el riesgo de quedarse solo con la imagen y perder el alma. Autor: Fuente: JCN, Redacción Diario Longino.
Mucho antes de que se transformara en uno de los símbolos más visibles de la Semana Santa iquiqueña, la cruz del cerro Esmeralda fue una hazaña vecinal levantada con fe, sudor y silencio por hombres y mujeres de la calle Galvarino que hoy reclaman, al menos, un lugar en la memoria. La cruz en la altura, los nombres en el olvido Autor: Fuente: JCN, Redacción Diario Longino.