Autor: TEXTO Y FOTOS: Constanza de Ramón, DESDE TANZANIA.
ZANZÍBAR ya no es lo mismo
ZANZÍBAR ya no es lo mismo Dejé a mi hija con la niñera, Maryam, para subir a la azotea del hotel Kholle House donde podría hacer los registros por los que había parado en Stone Town, el casco histórico de la capital de Zanzíbar. Maryam cobraba alrededor de 200 dólares por dos semanas completas. La habían recomendado en un grupo de residentes en Facebook. Al principio, mi hija de un año se mostró algo reticente, pero como yo estaba siempre cerca y Maryam llevaba toda una vida cuidando niños, se acostumbró rápido. En Zanzíbar existe una tradición fuerte en torno al cuidado comunitario: los niños circulan entre madres, tías, vecinas y abuelas, y la atención sigue entendiéndose, sobre todo, como responsabilidad de las mujeres. Desde la azotea, el hotel estaba casi encima del puerto. A lo lejos, unos dhows llenos de pescadores regresaban de la faena. Un cuervo negro se posó sobre el edificio contiguo, recortado contra el enorme sol que se ponía en el horizonte y lo enfoqué con mi cámara, a contraluz.
Pensé en lo surreal que resultaba estar de vuelta en este lugar donde en vez de gaviotas viven cuervos y donde, hace solo unos años, yo misma no me habría imaginado siquiera pensando en clínicas o seguros médicos. Era junio. No suele ser temporada de lluvias, pero, igual que en el resto del globo, en Zanzíbar las estaciones se han ido enredando. La misma noche en que llegamos, mi hija se enfermó. Primero estaba inquieta y no lograba dormir. Después empezó la tos, y los mocos. Yo no pegué un ojo haciendo inventario de miedos. Tras años de haber vivido en Zanzíbar y luego de un par de accidentes personales, sabía perfectamente que ni los hospitales públicos ni los privados de la isla eran un lugar donde quisiera verla internada. Para cosas serias, había que viajar al continente. Lo único que me tranquilizaba era que, por lo mismo, antes de volver a la isla había contactado a un doctor egipcio que ha estado abriendo clínicas nuevas, discretas, pero bien equipadas. Le conté la historia médica de mi hija y me dio su WhatsApp para cualquier urgencia. La ciudad de piedra, sin velo La primera vez que vine a Zanzíbar tenía 29 años, una mochila y poco presupuesto. Para la segunda, construí un negocio y me quedé a vivir. Ahora volvía por trabajo, junto a mi hija. Para quien nunca ha estado aquí, quizá sea más fácil imaginarse a Stone Town pensando en ese juego de computador El príncipe de Persia, o la película Aladdín. Como en esas fantasías, hay toda una vida que transcurre en lo alto de las casas. La mayoría tiene azoteas conectadas con las plantas inferiores a través de escaleras, herencia de los omaníes. Arriba suele haber más brisa. En las estrechas calles del pueblo, en cambio, el barro se mezcla con la basura y el aire apenas circula. El calor se pega al cuerpo. Mis primeras memorias de Stone Town nacieron aquí, entre azoteas y callejones estrechos. Vivía en lo alto de un edificio. Desde ahí veía gatos flacuchentos hurgando en la basura y uno que otro niño que se asomaba por una ventana rota.
