Wanderers es sufrir
Wanderers es sufrir Ser de Wanderers es sufrir. Quito, 22 de marzo de 2026. Final de la Copa Libertadores sub-20, minuto 88. Santiago Wanderers de Valparaíso pierde 1-0 contra Flamengo. El equipo juega bien, se ve entero y muestra energía. Sin embargo, mi mirada les dice a mis hijos: no se hagan ilusiones, no alcanza para empatar. Es nuestro sino. Lo hemos entregado todo, pero solo quedará un triunfo moral. Es la hora de la autocomplacencia: estos muchachos ya han logrado una proeza, un segundo lugar no es malo. Claudio Palma confirma mis sensaciones, y en su relato asevera que Flamengo “lo gana de forma muy ajustada”, y que ha sido “una gran presentación del equipo chileno”. Cerremos por fuera, una vez más. Sigo mirando a mis hijos. Mi semblante debe ser parecido al que puse hace casi once años, el 4 de julio de 2015. Estamos en el Estadio Nacional, Chile se apresta a jugar la final de la Copa América contra Argentina. Estoy muy muy nervioso. Uno de mis hijos, de 8 años en ese entonces, me interroga, pues no comprende lo que me pasa. No supe qué decirle. La verdad, no tenía cómo explicarle cuántas imágenes podían pasar por la cabeza de un tipo como yo, nacido en 1978, hincha de la Roja, Santiago Wanderers y Atlético de Madrid. Eran demasiadas frustraciones acumuladas, demasiadas derrotas, demasiados dolores, como para darse el lujo de abrigar alguna esperanza de que pudiéramos ganarle a Argentina. ¿Y Wanderers, darle vuelta un partido a un gigante brasileño? Ni pensarlo. Lo nuestro es sufrir, y mientras antes nos conformemos, mejor. De hecho, ese mismo domingo 22 de marzo habíamos viajado a Valparaíso a ver un partido del primer equipo de Wanderers contra Regional Antofagasta, y fue cómo no un encuentro frustrante. Los wanderinos sufrimos, pero ni siquiera nosotros merecemos sufrir dos veces al día. En ese preciso momento, Wanderers vuelve a atacar, y hay un disparo al arco. El arquero ataja, pero deja un rebote en el área. No quiero mirar: Sebastián Vargas toma el balón y pega un zapatazo de aquellos Cierro los ojos, y escucho el grito venido de las entrañas de mis hijos. No lo puedo creer, pero sí, es cierto: gol de Wanderers. La transmisión repite el tanto, y nuestro Claudio Palma que, a esas alturas, relata como si hubiera nacido en Playa Ancha no se cansa de cantarlo. Miro con asombro la jugada, porque derrocha todo aquello que escasea tanto en nuestro fútbol: carácter, voluntad y perseverancia. Wanderers empató porque sus jugadores a diferencia mía nunca abandonaron la esperanza y jamás dejaron de creer. No obstante, el empate solo aumenta mi nerviosismo, pues nos otorga el dudoso derecho de ir una definición a penales. Obligado entonces a ver una tanda desde los doce pasos que obviamente no podremos ganar. En otras palabras: esto solo puede significar más sufrimiento. Era mejor perder el partido que prolongar la agonía. El lector podría pensar que todo esto es una exageración, pero hay una historia previa: no nos va bien en penales. Cómo no recordar ese 22 de diciembre de 2017, cuando jugamos el descenso con Calera. Estamos en el estadio. Calera empata la serie en el minuto 92, vamos a penales y perdemos. Tragedia familiar, y a la B. Se me viene a la mente también ese 10 de diciembre de 2023, cuando nos jugamos el ascenso en Iquique. Nos reunimos con otra familia wanderina saludos a esos camaradas de mil batallas, mi casa se convierte en sede verde. El partido termina empatado a 3, vamos a penales y perdemos nuevamente. Todo se convierte en funeral, y la esperada celebración se transforma en llanto. Ser de Wanderers es sufrir. Si usted quiere ser feliz, ganar títulos, celebrar triunfos; en una palabra, si usted es exitista, no escoja al Caturro. No quiero ver los penales, no quiero saber, no quiero nada. Quiero ir a dormir. Ser de Wanderers es sufrir. En rigor, no se trata solo de fútbol. Desde hace ya varios años que Valparaíso también es sufrir. Al margen de algunos sectores bien cuidados, la ciudad es solo una imagen gastada de lo que alguna vez fue. Es difícil reconocer en sus calles la bonanza de antaño, y no hablo de los relatos de Joaquín Edwards Bello, sino de la animación que reinaba hace dos o tres décadas.
La ciudad prosigue su declive inexorable en medio de una indolencia generalizada: a nadie le importa mucho Valparaíso (y esto incluye a varios de sus alcaldes). El presente de Wanderers es un fiel reflejo de la ciudad: un equipo a los tumbos, sin destino, cuyos pocos destellos apenas permiten recordar glorias pasadas. Hoy por hoy, solo se trata de sufrir.
Con todo, subsiste la pregunta: ¿ por qué extraños motivos sigue uno atado a Valparaíso, a su equipo, a su estadio, a sus paisajes? ¿ Por qué ir una y otra vez al Elías Figueroa? Podría decir que allí nací, y supongo que eso deja huella (aunque ya no exista el Hospital Alemán). Podría agregar que allí, en el Cementerio n. 1 están enterrados mis antepasados, y que mis mejores recuerdos de infancia transcurren en los desfiles del 21 de mayo y en las largas tardes en plaza Victoria.