Los desvencijados edificios todavía mantienen el encanto de una época pasada, junto al mar turquesa y las fachadas blancas de los hoteles: casonas bien refaccionadas y palacios antiguos con O I B M A R A M E G R O J techos altos, pared por medio con la pobreza. Al atardecer, los vecinos se juntaban en las calles a conversar en swahili, mientras las motos se metían en calles laberínticas para acortar camino, a veces con tres pares de piernas colgando a la vez. En las zonas rurales todo era ligeramente distinto. Me parecía que había cierta riqueza en no necesitar tanto: en caminar sin zapatos por las calles de tierra, en vivir del mar o de los frutos de un cocotero, en no sentir apuro. Me gustaba pensar que en Zanzíbar la vida era “más simple”. Solía romantizarlo. Ahora que tengo una hija pienso algo distinto. Hay cosas que, con una guagua en brazos, dejan de parecer entrañables y pasan a ser, simplemente, riesgosas: como el acceso a buenos servicios médicos. La mayoría de las madres zanzibareñas no tienen a un profesional de la salud al otro lado de WhatsApp ni un pasaje para salir de la isla si algo se complica. Para ellas, esa precariedad no es parte del paisaje: es la vida misma. Kiwengwa: El Zanzíbar de siempre No estuvimos mucho más en la densidad de Stone Town. Con mi hija resfriada y un clima tan poco propicio, decidí partir rápido a un lado más amable: el norte. Nos tomó más de una hora salir de la ciudad debido al tráfico. En las calles, cientos de personas se movían entre tuktuks acelerados, vendedores de frutas y carretas. Mientras mi hija dormía, yo miraba por la ventana una isla que fue mi casa y que ahora sentía más distante. Paramos en el supermercado más grande (uno que abrió hace solo unos años) para abastecernos para el traslado. No encontré colados. Tampoco gran variedad de pañales. En el camino quise avanzar con algo del trabajo en el teléfono, pero no había señal. Algunas cosas no han cambiado tanto. Por fin llegamos a Marafiki Bungalows, un hotel familiar en la costa de Kiwengwa. A pesar del cansancio, sentí el cambio de energía: el aire limpio, el ritmo pausado. Este era el Zanzíbar rural del que me enamoré en 2016, cuando decidí volver para quedarme.
Tomé a mi hija en brazos para bajar los escalones de coral que conectan el hotel con una pequeña playa que se forma cuando la marea está baja, y la puse de pie sobre la arena, para que sintiera el roce natural en la piel. No le gustó nada. Se asustó cuando llegó el agua y sintió el pequeño tirón de la corriente. Me dio risa. Yo había cruzado medio mundo por este mar cálido, y a ella le parecía una amenaza. Volvimos a nuestro bungalow, casi al final del jardín del hotel. En Kiwengwa el suelo es coralino y no hay bosques tupidos, pero en la vegetación baja y en los arbustos densos anidan aves, insectos y otras pequeñas criaturas. Una noche recibimos una visita inesperada. Primero escuchamos sus chillidos, y luego emergió con sus grandes ojos desde la vegetación. Era un bush baby. Pariente lejano de los lémures, aunque tienen un aire a primate, son animales elusivos y nocturnos, que normalmente no se acercan ni se dejan mirar demasiado. Este parecía confiado. Mi hija, que ya había sido revisada por un médico y se encontraba mejor, lo apodó “Pipi”. La vida en la costa La segunda vez que metió los pies al mar descubrió que le encantaba. Sucedió en Poa Poa Bungalows, no muy lejos de Marafiki. Era el siguiente hotel en mi itinerario. Aquí la playa es amplia y de arena blanca muy fina. Las lluvias habían cesado y el mar era una taza de té. Me senté en la arena y dejé que caminara con confianza. En gran parte de la costa este de Zanzíbar hay un arrecife que protege la playa de las grandes olas. Por eso el mar casi siempre es limpio y calmo. Los cambios de temperatura han llevado a que algunas zonas estén plagadas de erizos, y no falta el turista que, sin querer, termina en la clínica por pisarlos. Pero aquí el lecho marino estaba limpio. Antonia caminó con la torpeza amorosa de los niños pequeños, recuperando el equilibrio cada ciertos pasitos, hasta que llegó al agua. Entonces, se detuvo y siguió mirando el suelo. Imagino que observaba sus pies. En el agua cristalina, seguro podía verlos enteros, como a través de un espejo. Me emocionó verla por fin disfrutando frente a la inmensidad del océano Índico. Más tarde, algunos niños del pueblo salieron a jugar a la playa. Van todos los días, después del colegio. Las niñas conversan entre ellas, cubiertas con túnicas de la cabeza a los pies, mientras los niños, más ligeros de ropa, arman equipos y corren tras la pelota de fútbol. “Pelota”, debe haber pensado mi hija. “¡Mtoto! ”, la señaló uno del hotel, cuando vio que ella salía corriendo a mis espaldas.