Y cómo olvidar al extinto Club Valparaíso (donde ahora hay una tienda de retail). En su juventud, mis abuelos a quienes tanto les debo frecuentaban el café Riquet (que ILUSTRACIÓN FRANCISCO JAVIER OLEA tampoco existe). Y ya q u e e s t a m o s, m i abuelo murió wanderino, tras la desaparición de su querido Naval de Talcahuano.
La primera vez que salí con mi mujer, y madre de mis hijos, fuimos a ver un clásico porteño (perdió Everton). Algunos años después, nos casamos en la iglesia de los Padres Franceses, en calle Independencia, frente a la sede de Wanderers. Por lo demás, el equipo también me ha dado alguna alegría: tuve la fortuna de seguir en el estadio aquella memorable campaña del 2001, cuando ganamos el título, o la Copa Chile del 2017. Pero hay algo más, y quizás fue el Gitano Rodríguez quien encontró la frase exacta: el puerto y Wanderers amarran como el hambre. Valparaíso no se olvida ni se deja. Me gusta la frase del Gitano porque refleja bien cómo ata el puerto: atormenta más de lo que complace, aflige más de lo que alegra, punza más de lo que alivia. Valparaíso duele. En La ignorancia, Milan Kundera reflexiona sobre la nostalgia. La palabra, dice Kundera, viene del griego: nostos es regreso y algos es sufrimiento: la nostalgia es, en sus palabras, “el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”. El deseo incumplido de regresar.
El novelista checo escribe esas líneas cuando lleva ya varios años lejos de Praga y, aunque no conoció Valparaíso, sus palabras reflejan con suma exactitud mi sentimiento, que es también el de tantos porteños: Valparaíso es nostalgia porque el deseo de regresar allí es imposible de cumplir, porque ese Valparaíso que tanto queremos ya no existe, pero seguimos amando a la ciudad.
De hecho, cuanto más patente es su decadencia, más nos aferramos a sus restos (dicho sea de paso, Viña del Mar sigue exactamente el mismo recorrido. ¿Por qué nos cuesta conservar nuestras ciudades? ¿ Por qué nuestra modernización las detesta tanto?). Ulises siente nostalgia de Ítaca porque se ausenta durante largos años, pero no hace falta irse de Valparaíso para que nos falte. En cualquier caso, es imposible volver del todo. Valparaíso no se puede abandonar, a menos que uno quiera y pueda abandonarse a sí mismo. Además, nos sorprende cuando menos lo esperamos. Flamengo falla el primer penal. Por mi cabeza, desde luego, solo pasan tiros errados del Verde. En rigor, basta errar uno y nos vamos abajo. Wanderers empieza a lanzar uno, dos, tres, cuatro Todos perfectamente pateados, como si Charles Mariano les hubiera dado clases. Viene entonces el quinto penal, el decisivo, pero prefiero no ver, miro nuevamente a mis hijos, no creo ni quiero creer. Hay sueños que no se pueden cumplir. El final es conocido: Ignacio Flores lanza un tiro inatajable disparo seco, rasante, pegado abajo al palo y se desata la locura. Claudio Palma les canta a todos los cerros posibles, a los campeones y sus familias, mis hijos gritan desaforados y yo solo atino a abrazarlos. Ser de Wanderers es sufrir, pero, a veces, ese sufrimiento se transforma en una alegría indecible y difícil de transmitir: solo un wanderino puede comprender qué significa este título para nosotros.
Es verdad que llevamos años a los tumbos, es verdad que Valparaíso se ha convertido en una ciudad fantasma, y es verdad que en Playa Ancha se pasan más rabias que otra cosa, pero hay momentos que lo pagan todo y les dan sentido a todos los dolores. Ser de Wanderers es sufrir, pero Wanderers también es vivir.
Pasadas varias horas después de pateado el glorioso penal de Ignacio Flores, y cuando varios niños ya duermen, uno de mis hijos sigue exclamando, con fervor: “¡ Vamos Wanderers! ¡Esto es Wanderers! ¡Vamos!”. Mi mujer me mira con cara de reproche: naturalmente, soy el único responsable posible de su pasión futbolera. Agacho la cabeza, lo que equivale en lenguaje matrimonial a reconocer que soy total y enteramente culpable. Sin embargo, en silencio me voy diciendo lo mismo que él se atreve a gritar, y no puedo dejar de repetirme que no hay nada más grande que Wanderers de Valparaíso. Y lo más importante: mi hijo también lo sabe.
“Es verdad que llevamos años a los tumbos, es verdad que Valparaíso se ha convertido en una ciudad fantasma, y es verdad que en Playa Ancha se pasan más rabias que otra cosa, pero hay momentos que lo pagan todo y les dan sentido a todos los dolores.
Ser de Wanderers es sufrir, pero Wanderers también es vivir”.. “Eran demasiadas frustraciones acumuladas, demasiadas derrotas, demasiados dolores, como darse el lujo de abrigar alguna esperanza de que pudiéramos ganarle a Argentina. ¿Y Wanderers darle vuelta un partido a un gigante brasileño? Ni pensarlo”. (…) reflexiona Daniel Mansuy, quien además de ser un respetado intelectual y académico es un hincha del equipo de Valparaíso. Pero, relata aquí, llega lo impensable: “Viene entonces el quinto penal, el decisivo, pero prefiero no ver, miro nuevamente a mis hijos, no creo ni quiero creer. Hay sueños que no se pueden cumplir”. Pero se cumplieron. Aquí, su relato de ese memorable 22 de marzo pasado y de su vida como wanderino.