“¡Antonia! ”, grité yo, mientras la perseguía entre los niños que miraban atónitos a esta pequeña mzungu, la única guagua extranjera que había en la playa en ese momento, corriendo hacia la pelota como si no existiera nada más. El barullo que se armó en la playa era tan alegre que la dejé correr un rato más, observando atentamente para que no le fuera a llegar un pelotazo. Ella avanzaba con tanta determinación que, cuando por fin alcanzó su objetivo, el partido se detuvo. Los niños la miraban sin saber muy bien qué hacer. Tomó la pelota y la tiró al suelo. La recogió. La tiró de nuevo. Una niña se acercó a jugar con ella. Antonia la lanzaba y ella la recogía para devolvérsela. Tomé la pelota y se la devolví a los niños, que reiniciaron el partido con la misma alegría del principio, mientras más niñas se acercaban a mi hija. Querían tocar su piel, sentir lo delgado de su cabello. Una intentó tomarla. Igual que para mí, para ellas seguramente fue la anécdota del día. Una parada en el camino Nuestro siguiente destino era el sudeste. Para llegar había que cruzar toda la isla, así que para hacer el viaje más llevadero para Antonia decidí hacer una parada en Jozani Forest. Si Kiwengwa es bosque costero, bajo y abierto, Jozani en el medio de la isla es bosque tropical denso. El suelo es húmedo y, entre las zonas pantanosas, crecen raíces aéreas enredadas en medio de árboles que filtran la luz. Es el único bosque protegido de Zanzíbar y existe, básicamente, por un motivo: evitar la extinción del red colobus monkey, una especie endémica de la isla. Unos años antes, no habría tenido que ir hasta un área protegida para que mi hija los conociera: habrían estado ahí, sobre nuestras cabezas, entre las casas y los hoteles, todos los días. Pero el turismo en la isla ha ido creciendo y es cada vez más raro verlos con la frecuencia de antes. Además, muchos zanzibareños los siguen matando, porque los consideran una plaga. No así a los syke, monos azules, que ahora son capturados para ofrecer fotos de recuerdo a los turistas. En Jozani la lluvia había hecho lo suyo.
Gran parte del recorrido estaba deshabilitado por el barro y la caída de árboles, así que al final tuvimos que volver al auto y seguir a un guía en caravana hasta salir al otro lado de la carretera. De bosque ahí no quedaba mucho: unas pocas hileras de árboles, un cordón residual que resistía. Pero una colonia de red colobus se estaba alimentando al borde de una plantación.
Los monos comían con toda soltura, como si nadie les hubiera contado que, oficialmente, estaban “amenazados”. El sudeste, donde la fiesta cambió de ritmo Nos quedamos una noche en Coral Rocks, un hotel que lleva muchos años en la isla, pero que cambió de dueños y estuvo un buen tiempo en remodelación. En 2016 era un hit: el lugar al que todos veníamos de fiesta. Bailábamos hasta que el sol salía tras el mar y lo repetíamos al día siguiente sin mayores consecuencias. Se acercaba julio. El clima había mejorado y mi hija también. Nos bañamos en la piscina y jugamos alrededor de las mesas en la arena. El hotel se encuentra sobre un pequeño acantilado y desde ahí el mar se ve todavía más turquesa. Se aprecian incluso los bancos de arena, a solo metros de la orilla. Y al bajar, la arena es tan blanca que se hace imposible mirarla sin lentes de sol: enceguece. Un amigo nos pasó a buscar para ir a otro hotel al final de Jambiani. Los dueños son DJs y estaban haciendo una fiesta. En el sudeste las celebraciones se han ido desplazando progresivamente hacia el día: pool parties, DJs junto a la piscina, música a un volumen negociado con los vecinos y la policía. No nos quedamos demasiado. Al día siguiente teníamos que seguir hacia otra localidad y mi guagua tiene sus rutinas. Pero sí lo suficiente para saludar a los conocidos, escuchar un par de canciones y dejar que mi hija se asomara a esa música que, durante años, marcó mis días y noches en la isla. Ella, a ratos, lo miraba todo con expresión concentrada y, también a ratos, estallaba en carcajadas. Ahí estábamos: nosotras dos, la música y una isla que, aunque se parece mucho, ya no es la misma. Pero bueno, yo tampoco.
D Autor: TEXTO Y FOTOS: Constanza de Ramón, DESDE TANZANIA.. Volver a esta región semiautónoma africana con una guagua de un año es darse cuenta de que lo que antes parecía pintoresco, ya no se puede romantizar. Pero también sirve para entender de otra forma una isla donde, solo unos años antes, la autora había decidido quedarse a vivir. DE LOCAL. La azotea en Stone Town desde la que, por años, la autora miró el casco histórico de la ciudad. POSTAL. Para provocar envidia, hamaca en el mar, de Marafiki Bungalows. MATEMWE. Este pueblo, partiendo por sus caminos, es un resumen de todo lo que es el espíritu de la isla. KIWENGWA. Desde el aire, esta playa es todo lo esperado: arena blanca, mar turquesa y una franja verde que resiste. BUNGALOWS. Frente al mar en Marafiki Beach Hotel, en Matemwe. NGALAWA. Este tipo de embarcación a vela es tradicional de los pescadores. PAJE. Esta playa se convierte en una laguna poco profunda para los kitesurfistas cuando baja la marea. GÁLAGO. También llamado bush baby, se encuentra con Antonia. PROTEGIDOS. Gazebo junto a la piscina de Marafiki Beach Hotel, en Matemwe. CATAMARÁN. Zanzíbar también se vive desde el mar: navegación a bordo del Joy. JAMBIANI. Una pausa de hidratación en la piscina de Coral Rock. MARAFIKI BUNGALOWS. Cocina “de mar”, parte de la oferta del hotel. STONE TOWN. Es la parte antigua de Ciudad de Zanzíbar, capital del archipiélago. GÁLAGO. También llamado bush baby, se encuentra con Antonia. DE LOCAL. La azotea en Stone Town desde la que, por años, la autora miró el casco histórico de la ciudad. POSTAL. Para provocar envidia, hamaca en el mar, de Marafiki Bungalows. MATEMWE. Este pueblo, partiendo por sus caminos, es un resumen de todo lo que es el espíritu de la isla. KIWENGWA. Desde el aire, esta playa es todo lo esperado: arena blanca, mar turquesa y una franja verde que resiste. BUNGALOWS. Frente al mar en Marafiki Beach Hotel, en Matemwe. NGALAWA. Este tipo de embarcación a vela es tradicional de los pescadores. PAJE. Esta playa se convierte en una laguna poco profunda para los kitesurfistas cuando baja la marea. GÁLAGO. También llamado bush baby, se encuentra con Antonia. PROTEGIDOS. Gazebo junto a la piscina de Marafiki Beach Hotel, en Matemwe. CATAMARÁN. Zanzíbar también se vive desde el mar: navegación a bordo del Joy. JAMBIANI. Una pausa de hidratación en la piscina de Coral Rock. MARAFIKI BUNGALOWS. Cocina “de mar”, parte de la oferta del hotel. STONE TOWN. Es la parte antigua de Ciudad de Zanzíbar, capital del archipiélago. GÁLAGO. También llamado bush baby, se encuentra con Antonia. ZANZÍBAR ya no es lo mismo Autor: TEXTO Y FOTOS: Constanza de Ramón, DESDE TANZANIA..